Guiones de autor

Por Rodolfo Weisskirch

Todo comienza con una idea. Un concepto. Un diálogo. Un personaje. ¿Qué le pasa a esta persona? ¿De qué forma su vida cambia de la noche a la mañana? ¿Por qué? ¿Para qué? Otras veces, en cambio, el punto de partida es el tema. Un hecho específico a desarrollar. Sea real o no.

Sea cuál sea el origen de una película narrativa clásica, lo primero es el guión. Y si hay un guión, naturalmente, existe un guionista. Al menos en el cine (no asi en la TV), se trata de una figura olvidada y maltratada en la actualidad. Pero el guionista fue durante mucho tiempo, especialmente durante la edad dorada de Hollywood, un integrante mimado dentro del proceso creativo de las películas. Los estudios contrataban novelistas o dramaturgos consagrados para escribir sus películas. Eran excepcionales los casos en los que un director se comportaba como autor original de los guiones de sus películas. 

Así empezaron su carrera notables realizadores de la segunda etapa del período clásico como John Huston y Billy Wilder, escribiendo para Raoul Walsh o Ernst Lubitsch, respectivamente. Sin embargo, en un contexto de postguerra, con las tensiones de la guerra fría escalando posiciones, se estableció un período de persecución política (mejor conocido como macarthysmo) en el que innumerables guionistas (entre otros) pasaron a integrar listas negras que los expulsaron de los estudios o los limitaron laboralmente llevándolos a abandonar la profesión para poder sobrevivir. En el mejor de los casos, con suerte, podían firmar guiones bajo seudónimo. La desconfianza hacia la figura del guionista recién se recuperaría, en mayor o menor medida, en los 70s, en particular con la aparición de figuras como William Goldman, Paddy Chafyesky y Robert Towne, entre otros.

Todo esto viene a que, si bien el contexto actual no supone punto de contacto alguno con el período del Hollywood clásico ni el de transición durante los 50s y 60s, nos encontramos en un período en el que el cine mainstream (insisto: es bien distinto a lo que sucede en la TV) ha vuelto a “bajarle el precio” notoriamente a esta figura clave que supone todo guionista en el proceso de creación audiovisual. Hoy en día, son pocos los guionistas que tienen ese grado de notoriedad e incidencia que si podían reconocer en el pasado remoto. El director – autor acapara las miradas, y pocos son los escritores que gozan de cierta fama, respeto, pero fundamentalmente, de capacidad de imponer una suerte de mirada autoral que exceda a la del director. Es imposible (o cuando menos muy difícil) determinar un vínculo expreso entre diversas obras de un mismo guionista. En la televisión, en cambio, la figura del guionista /showrunner –creador de las series y escritor de la mayor parte de los episodios de una temporada- es particulermente venerada. No sorprende, por lo tanto, que, a la hora de buscar guionistas, la industria cinematográfica intente captar a los escritores que “triunfaron” en formatos televisivos (o incluso via streaming). No se trata de un proceso nuevo. Se viene llevando a cabo desde los años 50. Sencillamente que en esta nueva “edad de oro” de las series, queda más a la vista. 

Sin embargo entre los guionistas de cine más reconocidos de la actualidad bien podemos reconocer a dos que ya tienen casi treinta años de trayectoria. A tal punto que sus películas adquieren un extra de “distinción” por su firma, incluso mayor que la firma de sus realizadores. Son los casos de Aaron Sorkin y Richard Curtis. El primero, estadounidense, representante de un cine político, cuestionador de varios poderes de turno, con tamiz periodístico e influencias de Chayefsky y Capra. Sorkin proviene del teatro, si, pero consiguió con la serie The West Wing un lugar notorio en la industria. Su forma de mezclar ironía con temas en auge en aquel entonces (dos décadas atrás), personajes cínicos, fríos, intelectuales, ha fundado una posición que tiene tantos fanáticos como denostadores. 

El segundo caso, en cambio, no podría ser más opuesto a primera vista. Y sin embargo, sus obras se nutren del optimismo, la fantasía, el humor y el romanticismo de Capra, tanto o más que las obras de Sorkin. Británico, sinónimo de comedias románticas “cursis”, Curtis es un autor tan reconocible como subvalorado. Y aunque se lo relaciona principalmente con Cuatro bodas y un funeral, Un lugar llamado Notting Hill, y Realmente amor -su ópera prima como realizador- sus raíces provienen del humor visual y físico, incluso en la tradición del fenecido cine silente, ya que Curtis es co creador junto a Rowan Atkinson del torpe Mr. Bean. 

Y es que Curtis, se ha ganado un lugar privilegiado entre el autor-guionista de hoy en día, al punto que pocos deben recordar quién dirigió las películas que convirtieron a Hugh Grant o Reneé Zellweger en figuras internacionales. De hecho, las únicas películas donde los directores lograron tapar el apellido de Curtis fueron Caballo de guerra –un trabajo por encargo, donde Curtis hizo una reescritura del guión de Lee Hall para Steven Spielberg- y la recién estrenada Yesterday, una película en la que el nombre de Danny Boyle está prácticamente a altura del guionista. Por no agregar los tres films de Curtis como director: la sobrevalorada Realmente amor, y las menospreciadas injustamente, Los piratas del Rock y Cuestión de tiempo, obras, en las que paradójicamente las subtramas románticas son inexistentes u ocupan un lugar secundario.

Yesterday, por más que pueda tener varias de las características del cine de Boyle –como menciona Ludmila Ferreri aquí mismo en su brillante análisis- es una película que cuenta con todas las ideas narrativas que Curtis ha distribuido a lo largo de su filmografía, tanto como guionista y/o director.
Empecemos a mencionar una obviedad. La música en el cine de Curtis, específicamente el rock británico surgido en los años 60, atraviesa su filmografía de punta a punta. Por lo tanto, la premisa, fantástica, capriana, lleva su mirada y su amor por la banda de Lennon y McCartney al centro dramático. Por otro lado, el guión de Yesterday –que en líneas generales no es tan ingenioso como su premisa, y tampoco es de los más pulidos de su autor- es una vuelta de tuerca fantástica al de Un lugar llamado Notting Hill. Acá los personajes de Grant y Roberts se fusionan en uno solo. El hombre común y mediocre de todos los films de Curtis se convierte en el sujeto famoso que le quiere escapar a la fama maldita. O en todo caso logra regodearse en ella para encontrar su identidad (al estilo del personaje de Nightly en Realmente Amor o los locutores de Los piratas del rock). Ambos personajes conviven en uno y deben adaptarse a un fenómeno fantástico del cual no existe una explicación científica racional (como tampoco la había en Cuestión de tiempo)

Al igual que la película con Domhall Gleeson, el protagonista vive en un universo paralelo, es consciente de ello y lo utiliza para su beneficio. En Cuestión de tiempo Tim manipulaba el tiempo para enamorar a la chica de sus sueños –dejando atrás a una entonces desconocida Margot Robbie por la Meg Ryan de los 2000, Rachel Mc Adams- pero pese a esto no puede salvar la vida de su padre, que paradójicamente también podía viajar en el tiempo, al menos hasta el nacimiento de su hijo.

Tim elige tener a su hijo antes que salvar a su padre. Por lo tanto rehusa de su poder con un fin: llevar a cabo una vida “normal” y conservadora. Ésta búsqueda de la “normalidad” también era el eje de Un lugar llamado Notting Hill. El personaje de Roberts y el de Grant debían elegir en aquella película entre resignar su vida por el otro o preservar sus diferencias en mundos irreconciliables. Al final, consiguen un trato intermedio.

Yesterday es un poco más pesimista en ese sentido. Jack, el protagonista, no busca la fama y la fortuna, sino el reconocimiento artístico, por lo que debe resignar su vida normal, que significa resignar a la chica que siempre estuvo enamorado de él, hecho del que nunca tomó conciencia. En pos de un consejo descubre que en la vida “lo único que necesita es amor” (sí, All you need is love) y nadie mejor que el propio creador de la frase para mencionárselo (por suerte no literalmente) en una salida narrativa que fue muy criticada, pero que, al menos a título personal, creo que es de lo mejor de un film que estaba desperdiciando la magnífica premisa en pos de una clásica historia de amor curtisiana. 

¿Y por qué resulta tan fantástico esto? Ya no solo por el hecho de regenerar la historia y construir una versión alternativa –Tarantino lo viene haciendo desde Bastardos sin gloria y nadie lo cuestiona- sino porque transforma a la “figura” de Lennon en un hombre común que ha peleado por sus ideales en nombre del amor. La faceta artística solo era una máscara de este personaje, según lo que da a entender Curtis, y el verdadero ser, era el idealista que luchaba por un mundo mejor. Si, cursi. Pero coherente con el mundo del guionista. En esa lucha por un mundo mejor, Curtis le brinda a Boyle un final maravilloso que los personajes de Los piratas del Rock habrían aplaudido: regala los derechos de Los Beatles a todo el mundo. Un manifestación explícita a favor del copyleft. El personaje se convierte en un héroe, si. Y al igual que Hugh Grant o Domhall Gleeson puede regresar a una vida ignota, monótona, conservadora, marital…pero con la chica que ama. 

El regreso al hogar – o al status quo del personaje- y a la unidad familiar, es uno de los temas predilectos del clasicismo. Y quizás lo único que realmente une a Caballo de guerra con el resto de la filmografía de Curtis (también es la esencia del cine de Spielberg). En el proceso los personajes se transforman para aprender que todo aquello que buscaban, en realidad lo tenían en el lugar donde emprendieron el viaje.

Por todas estas conexiones, es imposible no comprender que Yesterday es una película de autor, pero del autor – guionista. Sí, se pueden encontrar similitudes en la filmografía de Boyle –sin ir más lejos, en Trainspoitting 2, el protagonista termina en el mismo lugar donde arrancó en el primer film, pero es un final triste, depresivo- pero por tono, características del personaje y estructura narrativa, se trata de una obra de Richard Curtis. De Boyle quedará más que nada, la fantástica secuencia cuando el personaje se transforma en una marioneta de la industria musical -visualmente lo trata de la misma manera que a Steve Jobs en la película homónima, película escrita justamente por Aaron Sorkin-  en lo que podría describirse como el momento más distante y cínico del film.

Si bien es cierto que Yesterday no explota a fondo su concepto, ni tiene el ingenio o el humor del mejor Curtis, es indudable que lleva su firma. Algunos fundamentalistas podrán cuestionar las interpretaciones superficiales de Himesh Patel o Lily James, los covers que el protagonista desafina (a mi interpretación en forma adrede), o el cursilerismo final tan propio de Curtis, pero lo que no se cuestiona es justamente la autoría del producto. Incluso habría agradecer el respeto que Boyle otorga al material escrito, a la figura olvidada del guionista/novelista estrella, tal como lo hizo con Sorkin, Garland en múltiples oportunidades o con Irving Welsh. Pero, eso… eso ya es otro análisis.          

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