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Tiempo de lectura: 2 minutosBlack Summer – Segunda temporada

Por Luciano Salgado

Canadá, 2021, 8 episodios de 50′
Creada por John Hyams y Karl Schaefer
Con Jaime King, Justin Chu Cary, Christine Lee, Sal Velez Jr., Kelsey Flower, Gwynyth Walsh, Mustafa Alabssi, Erika Hau, Edsson Morales, Aidan Fink, Kash Hill, Stafford Perry, Nathaniel Arcand, Nyren B. Evelyn, Ty Olsson, Zoe Marlett, Michael Aucoin, Joel Gagne, David Haysom, Joel Jackshaw, Brianna Johnston, Bud Klasky, Braden Overwater, Brad Pajot, Arielle Rombough, Jayson Therrien, Tom Carey, Christian Fraser

Otra vuelta

Las segundas partes no son buenas. Más bien pueden ser gloriosas. Las segundas partes pueden o bien profundizar errores o resolverlos. Pueden reformular ideas y amplificarlas para mejor. O discurrir en tonos, historias, ideas que fueron abandonadas en un inicio. Pero las segundas partes también pueden, literalmente, reescribir a las primeras, como si estas nunca hubieran sucedido. Algo del orden de la operación que llevan adelante los reboots. Frente al medio tono, frente a las imprecisiones y las ideas a mitad de camino de la primera temporada, la segunda de Black Summer hace algo más que la anecdótica frase “subir la apuesta”. Es decir: técnicamente lo hace. Pero no se queda solo en ese atisbo. Va más allá.

BS-S02  se olvida (o nos invita a olvidarnos) de la primera temporada, como si todas esas conexiones que habitualmente nos demandan las series, fueran una mera pérdida de tiempo. Porque aquí lo que importa es menos la suspensión de un gancho que quede abierto para la siguiente temporada y si te he visto no me acuerdo antes que una explotación intensa de lo que tenemos, de lo que poseemos en presente. De ahí que no nos interese incorporar background de personajes a diestra y siniestra (no digo que esté mal, digo que es habitual en los formatos televisivos con varias temporadas) sino que lo que vemos es lo que tenemos.

Esa confianza sobrenatural en el tiempo presente, en el peso físico de los acontecimientos, en la capacidad de resolver por medio de imágenes antes que por una verbosidad inflamada (que debo decir prevalece en uno de los 8 episodios, pero que por lo pronto se esfuma rápido) es la que hace que nos quedemos de lleno frente a los episodios, que, dicho sea de paso, están resueltos con mayor cantidad de ideas que los de la primera temporada (en particular hay que poner atención al sofisticado uso de los planos secuencia y de los enfoques y desenfoques). Ese culto del cuerpo, de la carne, de la suciedad, de las texturas, del frio, pero también del silencio y de la carencia informativa como credenciales de presentación hace de la serie una suerte de rara avis en el contexto actual.

Al mismo tiempo las miserias multiplicadas en todos y cada uno de los personajes sumado a la estructura episódica que nos somete a una manipulación fogosa de nuestro sufrimiento (el personaje con el que empatizamos hace 5 minutos es dueño de una maldad infrecuente unos minutos después) hace que el ejercicio esté mucho más cerca de la experiencia del Michael Haneke de El tiempo del lobo que de las películas y series de zombis de los últimos 20 años. A su vez, como ya es común en estos productos, la configuración de personajes empáticos vuelve al asunto suficientemente dificil como para querer quedarse y sufrir con quienes podemos odiar. Y no obstante lo hacemos, sometidos y entregados de pies y manos al mal, que tiene cara, cuerpo y carne de humanos con sus peores cualidades.

Y los zombies, en este contexto son, apenas, una excusa. Vayan, indaguen y vean. No se van a arrepentir.

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