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Tiempo de lectura: 9 minutosPoder, propaganda, crítica: sobre una cierta tendencia en el cine político argentino (VII)

Por Varios Autores

Parte VII: El presente, los datos, la honestidad intelectual como herramientas a recuperar: algunas conclusiones, algunas hipótesis y algunas propuestas para los próximos meses y años

Por Ludmila Ferreri, Federico Karstulovich, Luciano Salgado y Gabriel Santiago Suede

Esta vez toca reunir a todos los responsables. Para pensar juntos, recapitular, proyectar y, si fuera necesario y posible, proponer. Por eso les propongo abrir el juego y a partir de ahí escucharlos. Voy a intentar recomponer una versión resumida de las ideas que fuimos argumentando desde la primer nota hasta la sexta entrega. Y a la luz a de esos planteos, les proponemos pensar algunas conclusiones, hipótesis a futuro y propuestas. Comencemos.

Construimos en la primer entrega (que pueden leer por aquí) cómo, tras recuperarse la democracia (que no es algo que se consiga de un día para el otro sino que es un trabajo que conlleva tiempo), luego de el trauma de la dictadura, al cine político argentino le resultó una tarea casi imposible volver a conectarse con la experiencia presente. Y cuando se lo propuse casi siempre fue como proyección del las consecuencias del pasado trágico. Por eso la estrategia de la alegoría y el trazo grueso construirían el mecanismo para repensar las relaciones con ese pasado traumático. Casi en ningún momento preguntándose por las continuidades y las discontinuidades sino exhibiendo al monstruo, proyectándolo por fuera del presente en cuestión, en lo que nos gustó llamar (acaso como preludio del progresismo futuro) un cine de denuncia y aguante. En alguna medida el cine político de los 80s estaba preparando la mirada que recién explotaría en los 90s, la década más crítica y a su vez que supo expresar un mayor divorcio entre los cineastas y el poder de turno.

En la segunda entrega (que pueden leer por aquí) comenzó a prevalecer una necesidad de cambio: interpelar al presente. El golpe de estado indirecto sobre la figura desgastada de Alfonsín, el retorno del peronismo y el viraje hacia una economía hiper desrregulada y la crisis económica que comenzó a escalar produjo una modificación de la mirada hacia el presente, como si en alguna medida el trauma de la dictadura comenzara a dejar de ser el centro exclusivo. O en todo caso, el cine político argentino del período se propondría pensar esa etapa con una mirad estrábica: un ojo puesto en el pasado y otro en el presente. Ambos de manera muy crítica. Por un lado la mirada al pasado entrega en la primer mitad de los 90s a los últimos estertores del ideario de representaciones gruesas y alegóricas que había dejado el cine de los 70s y 80s. A su vez la revalorización de la violencia armada de los 70s comienza a ser una estrategia para retornar al pasado pero ya no como tragedia consumada, sino como mirada desencantada sobre los proyectos no consumados por la guerrilla que había sido exterminada por la dictadura militar. Al mismo tiempo, en el contexto de la primera y exitosa presidencia de Carlos Menem (1989-1995), el cine político peronista conjura a la figura del primer peronismo como un modo de sobrevivir al oprobioso y vergonzante presente para los peronistas clásicos. La curiosidad la ofrece un cierto cine explotation que quizás expone, junto al documental, una primer estrategia de acercamiento al presente, algo que no lograba concebir el cine independiente ni el mainstream local. Recién en la segunda mitad de la década, cuando las consecuencias del primer mandato de Menem se proyectan sobre el segundo es en donde el cine político empieza a dar cabida a la construcción de un protoprogresismo (que no estaba alineado con el poder de turno de entonces), que fue diseñando un discurso pregnante para las capas medias que veían en la experiencia del doble mandato peronista un precipicio económico e institucional. En esa dirección de cosas fue el nuevo cine argentino (NCA) el encargado de potenciar una mirada crítica que se hacía cada vez más persistente pero que estallaba con delay.

En la tercer entrega (que pueden leer por aquí), el presente parecía terminar de instalarse de manera definitiva en el campo del cine político argentino. Ese presente, al que las críticas le habían sido más bien esquivas en el alfonsinismo y en el primer menemismo, gracias a la mirada renovada de jóvenes directores, gracias a la evolución del duelo tras 20 años de conmemoración del inicio de la dictadura, pero también gracias a las urgencias del contexto, se convertía en la nueva obsesión. Esto amplificó las bases de este nuevo y a primera vista potente cine político argentino que, con el músculo crítico entrenado, se enfrentaba a la experiencia de una crisis inédita como la de 2001. En este período las representaciones alegóricas del pasado terminan popr esfumarse y quedan fuera de órbita de interés para el público. A su vez el documental político mutluplica sus posibilidades y mira con atención al presente pero también al pasado de la violencia política, un tópico al que retornará cada vez con mayor fuerza reivindicatoria. Al mismo tiempo el mainstream también parece comprender el juego y cuando el cine industrial se pone político opta por volver a los 70s…o por poner en el centro las derivaciones de la degradación socioeconómica que trae la crisis que estalla en la cara. A su vez el protoprogresismo que iba mostrando su cara en los 90s comienza a levantar vuelo lentamente. Mientras tanto el joven y lozano nuevo cine argentino levanta sus banderas críticas, incluso más allá de la gestión peronista, sino incluso siendo muy críticos con la experiencia fracasada de la Alianza (y la devaluación monstruosa del peronismo retornado al poder en 2002). El mùsculo estaba vigorizado, pero…

La cuarta entrega (que pueden leer por aquí) expresaba un primer gran inconveniente: acaso la emergencia de un gobierno de discurso progresista (de la boca para afuera, contradiciendo los hechos, que desmienten esa afirmación) pudo haber generado una sensación de apropiación de parte del universo “artístico” (el del cine entre otros), por lo tanto una interrupción en ese ejercicio crítico que el cine político argentino venía practicando? Bueno, aparentemente si. La primera manifestación de este fenómeno no parecía muy grave: el cine político cosecha 2003-2007 volvía a hacer algo que ya había sucedido en los 80s: frente al trauma de la hecatombe reciente (en aquel entonces era la dictadura, en este caso fue la crisis de 2001) la respuesta siempre fue con delay. Eso indica que este nuevo cine político comenzaría a virar su cabeza de vuelta hacia el pasado antes que mirar al presente. En definitiva, para el falso progresismo de esta etapa (al que denominamos progrismo por motivos que podrân leer en la nota publicada entonces) el presente es el pasado inmediato. Pero no hay anclaje actual real. A su vez el entonces lozano NCA comienza a alejarse de las urgencias y se dispersa en otras búsquedas que lo alejan de la denuncia y la observación. El mainstream, por su parte, hace su juego demagógico con un 2001xplotation elocuente. Pero a su vez comienza a producirse un segundo movimiento de pinzas hacia el pasado más remoto (el que se retrotrae a los 60s, 70s y 80s, fundamentalmente): nos encontramos con un cine de reescrituras históricas que estallará en el período siguiente a analizar (2008-2015). Sin darnos cuenta, el huevo ya estaba creciendo. Y el cine político, con la vieja potencia que había mostrado una década antes, desapareciendo ante nuestros ojos.

La quinta entrega (que pueden leer por aquí) mostraba cómo en el período 2008-2015 nada mejoró en el orden del mùsculo crítico del cine político argentino. Más bien empeoró. Con el discurso progrista (si, no el progresista) instalado como política de estado, el discurso político del medio no solo se alejó de cualquier potencial crítica ejercida sobre el gobierno de turno (con el cual se alinearían muchos realizadores mientras otros disentían en silencio por no ir al choque contra un medio que comenzaba a actuar de manera homogénea) sino que se entregó progresivamente a la confección de ficciones y documentales laudatorios de grandes caudillos o lisas y llanas reescrituras del pasado que funcionaran como relecturas del presente. Bidimensionalidad, patrioterismo pueril, reescritura del pasado fueron, a su manera, estrategias de un discurso de propaganda sobre el presente. El ejemplo paradigmático de esa propaganda política con forma de película fue el documental sobre Néstor Kirchner, en el año 2012, apenas un año después de haber triunfado el oficialismo en las elecciones de forma abrumadora. El presente había dejado de existir para el cine político argentino excepto como propaganda oficial disfrazada.

La sexta entrega (que pueden leer por aquí) encuentra al progrismo cuestionado, luego de la transición que supusieron las derrotas electorales para el oficialismo en 2013 y en 2015, incluso perdiendo las elecciones presidenciales. Ese cambio produjo un cimbronazo en el cine político argentino, que hasta apenas unos pocos años antes de 2015, tal y como vimos, era afecto a mirar al poder con cierta condesendencia sino directamente apoyando al discurso oficial. En esta etapa, en cambio, el contexto se revigoriza y muta: un cine político que mira al pasado reciente como una época cerrada a la que depide y mira críticamente. A su vez una etapa de miedo manifiestos por el futuro (la llegada del gobierno de Cambiemos al poder) y la construcción de un nuevo enemigo, primero invisible y luego designado con nombre y apellido. A su vez la recuperación del rol disociado del cineasta respecto del discurso de estado. A primera vista algo auspicioso, pero veremos en qué deriva. Mientras tanto la explotación de la grieta kirchnerismo-antikirchnerismo como nueva obsesión (encubierta en los discursos de venganza) del mainstream político. Y conforme se produce una nueva crisis económica (2018-2019), la emergencia de un cine político que se revela como crítico del poder de turno en primera instancia pero que prontamente se expone a si mismo como propaganda política de los candidatos de la oposición del frente pan-peronista (Frente de Todos), que ganaría las elecciones de finales de 2019.

El resto es historia. (Naturalmente con sus excepciones a la regla, que siempre están y estuvieron, afortunadamente, pero que no compusieron un camino como si sucedió con el cine político al que hemos mencionado desde el retorno de la democracia.)

Ahora bien, podemos pensar algunas máximas a partir de todo este recorrido histórico? Creemos que si. Intentemos sintetizarlas como hipótesis planteadas en afirmaciones.

  1. El cine político argentino, desde el retorno de la democracia, excepto que medie una crisis económico y social grave y fulminante, no puede mirar a los ojos al presente que le toca cursar. Necesita algunos años. Eso lo afecta en su capacidad de reacción. No es ni malo ni bueno, es una reacción que ha sabido demostrar en casi 40 años de democracia ininterrumpida.
  2. El cine político argentino post 1983 encuentra una regla cuando no puede lidiar con una contradicción en el presente: incorpora al pasado como objeto de estudio, como un lugar en el cual poder hacerse fuerte discursivamente o no tener que explicar nada a nadie. Ese ejercicio presupone que la capacidad de ejercer una crítica al presente es una potestad selectiva antes que una ética en la que poder ampararse.
  3. El cine político argentino expresa, en una medida amplia y extendida, un manifiesto ideologetismo, es decir, una mirada selectiva para asociarse o disociarse del poder de turno en función de principios compartidos discursivamente antes que de una capacidad de análisis signada por la honestidad intelectual. “Si piensa como yo, miraré para otro lado. Si piensa distinto, ahí estaré para criticar” podría decir la carte de presentación.
  4. El progrismo (que es un progresismo degradado) es el principal responsable de que el cine político argentino haya perdido su brújula en dirección a un norte de observaciones críticas, pero también es el principal responsable de que ese músculo crítico que el medio supo ofrecer durante momentos extremadamente difíciles hoy sea un músculo rodeado de lípidos. Porque dejar de que el conjunto/colectivo/masa sea quien decida antes que el interés por una mirada crítica depende directamente del “orden” que el discurso progrista instala.
  5. Debido al delay de respuesta, a la selectividad crítica, a la deshonestidad intelectual y a la brújula intervenida, el cine político argentino se ha revelado manifiestamente incapaz de volver a revisar el presente desde el retorno del peronismo al poder en 2019: con indicadores socioeconómicos que auguran una caída igual o mayor a la de 2001, con perspectivas político-institucionales notablemente debilitadas, el cine político argentino parece destinado a desaparecer de una vez por todas o reinventarse. Ahora bien, el cómo es la cuestión.

Ahora bien, puede suponer todo esto la necesidad de barajar y dar de nuevo? Si. Pero si esa reformulación no se manifiesta de forma urgente será el mismo medio aquel que se sea obligado a lidiar con su propia miseria, con su propio silencio vergonzante. Podemos sugerir algunas ideas, algunas estrategias? Lo intentaremos.

  1. El cine político argentino tiene que reconciliarse con el presente, con la calle, con los hechos y con los datos. Y a partir de ese reencuentro, reconciliarse con la contradicción, con la honestidad intelectual de poder enfrentar al propio discurso silenciado.
  2. El cine político argentino tiene que salir del silencio pero también del discurso oficial, del discurso de estado. Al mismo tiempo debe poder romper el maleficio del delay: debe retomar el aquí y ahora antes que obsesionarse con el pasado reciente o el pasado histórico.
  3. El cine político argentino supo, pudo, logró sintonizar con su público cuando fue capaz de percibir el espíritu de época, es decir, nuevamente, cuando supo hablarle al presente. Sea este cual fuera. Más o menos doloroso. Pero asumiendo una mirada concreta, definida, potente. Pero capaz de rever lo que naturalizamos diariamente.
  4. El cine político ha sido, no solo en Argentina, sino en otros países y otras experiencias, una estrategia ya no de “encuentro” entre sus espectadores, sino un articulador de discusiones productivas para pensar, desde el presente, el futuro. El cine político argentino puede ser artífice de ese reencuentro con una mirada que no implique, solamente, la obsesión pesimista, sino un punto de partida constructivo.
  5. Pero al cine político argentino actual le faltan realizadores que vuelvan a mirar hacia afuera. Que dejen de quedarse en casa para salir al mundo.
  6. A la pandemia le queda poco tiempo más. Es hora de empezar a registrar los resultados de la pandemia, la cuarentena, pero fundamentalmente, es hora de retornar del silencio opobioso, estimados lectores/colegas/espectadores. El cine político argentino será presente o no será nada.

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