The White Lotus – Segunda temporada

Por Pedro Gomes Reis

The White Lotus 2
EE.UU., 2022, 7 episodios de 55′
Creada por Mike White
Con Michael Imperioli, Aubrey Plaza, F. Murray Abraham, Adam DiMarco, Tom Hollander, Haley Lu Richardson, Jennifer Coolidge, Leo Woodall, Will Sharpe, Simona Tabasco, Theo James, Sabrina Impacciatore, Beatrice Grannò, Meghann Fahy

La rueda del hamster

Como si la primer entrega no hubiera sido más que suficiente en su juntadero abstracto de culpas de clase repartidas, la segunda temporada (que sólo mantiene dos personajes respecto de la primera…y hasta cierto punto uno solo) de The White Lotus vuelve sobre problemas similares, pero con una dosis de cinismo sostenida con la misma lógica, lo que supone una continuidad coherente.

No obstante aparecen algunas diferencias con la primera entrega, en donde la superioridad moral y la culpa abundaban y en este caso se entremezclan con otros componentes más policlasistas, como las relaciones de pareja, que son el principal objeto de observación de la serie, que lleva la vida conyugal a distintos planos pero los entrecruza con las relaciones de clase entre ciudadanos americanos (de clase alta) y ciudadanos italianos (de clase media a media baja). Al mismo tiempo la misantropía de la primera temporada aparece sustituída aquí por cierta simpatía orientada hacia quienes menos tienen, por lo que la bajada de línea que la serie sostiene hace un desplazamiento hacia las clases subalternas. El hotel que le da nombre a la serie, de esta manera, se convierte en un gran acuario social en el que la comedia de enredos clásica de engaños, puertas que se abren y cierran se superpone con un clásico de las series de HBO: el crimen inicial como punto de partida y de llegada, especulaciones mediante.

White, aquí otra vez responsable del guión y showrunner de todo el asunto, no se preocupa demasiado como para alejarse de la tradición cínica de Robert Altman, quien parece estar sobrevolando el espíritu de la serie. Acaso, entonces, la novedad no provenga de la mofa al mundo de los privilegiados y poderosos (como lo demostró 2022 en Cannes al premiar a Robert Ostlund por Triangle Of Sadness, otra entrega soporífera sobre el desagradable mundo de la burguesía…una burguesía imaginaria pero extrañamente cada vez más progre, lo que vuelve a esa crítica un boomerang interesante para la corrección política), sino de la remota posibilidad de salir de esos lugares comunes. Esas grietas de salida están presentes en la segunda temporada de TWL, pero nunca son plenamente utilizados, precisamente porque de optar por esas salidas (encuentros entre clases, la posibilidad de que el sexo sea una via de liberación, la celebración de la superficialidad) la serie podría haber ingresado en el callejón sin salida de la libertad, componente que brilla por su ausencia en TWL (extraño es cómo cambia la gente, siendo que White pergeñó como guionista la libertaria Escuela de Rock…hace 20 años).

En TWLS02 la felicidad y la libertad tienen formas de lo imprevisible: la poligamia, el sexo casual, el sexo urgente. Casi todas las formas de felicidad y liberación aparecen vinculadas al sexo. Y cuando estas formas no son clasificadas ni motivos excluyentes de alguna clase de regulación vital para los personajes, son los grandes momentos en donde la felicidad puede asomar entre tanto cinismo. El problema es que White no es un ironista ni es particularmente libre con lo que cuenta, en este caso, además, anclado a la presencia de la tecnología y su rol determinante en la vida cotidiana. El resultado (in)evitable termina siendo la decantación en un simple tránsito que regula los deseos y sus correspondientes manifestaciones. Porque todo lo que se parezca a liberarse, en el fondo, pasa por el tracto intestinal de un tránsito lento. Y, atorado, no produce ninguna clase de avance.

Tal y como lo dije en su momento con la primera temporada, “En su articulación de ideas sobre los privilegiados del mundo que llevan adelante actos horribles, condenables, criticables, White no deja entrar ni salir nada de su sistema. Y en todo caso, cuando eso sucede, desarma con velocidad los modos y formas de lo narrado para que no respiremos y salgamos de ese microclima claustrofóbico, curiosamente en un espacio paradisíaco. Hete aquí el problema: el encierro no es para los personajes solamente (algo atendible a primera vista, claro), sino que es fundamentalmente para nosotros, los espectadores que debemos asegurar la reproducción del discurso, como si en el fondo, a lo largo de los siglos, los problemas siempre fueran los mismos.”.

White no cambia. Amenaza con liberar(nos), pero nos somete a un juego cruel, previsible que, con el paso del tiempo, también será olvidable.

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