Hay un punto en el que Junger, Spielberg, Truffaut y las películas del estudio Ghibli se intersectan, aunque Uds. no lo crean. Cada uno de ellos tiene una posición tomada sobre el mundo, el dolor y la experiencia como factores necesarios. Cada uno de ellos entiende que sin dolor no hay experiencia, no hay crecimiento y por ende no hay mundo. Cada uno de ellos entiende que el modo de transitarlo no es anestesiándose de los golpes sino asumiéndolos, intentando convivir con ellos (que no es lo mismo que naturalizarlos). En esta dirección posiblemente no encuentren película más desoladora, triste, desarmante y provocadora de congoja como la opera prima de Isao Takahata. Y eso se debe, principalmente, a que estamos ante una de esas películas indispensables. No, no lloramos por los golpes bajos (no los tiene), sino porque con elegancia la película nos pone de frente contra el dolor. Contra la anestesia de un mundo sin duelos, sin fracasos, sin pérdidas, sin experiencia, en definitiva, la película de Takahata hace lo que es necesario: recordarnos que la experiencia de mundo cuesta, duele y a veces incluso cuesta la vida misma.

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