13 Reasons Why: Who killed Bryce Walker?
EE.UU., 2019, 13 episodios de 60′
Creada por Brian Yorkey
Con Dylan Minnette, Christian Navarro,  Brandon Flynn,  Alisha Boe,  Miles Heizer, Justin Prentice

Fuimos todos / Nadie fue

Por Gabriel Santiago Suede

El mayor de los problemas experimentado por esta serie que tiene tercer temporada (y ostenta, según datos precisos, una cuarta en camino) ya no es el puritanismo de la primera (sobre la que hablamos aquí) ni la estética del shock y el morbo de la segunda (sobre la que hablamos por acá), sino un extraño tono aleccionador y pretendidamente humanista que no se condice en lo más mínimo con las características de una narrativa rocambolesca (por el inverosímil sistema de giros constantes en torno a los potenciales asesinos, como si de repente, esta serie que reclama contemporaneidad en parte hubiera recobrado el tufillo a naftalina de las novelas de enigma de Agatha Christie). El gran centro de ese tono gira, como todo material didáctico, en la ejemplificación de los males y en su evaluación punitoria: embarazo no deseado, drogadicción, violaciones, asesinatos, robos, encubrimientos de crímenes. Por algún motivo, como si la serie hubiera tomado el espíritu (pero sin el costado divertido y ridículo) de Verano del 98 (para quienes no sepan qué fue esa serie argentina de hace casi dos décadas, que pretendía imitar a Dawson’s Creek, aquí les dejamos una excelente explicación resumida). Claro está, para no quedar pegado a las arbitrariedades de lo narrado, la decisión de la serie es, luego de girar en el vacío del culpable escondido, otorgarnos (porque no se puede llamar de otra forma a lo que hace: es un regalo para la tribuna) un final de policial negro (motivo por el cual introduce a un personaje de la nada, solo con la finalidad de ese giro de tuerca: un comodín narrativo y nada más) en donde la verdad es lo que menos importa y, en todo caso, lo que prevalece es la sensación de impunidad se la tome por donde se la tome.

En buena medida, el gesto desesperado del cierre de 13RW S03, el gesto de convertir a la estudiantina banal en una serie sobre el rigor inmoral de ocultar los hechos es también un gesto hacia un público distinto al que la serie podía buscar en sus primeras temporadas con su sensacionalismo. En buena medida, entonces, el cierre de esta tercer temporada parece querer abrir el juego hacia otro costado presuntamente más “oscuro” (el entrecomillado se debe a que esa oscuridad, en rigor de verdad, no se impone solo por testimoniar un crimen impune) al mismo tiempo que parece querer cerrar el bochorno de la segunda y reescribir el policial clásico, paranoico y panóptico de la primera. Y la realidad es que, en términos concretos, quizás la cuarta temporada comience a comportarse como una serie hecha y derecha que reconoce matices, que encuentra posibilidades narrativas en sus personajes y que puede crecer con ellos en vez de utilizarlos para establecer statements sobre el mundo contemporáneo (porque si de algo puede acusarse a esta serie en sus tres temporadas es de la absurda pretensión de querer “tomarle el pulso” al presente, como si esto en efecto fuese posible).

Pero volvamos a esta tercera temporada, que tiene la doble función de agitar los peores aspectos de las anteriores a la vez que se propone el segundo rol, el de reformular tonos, el de llevar toda la propuesta hacia un costado acaso más coral que las temporadas anteriores, pero también más anclado en los problemas de cada uno de ellos. Claro, estamos ante un intento. 13RW S03 no construye ese mecanismo de relojería perfecto que suponía una serie como Mad Men. Aquí, en la serie de los adolescentes conflictuados, apenas si tenemos intentos por comenzar a humanizar a las personas. Y no me refiero a habitarlos y llenarlos de contradicciones (algo que ya existía desde la primer temporada y resultaba un recurso forzado y poco interesante), sino que en esta temporada por primera vez se empiezan a observar atisbos de evolución dramática, de continuidad y de paciencia en el orden de eso que la dramaturgia llama “armado de arcos dramáticos”. No funciona con todos los personajes, es cierto. Pero hace lo suficiente como para que el ridículo de la temporada 2 y las pretensiones de la temporada 1 se vuelvan aunque fuera un poco más tolerables.

A su vez, en la tercer temporada, el indicio del noir lo trae Lope de Vega. Y esto se debe a que el desencadenante de las acciones gira en torno al crimen del villano de la segunda, el violador serial Bryce Walker (convertido en esta tercer temporada en una suerte de monja carmelita que juega al futbol americano y que dona dólares a quien se cruce solo con el fin de limpiar su conciencia y traer paz al mundo de quienes lo rodean: un tierno), quien es asesinado a los pocos capítulos de iniciada. De ahí en más irán girando las intrigas y las coordenadas de posibilidades. Y si, como se imaginarán: todos pudieron haber querido matarlo por algún motivo. Fueron todos y no fue nadie a la vez. Esa idea sibilina demostrará que en realidad no tiene misterio alguno y que no es más que un volantazo ahogado para salirse del carril del ridículo, del cual no es fácil volver.

13RWS03 comienza con el rigor de la moralina más pacata y extrema que rige en las series sobre adolescentes desde hace tiempo. Pero si antes esa moral podía reconocerse visiblemente, en el presente la tarea se hace más compleja ya que la presunta contemporaneidad (la tercer temporada incluye un grupo de autoayuda con personajes nazis que indican cómo debe vivirse, pero como están del “lado de los buenos” dejamos pasar ese detalle: poner atención a la integrante de anteojos, que en su rol de víctima pretende legislar sobre la vida de los demás, incluso sobre los hombres violados) es precisamente la que no habilita esa lectura punitivista de forma tan evidente. Y es que si algo hizo bien (en el peor de los sentidos) la serie durante las dos primeras temporadas fue construir una diégesis en la que los personajes pudieran hacer cosas horribles pero con las mejores intenciones y cosas espantosas, con las peores intenciones. Y que en ese camino, en vez de revelarnos el espanto de la contemporaneidad construida a pura vigilancia, autocontrol, punitivismo indirecto y castigo, terminara organizando un sistema de jererquías, de males, de premios y castigos, como si se tratara de una comunidad puritana de Nueva Inglaterra hace tres siglos.

Asi y todo, con su final entre cínico y melancólico, en donde el sistema de repartos de pérdidas parece indicar algo un poco más interesante que una cadena interminable de subtramas empobrecidas por el tratamiento condescendiente con los personajes, el cierre de la serie puede resultar un punto de partida auspicioso: allá afuera hay un mundo, real, lleno de problemas, de cambios reales, de dilemas éticos en donde la moral se puede ir bien a la mierda. En ese inicio de vida adulta, en donde el cinismo del mundo puede ser el primer gran enemigo, es quizás en donde la cuarta temporada de la serie deba apoyarse para hacerse fuerte. Y por ahí empezar a construir un discurso adulto en vez de llenarnos de didactismo condescendiente.

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