Esta sección nació para morir mil veces. O quizás en vez de Lost and found debió haberse llamado Quémese después de verse. Acaso porque al tratarse de links abiertos para películas raras, extrañas o difíciles de ver, esos links en cuestión no duran mucho en la red. O en algunos casos, suerte mediante, quizás hasta podemos tenerlos ahí donde están durante un tiempo prolongado. La realidad es que esta sección flamígera vuelve este mes por más material. Lo que no podemos asegurar es que ese material esté disponible siempre.

Hacia mediados de la década del 40 el malestar comenzaba a instalarse con fuerza en el cine de estudios. Las viejas épocas en las que el terror arrasaba con una lógica demoledora comenzaban a quedar fuertemente cuestionadas por el avance de nuevas propuestas en el género, por lo que la relación que podía establecerse con el género empezaba a experimentar un cambio radical (no casualmente este cambio se profundizó de manera evidente hacia mediados de la década siguiente, con el sistema de estudios en plena crisis, en una competencia feroz que llevaría a la necesaria reformulación de eso que en algún momento habíamos conocido como el período del hollywood clásico). El terror del cine clase B podía permitirse tensiones, ambivalencias varias pero, fundamentalmente, podía habilitar algunos riesgos que el terror de estudio todavía no lograba adoptar. En ese marco de transiciones existieron películas anómalas y perturbadoras. Pero también películas que precisaban dar cuenta de un estado de cosas, indicar el final de un período. En esa dirección de cosas emergen proyectos que comienzan a desarticular el gótico de los primeros mitos del terror clásico. El instrumento utilizado para llevar a cabo la operación es supone desarmar, descomponer, desarticular el mito a partir de la evidencia de sus recursos. En ese orden de revelaciones aparece un film extraño como The Beast With Five Fingers, del casi ignoto Robert Florey (en cuyo currículum pueden encontrarse algunas adaptaciones de Poe, como Los crímenes de la calle Morgue), que funciona como una continuación de una serie de películas que buscó desarticular el verosímil, cuestionar el estilo y vaciar las condiciones de enunciación del terror clásico para hacerlo virar lentamente hacia una incipiente modernización. En este caso estamos ante una de esas películas sobre la internalización del mal, que en el período clásico resultaba un ejercicio intolerable para el género pero que hoy no resulta otra cosa sino la introducción paulatina hacia los códigos del terror psicológico.

Aquí Peter Lorre vuelve a personificar a un personaje atormentado, acaso una reformulación de su personaje de Mad Love (Karl Freund, 1935), pero con una vuelta de tuerca más. Hacia finales de los 40s el terror se dirigía velozmente hacia un proceso de autoaniquilación de muchas de sus constantes. Y autores como Curt Siodmak (guionista en esta caso) supieron aprovechar esa transición problemática para explotar los problema de un género que pedía a gritos una urgente modernización. Dato extra: estamos ante uno de los primeros films en utilizar acaso de modo involuntario el estilo indirecto libre, hecho que genera una perturbación en el punto de vista que no hace más que sumar ambigüedad. Al mismo tiempo, como buena hija de una época que precisaba matar a sus antecedentes, el film ingresa en un terreno de explicaciones psicológicas que más que aclarar los motivos de los crímenes parecen querer dinamitar un género desde su periferia.
Aquí abajo les dejamos el link de esta rareza. No se la pierdan.

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