Ver Ebrio de pinturas y mujeres es, sencillamente, abrumador. No es mucho más lo que puede decirse acerca de un film que conjuga, magistralmente, la historia individual del famoso pintor coreano Jang Seung Up, con esa parte de la historia de su país que le tocó atravesar. Es en la estela de ese ”no mucho más” donde se ubica cada escena del film, dando cuenta de la subjetividad de un artista atrapado en los vaivenes políticos de su país. Y es también aquí donde en cada secuencia Jang, o los personajes que giran a su alrededor, que lo acompañan en su travesía, siempre está(n) en el centro del plano. Aún cuando Im Kwon-taek nos muestre el poblado, o mejor la calle principal a la que se vuelve una y otra vez punteando las estaciones, y el recorrido de Jang en un plano a vista de pájaro, o se despache con planos secuencia de una inquietante belleza, o nos muestre con planos detalle las manos, el pincel, la tela, la imagen siempre está fijada simétricamente en el centro. Lo mismo ocurre con el foco en profundidad -la escena de la pintura colectiva para el Gobernador es un ejemplo de esto-, con los planos fijos estableciendo un sentido del tiempo subjetivo y con los primeros planos del artista, enmarcados por un orden escénico que los supera, por ese discurrir público que inspiraba su pintura y al mismo tiempo la constreñía. Es esta decisión formal, la fijación conceptual de la puesta en escena como un registro colectivo de imágenes pero siempre privilegiando, sin abandonarlo nunca, el contexto socio político en la trayectoria personal de Jang, lo verdaderamente notorio del impactante film de Im Kwon-taek. El atrae nuestra atención hacia lo que realmente importa, dispersándola hacia lo que significa que eso importe.

Ver Ebrio de pinturas y mujeres no es sólo sentirse abrumado. Es también sentir que alguien detrás de la cámara puede mostrarnos que en el mundo, el del ayer que es siempre el del hoy, todavía hay imágenes bellas que exceden su encanto, que se ubican en un orden diferente al de la estética pura, pero que bordean, con su susurro, el mágico devenir de la hermosura. O como comprobar que el cine aún puede brindarnos la maravilla de este sentir, en este ver sin olvido.

 

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