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Tiempo de lectura: 5 minutosCiudad del miedo: Nueva York vs La mafia

Ludmila Ferreri

Ciudad del miedo: Nueva York vs La mafia (Fear City: New York vs the Mafia) 
EE.UU., 2020, 3 episodios de 45′
Dirigida por Sam Hobkinson

Recuerdos del futuro

Por Ludmila Ferreri

En algún momento, cuando promediaba el visionado de Ciudad del miedo: Nueva York vs La Mafia se me vino a la cabeza la nota de la cobertura que escribió Federico respecto a Camorra (Franco Patierno, 2018) en las páginas de esta revista (pueden encontrarla en este link) allá por mayo de 2019, como cobertura #PostBafici. Volvió a mi esa nota porque algo de lo que narraba Fede me recordaba -aunque con otras herramientas- es lo que reaparecía en este documental: el proceso de cambio cultural que supuso la naturalización y la convivencia con el crimen en un estado democrático.

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Tanto la película italiana como la miniserie documental que nos permite ver Netflix en estos días parten de un dato en común: buena parte de las democracias occidentales, durante gran parte del siglo XX, decidieron dar la espalda a cualquier tentativa de institucionalidad, romantizando y naturalizando el delito y la violencia. Naturalmente que el correlato de ese desprecio también tiene un origen en una bajísima calidad institucional que terminó habitando e inoculando ese desprecio a toda forma de democracia y república mediante la exacerbación de su contrario: la paraestatalidad del delito como alternativa a la decepción generada por el sueño de una república democrática, institucional e inclusiva que nunca llegó. O que en todo caso llegó para equivocarse, tener miles de agachadas y traicionar a sus defensores. Pero la historia que narra este documental breve y adictivo no es el de la génesis de ese mundo delictivo como alternativa (que en los 20s y 30s supo configurar detrás del gangster film un horizonte de reprsentación del imaginario contra-institucional, pensemos en Scarface (Howard Hawks, 1932)), sino el del movimiento de respuesta a esa instalación y naturalización del mundo del delito.

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Una segunda referencia que se me cruzó por la cabeza y que alentaba el diálogo con aquellos años terribles (los 70s) fue el extraordinario libro de Sebastián Carassai, «Los años setenta de la gente común». En aquel libro el autor se tomaba el trabajo de pensar cómo el discurso de la violencia naturalizada, el desprecio a la democracia, a la república y a las instituciones no era otra cosa mas que la expresión de un contexto de época (en el discurso mediático: tv, cine, publicidades, etc tomaba y hacía circular una experiencia que atravesaba a la sociedad del momento: las instituciones, la democracia y la república no sirven para nada mas que para empeorar las circunstancias de la vida cotidiana). Lo más interesante de aquel libro es que se permitía pensar cómo ese desprecio sistematizado habilitó el ingreso de las formas de violencia mas diversas. Y que frente a las mismas, la sociedad de la época, contraria a reclamar mas institucionalidad, más república y mayor democracia no hizo sino enfatizar el apoyo a las salidas violentas por todos los lados posibles del espectro político (por dentro y por fuera de la administración del estado). Al reaparecer esta referencia me preguntaba cómo podía reverberar ese desprecio en otros contextos, incluso con tradiciones democráticas más longevas, aunque también con experiencias de peligro democrático constantes (magnicidios, guerras civiles, crisis sociales) como la estadounidense. En ese recorrido lo que narraba el primero de los tres episodios de Ciudad del miedo parecía hacer sistema con las observaciones del texto de Carassai (aunque solo se ocupara de la experiencia argentina): el desprecio a la institucionalidad (asi como la celebratoria acrítica) también podía construir monstruos imparables. Por eso, en ese recorrido especular, esa NY de los 70s se me asemejaba no a la Argentina de los 70s sino a la Argentina presente, atravesada por grupos mafiosos conectados por diversos medios con los distintos estamentos del poder político, económico y sindical.

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Es curioso como, en su ejercicio de narrar desde cierto artificio del police procedural (subgénero del policial que narra las acciones policiales desde la perspectiva del desarrollo de la investigación paso a paso) -que incluso le permite a la serie alejarse de cierto realismo en pos de una mayor efectividad narrativa- la serie describe la organización discursiva de la restauración institucional, como si en algún punto leyera la historia de la institucionalidad contra el mundo de la mafia como si se tratara de los discursos de la institucionalidad liberal contra la revolución del mundo del delito. En ese punto, resulta inevitable observar que la serie dispone una variopinta gama de recursos para convencernos del maniqueísmo de los representantes de la ley confrontados con los del delito (cuando como bien sabemos, al menos si hemos visto mas de un policial negro en nuestra vida, que nada es blanco y negro en el mundo de los policiales). Pero incluso así las cosas, lo que narra Ciudad del miedo es también una posibilidad: la institucionalidad, la república y la democracia pueden estar, haber estado y estarán cuestionadas una y mil veces. Pero despreciarlas solo habilita a que las mafias habiten el poder sin abandonarlo, o vuelvan luego de algunos años sin gobernar o, lisa y llanamente, destruyan cualquier cimiento de vida democrática.

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Frente a ese vacío que suponen todas las experiencias decepcionantes que puedan proveernos las democracias republicanas liberales modernas, la serie construye un artificio extraordinario pero pregnante: la posibilidad de creer en que la justicia puede existir, aunque sea de manera aislada en algunos individuos, aunque sea en algunos ciudadanos, aunque sea en algunas acciones. Desde ese punto, la serie no habilita un institucionalismo celebratorio y naif, sino, en el mejor de los casos, un recordatorio: sin instituciones, sin constitución, sin democracia, sin ciudadanos que actúen contra el autoritarismo de la violencia naturalizada (desde dentro desde fuera del estado: por acción u omisión), lo único que queda es la anomia. Por eso, frente a la anomia del crimen la serie nos recuerda lo que podríamos ser: personas capaces de llevar al estrado, enjuiciar, castigar y cortar de raíz no a los peores ni a los únicos monstruos (al final de cuentas conocemos qué significan los juicios en serio contra los asesinos, los criminales, incluso en las condiciones mas desventajosas: recordar 1985), pero posiblemente si a aquellos que no han cesado de recordarnos que no vale la pena luchar, que les dejemos el terreno a ellos para que hagan y deshagan.

Curiosamente, Ciudad del miedo pudo haber sido una película colombiana hace 20 años. Hoy, para nosotros, es mas que nada una serie sobre Argentina. Y sobre lo que podemos ser si sabemos leer entre líneas y actuar correctamente frente a los psicópatas del «todo da lo mismo».

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