Esta sección nació para morir mil veces. O quizás en vez de Lost and found debió haberse llamado Quémese después de verse. Quizás porque al tratarse de links abiertos para películas raras, extrañas o difíciles de ver, esos links en cuestión no duran mucho en la red. O en algunos casos, suerte mediante, quizás hasta podemos tenerlos ahí donde están. La realidad es que esta sección flamígeras vuelve este mes por más material. Lo que no podemos asegurar es que ese material esté disponible mucho tiempo.
En alguna ocasión deberíamos dedicarle en esta revista un apartado o un dossier a los lobos esteparios del cine, esos directores que filmaron una sola película y luego desaparecieron en la oscuridad del tiempo. No solo hay Charles Laughton para esto, sino que también tenemos a los Leonard Kastle. Bueno, si el primero es un caso de director-actor prestigioso que supo construir una obra maestra inoxidable como La noche del cazador en el caso del segundo nos encontramos ante uno de esos clásicos ejemplos de directores de culto que nunca supieron demasiado bien qué alineamiento de planetas pudo haberse dado como para que, en un determinado año a una determinada hora lograran parir películas tan extraordinarias como The honeymoon killers (que supo tener su remake y reversión mexicana a cargo de Arturo Ripstein, con la brillante Profundo Carmesí). La cuestión es que Kastle, talento en mano, concibió una película pequeña, barata (hecha con dos mangos y aprovechando cada centavo, como Corman) pero cargada de nervio, con la capacidad suficiente como para registrar la historia de dos perdedores y asesinos ocasionales como si se tratara de un documental. El resultado es incómodo, ya que mezcla la lógica del amour fou de los melodramas con el terror social seco, sin atenuantes y sin mayores artificios. Volvió Lost & found. Para quedarse

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