Sirât

Por Federico Karstulovich

España-Francia, 2025, 120′
Dirigida por Oliver Laxe.
Con Sergi López, Jade Oukid, Bruno Núñez, Stefania Gadda, Joshua L. Henderson, Tonin Janvier y Richard Bellamy.

La amansadera

El cine de Oliver Laxe supo construir, a lo largo de un puñado de películas, un mundo material, táctil, en donde las sensaciones y los sentidos cobraban mucho más peso que una discursividad casi siempre huidiza, enjabonada, oscilante. Quizás por ese motivo, cuando Sirat tuvo su estreno internacional en festivales la expectativa era alta, ya que la premisa podía derivar hacia terrenos imprevisibles (en resumidas cuentas: un padre y un hijo menor de edad buscan a la hija , desesperadamente, a lo largo de diversas raves en territorio africano hasta que las cosas se complican).

Se ha dicho que en Sirat conviven dos películas separadas por el evento central que todo lo cambia. La primera, a caballo de un registro entre documental y observacional de las conductas de ravers en donde la búsqueda que describí en la premisa es más bien lateral, casi accesoria. Hasta que de a poco esa pesquisa por el paradero de la hija en cuestión se vuelve omnipresente y la película de la búsqueda y la supervivencia en pleno desierto va ganando lugar. Ahora claro, Laxe no solo no es antojadizo en sus decisiones sino que es, fundamentalmente, contemporáneo, por lo que al régimen de extravío propio del modernismo de la road movie le imprime una perspectiva clásica, que en el paso a paso va sumando obstáculos de manera creciente, en un ascenso al clímax previsible incluso en su aparente delirio.

Sirat, como bien saben quienes la vieron (a quienes no, lo que viene es un SPOILER GIGANTE, asi que si no quieren saber, omitan éste párrafo), es también, sin embargo, la segunda película, que entierra la empatía freak de la primera para trastocarla en un carnaval de hijaputez tras hijaputez. Desde la muerte del hijo (esperable en cierto punto, pero elementalmente shockeante, en un paso hacia una misantropía que el director franco-español no había mostrado previamente) hasta la sucesión de explosiones que se revelan como parte de un campo minado en donde los sobrevivientes del grupo van cayendo de a uno, todo lo que planifican Fillol-Laxe desde el guión no solo no responde a justificación narrativa alguna sino que se percibe como una necesidad discursiva de realizar statments sobre la nube de pedos en la que vive la clase media ociosa europea mientras el mundo se cae a pedazos.

Laxe, al hacer convivir las dos películas, multiplica la canallada. Porque ya no se trata de un director espantoso haciendo mierda a sus personajes como deporte (un Iñarritu, Lanthimos, Ostlund y la lista sigue), sino un director que había elegido construir un mundo posible y sensorialmente hipnótico, es decir, la amansadera, para luego si, con la defensa baja, asestarnos una sucesión de mazasos en la cabeza, sin la menor solucion de continuidad.

Desde hace rato que vengo sosteniendo la idea de que ciertas formas de la posvanguardia parecen haber asumido ese rol: el de la extorsión estética como amansadera para vendernos buzones de infinita vulgaridad pueril. Sirat entra en ese grupo. Y nos hace dudar, automáticamente, de los proyectos futuros de un director cuyo ídem era promisorio y ahora, en pos de un lugar de pertenencia, ha ingresado oficialmente al club de los hijos de mil puta.

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