The Shrouds

Por Marcos Rodríguez

Canadá-Francia, 2024, 116′
Dirigida por David Cronenberg.
Con Vincent Cassel, Diane Kruger, Guy Pearce y Sandrine Holt.

Preguntas

Nunca creíste que te ibas a encontrar en este momento: sentado frente a un archivo en blanco, dispuesto a escribir un texto sobre la nueva película de David Cronenberg, sin nada que decir. Nada de nada. Ni siquiera podés decir que era un momento que creíste que nunca llegaría: la idea simplemente nunca se te ocurrió. Por supuesto que Cronenberg, como cualquiera, puede pifiarla, y de hecho ya lo hizo varias veces. Hay películas de Cronenberg que no te gustan, y te has cansado de escuchar lamentos y leer diatribas en contra de su cine, en contra de sus nuevas películas, así como elegías por el viejo y bueno cine que supo filmar décadas atrás. Odiar una película también es algo, podés escribir sobre eso, y sobre todo también es señal de que, por lo menos, la película tiene igual algo de vida. Pero con The Shrouds, que se estrenó en Cannes en 2024, no te da ni siquiera para eso: no podés decir que la película es mala. Hay cosas que están bien. Hay buenos momentos. Sobre todo, cumple con los requisitos mínimos que uno espera de una película de Cronenberg: a saber, por lo menos hay sexo con una mutilada. Si quisieras escribir una crítica perdonavidas, tendrías tela para cortar, y hasta de sobra: sería fácil escribir solo sobre lo bueno, trazar unas cuantas generalidades, decir obviedades sobre Cronenberg y el cuerpo, armar un rosario de sus viejas glorias y decir que The Shrouds remite (como un eco lejano) a aquello que supo ser puro cine. No te queda claro cuál sería el sentido de escribir un texto así, que no le serviría a nadie: la película se estrenó en Cannes (prestigio no le falta) y no la va a ver nadie (ni tampoco perderá un espectador potencial por un texto en contra). Pero el escándalo es otro: te encontrás en un punto en el que de pronto parece hasta factible (¿necesario?) escribir un texto perdonavidas sobre Cronenberg, o tal vez simplemente no escribir nada. Te preguntás cómo llegaste a este punto. No por qué tenés que escribir este texto, sino cómo fue que una película de Cronenberg (¡justamente Cronenberg!) te deja en ese vacío de indiferencia. Porque así como The Shrouds tiene sus cosas que están bien, también tiene sus cosas que están mal, podrías enumerarlas si quisieras: desde el no argumento de suspenso que por alguna razón de todas formas empuja la narración hacia adelante (hay actos de vandalismo a la propiedad empresarial del millonario interpretado por Vincent Cassel y por alguna razón se supone que eso debería interesarnos, con subtrama de supuestos ecoterroristas, que no va a ninguna parte) hasta el tono de unas cuantas actuaciones, el ritmo de la película en general, en fin. Pero tampoco son cosas imposibles, eso podría despertar odios y tampoco. Hay muchas cosas que no funcionan, que no fluyen, que no tienen demasiado sentido, pero siempre dentro de lo razonable, lo prolijo. A estas alturas del juego, nadie puede dudar de que Cronenberg sabe filmar, y que también puede hacer lo que se le dé la gana. No te indigna que filme algo que no te guste, te preocupa sobre todo esa prolijidad, mucho más de lo que te preocupa ese giro un tanto abstracto que fueron tomando sus últimas películas, que más que películas parecen tratados pseudofilosóficos con premisa improbable. Cosmopolis, por ejemplo, te aburrió pero te indignó bastante más, y también un poco te gustó. The Shrouds ni siquiera intenta hacer todo eso: aburre menos, propone bastante menos y también nos entrega las imágenes que uno podría esperar de una película de Cronenberg. El tono mortuorio de The Shrouds (una película sobre el luto) no tiene que ver con su falta de vitalidad: el dolor también es vida. En cambio, lo que encontraste fue estetización, una buena dosis de morbo, cosas que pasan en la pantalla sin que importen demasiado. Nunca creíste que te ibas a encontrar en este momento, pero acá estás: tratando de escribir sobre la nueva película de David Cronenberg como quien tiene que apurar un trámite, porque esa fue tu sensación al ver The Shrouds: una cosa que tenías que apurar para que se termine, ponerle una dosis de voluntad para llegar hasta el final, perforar en el pozo más profundo de respeto por el Sr. Cronenberg para creer que todo esto iba a algún lado y no era solo una premisa que podría haber sido interesante y todo eso otro que vino después. Como si quisieras pedirle perdón al señor David Cronenberg y al cine mismo. Pero en realidad, pensás, el verdadero ultrajado acá es el cine: no porque la película trate temas que podrían espantar a espectadores pacatos, no porque Cronenberg quiso probar algo que no cuajó, sino justamente porque tenés la sensación de que acá no hubo absolutamente ninguna búsqueda. Tal vez hubo dolor en el surgimiento de esa premisa (el viudo que no puede dejar de mirar las cámaras que instaló en la tumba de su esposa muerta; según supiste, una idea que se le ocurrió a Cronenberg a partir de su propia viudez) pero todo lo que surgió de eso te huele a cansancio: lo que Cronenberg sabe hacer, lo que los espectadores de Cronenberg saben que deberían esperar de sus películas. Una dosis de talento, mucha solvencia técnica y actoral, poco más. Te preguntás entonces si no será que el autorismo terminó por cansar tu mirada como espectador, o si no terminó por ser una trampa para los propios autores. Pensás, con nostalgia, que las últimas películas que realmente te interesaron de David Cronenberg fueron las primeras que hizo con Viggo Mortensen, precisamente las que casi no parecían películas de David Cronenberg.

Te preguntás si llegarás a ver una nueva película de Cronenberg que te emocione.

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