Sin piedad

Por Patricio Beltrami

No mercy
Estados Unidos, 2026, 100’
Dirigida por Timur Bekmambetov
Con Chris Pratt, Rebecca Ferguson, Chris Sullivan, Kali Reis, Kylie Rogers, Annabelle Wallis y Kenneth Choi.

Errar es humano

En 2029, el Estado de California ha conseguido combatir exitosamente una ola de violencia gracias a la implementación de la Inteligencia Artificial en la justicia. Concretamente, la programación del Tribunal Mercy con sus infalibles jueces ha juzgado, sentenciado y ejecutado a los dieciocho criminales más peligrosos de Los Ángeles en pocos meses, por lo que se ha logrado una significativa reducción del delito en toda la ciudad. Sin embargo, el decimonoveno caso tiene como acusado al condecorado detective Chris Raven, quien tiene noventa minutos para demostrar que no ha asesinado a su esposa. Bajo esta premisa, Sin piedad conjuga el drama con elementos distópicos (algunos bastantes parecidos a la realidad) y cierta influencia del videojuego para intentar darle una vuelta de tuerca al subgénero, aunque sólo logra solidez narrativa de a ratos.
En primera instancia, uno de los puntos a favor de la película dirigida por Timur Bekmambetov es que toma riesgos a la hora de presentar un mundo nuevo. Por medio de una secuencia introductoria que fluye a través de un montaje vertiginoso, brevemente se explica la dinámica de la distópica Los Ángeles y su avanzado sistema judicial. Asimismo, el conflicto se construye lentamente, estableciendo en simultáneo las complejidades familiares, profesionales y legales que enfrenta el acusado, quien va descubriendo el escenario al mismo tiempo que los espectadores. Esta decisión permite que el relato en clave de judicial y policial constantemente alimente su tensión y se vuelva más interesante a medida que avanza el metraje. No obstante, el drama familiar encarnado en la relación entre padre e hijo no logra conmover, ni siquiera en el clímax de la película, donde se convierte en un aspecto sustancial para el desenlace.
Por otra parte, durante cerca de ochenta minutos el largometraje transcurre casi exclusivamente en un único espacio cerrado: una enorme sala vacía donde Raven está atrapado en un sillón mientras que la jueza Maddox presencia todo desde una pantalla gigante. Aunque podría haber sido un incesante intercambio de palabras, Bekmambetov consigue que la puesta en escena sea atractiva a partir de recursos propios de los videojuegos y los dispositivos digitales: escenarios que se recrean en 3D, pantallas que se abren y cierran, reproducción de audios, mapas y de grabaciones de cámaras, interfaces de redes sociales y plataformas online. Además de la interacción con testigos y efectivos policiales, todos estos recursos están a disposición para que el detective investigue el caso en tiempo real, por lo que la reconstrucción de los hechos a distancia funciona en una versión homeoffice del policial distópico.
Otro aspecto a favor de Sin piedad está en las interpretaciones de sus dos protagonistas. Con un correcto Chris Pratt que se esfuerza demasiado para sacar el lado dramático de su personaje, se debe destacar la actuación de Rebecca Ferguson, quien evoluciona de la gelidez y el automatismo inicial de la IA hacia el descubrimiento de sensaciones humanas (temores, dudas, desconcierto, confianza). Justamente, los largos intercambios entre ambos permiten que la película adquiera solidez tanto en lo narrativo como en las aristas que se vinculan a la crítica social, incluso evitando la bajada línea burda sobre problemáticas como la justicia, la ética, la marginalidad o la corrupción.
Más allá de sus virtudes, el largometraje no luce a nivel narrativo. Concretamente, le cuesta amalgamar lo judicial y policial con los conflictos vinculados a dramas personales y familiares. Si bien el alcoholismo, los problemas maritales y la acumulación de tragedias apuntan a complejizar la historia, finalmente resultan recursos de guion para desplegar un juego de engaños y manipulaciones que sólo consiguen estirar el metraje. Más allá de algunas logradas secuencias de acción y persecución vehicular, los conflictos se resuelven desde la lógica y lo discursivo, descartando así a la carrera contra el tiempo como elemento clave para imprimirle tensión, nervio y adrenalina al relato. Ese aspecto, un tiro en el pie para esta película de premisa, se suma a otra decisión insólita: faltando unos veinte minutos aparece un nuevo caso, que se abre y se resuelve en ese lapso, sólo para darle sentido a una serie de cabos sueltos. De esta manera, Sin piedad termina opacado con una serie de giros sacados de la galera para validar una idea sobre ese extraño vínculo entre justicia y tecnología. Errar es humano. Vale tanto para la jueza IA como para los autores de esta historia.

¿Te gustó lo que leíste? Ayudanos con un Cafecito.

Invitame un café en cafecito.app

Comparte este artículo

Otros ArtÍculos Recientes