Un futuro gris

Por Federico Karstulovich

  1. Creo que hace unos años algo se rompió y corre el peligro de no poder volver a repararse. Muchos críticos que hasta hace poco tiempo pensaban con libertad, con sentido del humor, con la ironía como arma contra el pensamiento único y el autoritarismo, hoy se manifiestan bajo el paraguas unificador de la corrección política. Y de repente todos dicen cosas más o menos parecidas, mas o menos esperables, más o menos en el mismo momento. No hay ni una disrrupción con el timming. Creo que este es uno de los grandes datos de la contemporaneidad: ingresamos casi sin darnos cuenta en un estado uniforme de cosas y lo naturalizamos. Es el fascismo, aunque no lo crean.
  2. Hace unos días tuve la oportunidad de ver de vuelta, luego de 12 años, esa maravilla libertaria que es Superbad (Greg Mottola, 2007). Posiblemente, con algo de memoria de por medio, los gags reaparecían y se disfrutaban como un viejo amigo que vuelve y al que no veíamos hace años. Lo curioso es que en el medio habían pasado cosas horribles, como que parte del cast de la película poco menos que rechazara haber participado. El caso más paradigmático fue el de Jonnah Hill, quien a inicios de este año (quizás como estrategia de salida de su opera prima como director) exhibió su capacidad de darse latigazos casi como pidiendo una absolución, como muestra este link.
    Lo extraño es eso: de repente quienes formaron parte de proyectos parecen querer desmarcarse de su propia historia. Ejercicio curioso el de la corrección política contemporánea: no abraza la historia sino que busca borronearla al máximo de ser posible. Pero el tema ya no solo se limita a un ejercicio de los actores, sino que también toca al público.
  3. De un momento para otro nos acostumbramos a las nuevas prácticas: Nadie escucha (o quiere escuchar o bailar en público) a Michael Jackson, nadie se interesa por defender la obra de Woody Allen (no la actual, que pasa por un momento de estancamiento, sino la mejor época), que se hace cada vez más dificil de encontrar, los capítulos de la serie Louie (escritos y dirigidos por el humorista Louis CK) se vuelven inhallables, los films de Polanski comienzan a ser fuertemente cuestionados y asi varios casos más. No solo no hay separación de persona y obra sino que directamente se opera por supresiones del pasado. Lo extraño es eso: durante años hemos leído, hemos visto, hemos escuchado la obra de artistas sobre los que teníamos mayor o menor conciencia de sus problemas con la justicia (cuando no directamente de su condena carcelaria). Sin embargo entendíamos que la capacidad de los artistas en cuestión excedía sus costados personales más oscuros. No son nuestros amigos, son personas cuya producción artística y/o intelectual admiramos.
  4. Pero hemos ingresado en un terreno en el que ya no solo es imposible esa escisión entre obra y persona en el tiempo presente sino que se opera por censurar incluso el acceso al pasado presionando para que los contenidos sean removidos de plataformas. Esto indica que es posible que con el tiempo algunos de estos materiales se vuelvan clandestinos (ya sea en la práctica para su encuentro: inhallables; o para su consumo: vergonzante, sin socializarse el acceso a obras decretadas como insalvables por vaya uno a saber qué jurado popular de mayorías o minorías autoritarias). El resultado: menos variedad, mayor homogeneidad de ideas.
  5. Que no exista el disenso en el orden del mainstream (pero también en producciones más pequeñas: curiosa estrategia compartida entre los dueños de la torta y quienes deberían resistir) no solo es grave, sino que también exhibe una forma paralela de concentración a la que estamos acostumbrados. No hay solo hegemonía numérica, hegemonía de negocios, sino que existe un vínculo con cierta hegemonía cultural. O para decirlo de otro modo: hay una relación entre la concentración económica y una concepción que habilita apertura de nichos nuevos de consumo en función de adquirir nuevos clientes gracias a las simpatías que despierta el posicionamiento ideológico que el mainstream (y no tanto) actual practica con enorme demagogia.
  6. La ausencia de disenso, las listas negras de quien debe o no debe trabajar según portación de opiniones o posiciones públicas también es concentración. Asi como existe la concentración económica que tanto preocupa, también estamos experimentando la concentración ideológica, pero con una pátina de expresión democrática y plural. Los fascismos, indicó alguna vez Umberto Eco, pueden ser de mayorías, pero también de minorías. Y que no exista la posibilidad de coexistencia solidaria habla de la naturalización de esta tendencia preocupante. No se habla de coexistir en el disenso, sino de inclusión y tolerancia, conceptos demagógicos y condescendientes que no hacen otra cosa más que asumir el gusto por una posición de poder: si se es incluído hay quien se erige en portador de la autoridad para incluir. Un espanto cool.
  7. En este nuevo mapa, la corrección política del progresismo concentrado nada tiene que ver con la democracia. O con la heterogeneidad. Carente de sentido irónico, la contemporaneidad se nos revela como el negativo de una imagen que supimos concebir a lo largo de la historia del cine: que estamos ante la construcción de imaginarios, no ante modelos impuestos con látigo. “Escuchamos música pop porque nos sentimos miserables o nos sentimos miserables porque escuchamos música pop?” era una de las preguntas iniciales que se hacía Rod Gordon al inicio de esa obra maestra que es Alta Fidelidad (Stephen Frears, 2000). Bueno, la pregunta tiene una respuesta fácil: escuchamos porque nos sentimos miserables. Las diversas formas del arte popular están ahí fuera pero no podemos hacerlas responsables de nuestras miserias ni de nuestra capacidad mimética. Imaginen un mundo en el que, ante el peligro imitativo, permitiéramos la censura de películas gore, de películas en donde los personajes sean responsables de actos cuestionables o sencillamente se nos prohiba mostrar una representación que sea potencialmente destructiva de los valores de amor, paz y tolerancia que la corrección política parece pregonar.
  8. Algo de esto me hacía acordar al futuro que proponía esa gran película que es El Demoledor (Marco Bambrilla, 1993). En aquella se presentaba un futuro falsamente utópico, en donde los ciudadanos carentes de mecanismos de defensa elementales (no casualmente quienes tenían esa capacidad de entender el mundo por medio de la distancia, la ironía pero también de la empatía eran los personajes provenientes del siglo XX) quedaban expuestos a los peligros verdaderos de la violencia, del maltrato, del ejercicio real de poder tiránico. En ese mundo feliz (las referencias a Aldous Huxley eran evidentes) el disenso era castigado, las puteadas también y cualquier cosa que excediera los límites del control suponía alguna clase de contravención. Y quizás ese sea un peligro concreto: si cultivamos un mundo aséptico no vamos a estar preparados para la violencia real. Lo que me lleva al mundo del final de Escape de Los Ángeles (John Carpenter, 1997), en el que Snake Plissken parece mandar a todo el puto mundo del futuro bien a la mierda, porque incluso se ha regulado hasta las prácticas más privadas, como fumar.
    Esas distopías libertarias que resultaban ridículas reverberan hoy de otro modo, de manera distinta. Sus maneras son exacerbadas, pero exhiben puntos de contacto con los modos censores, castradores, vigilantes (sino directamente policiales) de un presente cada vez más fascinado con la legislación de las libertades propias y ajenas.
  9. Al terminar de ver Superbad no me entraron ganas de salir a hablar de pijas, ni a querer ser adolescente desesperado por ponerla ni a pensar que las mujeres son tal o cual cosa. Por el contrario, pude entender, como en su momento cuando la vi por primera vez, que la película se proponía pensar como el mundo complejo de las relaciones humanas, los duelos, las amistades, los cambios de etapas, pueden estar signados por máscaras que a veces inventamos para hacernos el camino menos difícil. Y que a veces esas máscaras no son otra cosa que estrategias equivocadas o no en el plazo de ese camino en particular. La película de Mottola se permitía cuestionar a sus personajes y no los entronizaba. Pero incluso si lo hiciera nosotros contábamos con nuestro sentido crítico despierto como para pensar frente a lo que acabábamos de ver. El cine no tiene que ser, necesariamente, propaganda. Asumir que toda película puede funcionar como propaganda adoctrinadora no solo es un delirio de lectura paranoico y protofascista, sino que exhibe una manifiesta incapacidad de vincularse con el mundo que nos rodea: no vivimos en una burbuja aislada de no agresión, sino en un mundo que puede ser agresivo y despiadado pero uno en el que también podemos construir vínculos de encuentro.
  10. El fascismo de la corrección política no solo no propugna encuentro alguno, no propone ningún contrato ético (que son contratos más plásticos y humanos que las normativas de la moral biempensante), sino que nos encierra más en mundos de terror, en donde cada vez la burbuja se reduce más y más a niveles ridículamente pequeños. En ese mundo de presunta no agresión, entonces, lo que prima no es nuestra capacidad de entendimiento, de disenso, de razonamiento crítico frente a las calamidades del mundo, pero también del cine. Lo que prima es una falsa pax en la que nadie interactúa con nadie en el fondo, en donde lo que se produce es un sistema de altísima conexión informativa pero bajísima conectividad humana. Afortunadamente, aunque el panorama sea sombrío, todavía podemos encontrar y reconocer un cine en el que la libertad, la ironía y la solidaridad (como principios elementales de coexistencia) son ya no principios constitutivos del mundo ideológico que representan en su interior, sino de las posibilidades que habitan para que nosotros nos relacionemos con él. Frente al control de contenidos, frente a la censura de los artistas y los espectadores, frente a la concentración ideológica nuestra línea de defensa es la mencionada previamente: contratos éticos (contingentes) antes que reglas morales, ironía como principio de lectura (para evitar la solemnidad pero también la trascendencia), solidaridad en la coexistencia ya que vivimos en un mundo que nació diverso y debe seguir siéndolo para preservar las formas democráticas. Dicho esto, no puedo decir otra cosa: Aguante McLovin, Bitches!

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