El espanto
Argentina, 2017, 64´
Dirigida por Martín Benchimol / Pablo Aparo
Intérpretes: Susana Dottori, Sergio Avedaño, Cristián Catena

El retroceso

Por Sebastián Rosal

 

No suelo prestar demasiada atención a las publicidades. Difícilmente recuerde alguna, y si lo hago soy incapaz de relacionarla con aquello que promueven. Aún así, cito una para empezar esta nota, que vi en estos días. Por supuesto, no pidan que recuerde ni la marca ni el modelo del producto en cuestión, una de esas camionetas utilitarias de última generación. Es más o menos así: en la oficina de una agencia de publicidad reúnen a una especie de focus group compuesto por habitantes de alguna gran ciudad. El grupo empieza a proponer alternativas para la publicidad, imaginando cómo puede ser la vida y el trabajo en el campo y de qué manera la camioneta podría ser útil en ese contexto. Lo que proponen es un rosario de lugares comunes, de prejuicios y de fabulaciones: rayos que fulminan tranqueras, camionetas que vuelan sobre precipicios y cosas por el estilo. La propaganda termina con un grupo de productores rurales poniendo las cosas en su lugar. Toda esa situación, exacerbada, bien podría definir el lugar en el que se sitúa El espanto.

En su secuencia inicial una ambulancia, seguida desde atrás, atraviesa caminos de tierra y campos infinitos, de día y de noche, hasta finalmente estacionar frente a una casa solitaria en el medio de la llanura. Lo que se establece aquí es la distancia y la soledad geográfica como metáfora de la singularidad y de una pretendida pureza locales, como la película lo intentará mostrar desde allí hasta el final. Estamos en El Dorado, un pequeño caserío apartado en el interior bonaerense, olvidado por Dios desde siempre y por el tren desde hace unos años, y lo que sigue es el retrato de sus pobladores, poniendo el énfasis en la particular relación que tienen con la medicina tradicional, o en todo caso tomando ese punto en particular como puerta de entrada a un universo que tiene mucho de oscurantista, de claustrofóbico, casi de medieval. Allí todos sanan alguna enfermedad, y la curandería es parte de la vida cotidiana, ya no como complemento o alternativa de última necesidad sino como recurso casi exclusivo en lugar de médicos y enfermeras, a los que se mira con desdén y desconfianza. Los testimonios de los pobladores, entre sapos con cintas rojas y arreglos del empacho o del mal de ojo, van todos en ese sentido. Solo el espanto, una especie de ataque psicológico con síntomas de pánico, de locura o vaya a saber qué otro tipo de cosas -tal vez una posesión satánica- marca un límite que nadie se anima a traspasar y del que todos prefieren no hablar, porque el único en condiciones de curarlo es Jorge, el anciano huraño y solitario que vive al otro lado del puente y al que el pueblo entero prefiere tener lo más apartado posible.

Así dispuesta, El espanto tiene todo planteado para poder desplegar sobre esas bases un mundo particular y preciso, pero falla en todos los frentes. El problema es de recortes, de procedimientos, y de mirada. En primer lugar porque esa línea argumental alrededor del misterio del viejo Jorge nunca termina de desarrollarse, ni en su modo de curar el espanto ni en las menciones a los supuestos favores sexuales que el curandero exigiría a sus clientas como parte de pago, que quedan como poco más que habladurías maliciosas con las que explicar su aislamiento. Pero además porque en su forma la película se vuelve monótona y agota hasta el hartazgo el mismo recurso, que consiste en armar algo así como bloques temáticos por los que desfilan como cabezas parlantes todos y cada uno de los personajes, abordando los temas que hacen al infierno grande de su pueblo chico. Así, luego de ver y escuchar un par de testimonios no es difícil suponer qué es lo que vendrá luego. Todo se agrava porque ese ordenamiento previsible está puesto en función de un rosario de prejuicios (desde la homofobia al mero chisme) que hace de los vecinos unos personajes cada vez menos y menos agradables, y que busca la risa a partir de la sorna y del desprecio por sus criaturas estereotipadas, en un desfile indigno que no se priva de incluir al novio pajuerano, a la peluquera chismosa o al gaucho mal instruido.

Es cierto que en muchos momentos es difícil de discernir en qué lugar estamos parados, porque el mero registro documental, con la distancia suficiente para dejar fluir con cierta libertad la vida de los lugareños, se alterna con otros pasajes en los que las pautas dadas a los vecinos son tan ostensiblemente expuestas (por ejemplo, el momento en el que la ambulancia llega al pueblo y absolutamente todos se muestran pendientes de su paso) que obligan a preguntarse por la naturaleza de su construcción. Pero ni un lugar ni el otro, ni la ficción ni el documental, ni la mezcla entre ambos registros, eximen de la obligación de respetar a los personajes. El espanto confunde extrañamiento con exotismo de cabotaje, se divierte a partir de una mal disimulada superioridad a la que se quiere disfrazar de ironía, se desenvuelve en un universo al que pretende desentrañar pero que hacia el final se revela tan desconocido como el primer día. Sorprende, pero a su pesar, porque recuerda vicios que el cine argentino independiente parecía haber dejado de lado hace ya bastante tiempo.

 

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