Si alguna vez vieron esos programas estilo American Idol o America´s Got Talent habrán notado que cada tanto aparece algún tapado al que uno no le confía nada de nada, como le pasó a Susan Boyle hace algunos años. Bueno, en la larga lista de series que nos va tirando el mundo audiovisual apareció Luis Miguel, la serie (que hasta el nombre sonaba feo, ya que no se había preocupado por denominar a una biopic de otro modo que no fuera por el nombre y apellido de la figura…encima coronando el mismo nombre con la aclaración “la serie”). Naturalmente nos esperábamos lo peor y varios de nosotros nos sentamos a verla casi con el fin de burlarnos de ella, como si en efecto entrara al escenario para hacer el ridículo. No solo nos tapó la boca, sino que demostró ser una de las grandes series del año, tocada por una varita mágica que logró una transversalidad de públicos que los productos audiovisuales latinoamericanos no siempre consiguen. Lo que viene lineas abajo es el resultado de un diálogo apasionado entre tres grandes entusiastas, que se sentaron a hablar sobre relaciones con el cine clásico (y no tanto), con el melodrama y las telenovelas, con las biopics y sobre muchas cosas más. Como siempre en Perro Blanco, las ideas son producto de la pasión. Y creemos que lo que van a leer vale el tiempo de lectura. Pasen, lean y vuelvan a la serie, que realmente es una de las sorpresas del año. Ah: OJO QUE ESTÁ LLENO DE SPOILERS, HASTA EN LAS FOTOS.

Luis Miguel, La serie
México, 2018, 13 capítulos de 54′
Creada por Daniel Krauze, Flavia Atencio, Susana Casares, José Luis Gutiérrez Arias, Carolina Rivera, Fernando Sariñana
Con Diego Boneta, Óscar Jaenada, Izan Llunas, Camila Sodi, Martín Bello, Paulina Dávila, Juanpa Zurita, Vanessa Bauche, César Bordón, Andrés Almeida, Arturo Barba, Lidia San José, Shaula Vega, Anna Favella, Lola Casamayor, Juan Carlos Remolina, Gabriel Nuncio, Alfonso Borbolla, Javier Escobar, Kevin Holt, Sacha Marcus, Sergio Lanza, León Peraza, Ximena Ayala, Luis de La Rosa

Un enigma popular

Por Leonardo Gutierrez, Federico Karstulovich y Hernán Schell

HS: Una de la primeras cosas que me llaman la atención de Luis Miguel no es tanto lo que tiene sino lo que no tiene. Y no tiene al menos dos cosas. Por un lado una secuencia de créditos que muestra el ascenso a la fama del artista. Por el otro, no hay casi imágenes de multitudes aclamando por él. Es una toma de posición muy original, que habla de manera muy sutil de lo poco que le interesa a la serie Luis Miguel como persona de éxito y lo mucho que quiere concentrarse en su historia personal. Esto le da al programa una propuesta que la diferencia de muchísima serie sobre personajes famosos (pienso en ese programa horrible producido por Ron Howard que es Genios, pero pienso también en la serie Sandro de América, dirigida por Caetano) donde lo que se hace es recrear ficcionalmente algún momento especialmente popular de la figura. Es interesante eso porque a lo primero que le rehuye la serie es a hacer del programa una sucesión de eventos (conciertos célebres, hits especialmente famosos, clips populares) que vuelvan al personaje a un mármol insufrible. Acá es todo lo contrario. No sólo no se exalta eso, sino que cuando viene el éxito más grande es comunicado de modo totalmente sobrio, como si  al fin y al cabo fueran circunstancias felices de un laburo que el personaje viene haciendo desde chico. Desde este lugar, la escena inicial del último capítulo en la que se le comunica el éxito de Romance es ejemplar. Es un diálogo entre tres personas en una oficina y un momento que pasa en la serie de manera fugaz, casi informativa. Pero también es interesante porque hubiera sido una contradicción muy grande volver la serie un himno a la fama y popularidad. Después de todo, acá la fama no tiene nada de luminoso ni de espectacular; se logra gracias  a la explotación de un padre, a la ausencia de una madre que no puede proteger a su hijo, a una decena de abusos.

Este tipo de cosas me hace pensar que Luis Miguel es una serie que remite un poco a esos grandes melodramas desatados de dos gigantes como Douglas Sirk o el Indio Fernandez, obras de aparente trazo grueso que esconden bastante más sutileza a e inteligencia de la que se cree en una primera vista.

LG: Absolutamente de acuerdo, especialmente en eso a lo que le escapa de entrada. Se ve claramente, por ejemplo, cuando en la fiesta del estreno del videoclip lo que importa es que no esté la novia en el montaje final, y no el videoclip. Que, dicho sea de paso, uno tiene ganas de ver. Pero así como no está la novia, acá no está la gilada tribunera. Y sí, como decís, la muestra más grande de esa falta de demagogia es la presencia casi nula de esos hits, que además de ser hermosos tienen los derechos para ponerlos a todos, y apenas son el título de un capítulo o suenan 10 segundos. Es admirable ese riesgo por narrar.

Yo debo abrir con algo que durante años fue un placer culposo, y ahora –dado el lindo motivo de estas líneas- cierto orgullo pelotudo: siempre me gustó Luis Miguel. Primero porque siempre me sentí atraído por la música popular, en especial la balada romántica o el pop “melódico” de antaño (ni hablar el bolero), y en esa corriente las baladas de Calderón son maravillosas, además de ser mil. Segundo, porque siempre me fascinaron los que son los mejores en algo, los Messi de lo que sea; y Luis Miguel, en su rubro, lo es. No es Chayanne o Ricky Martin. Por su voz indiscutida, por carisma, por su great latin songbook o el famoso perfeccionismo de sus shows. Cuando era pendejo y veía a mi vieja o novias babearse pensaba “Y, sí”, pero también, “no se puede tener esa voz y esa onda: su vida debe ser miserable” (ese consuelo de losers). Eso lo compruebo ahora –así sea que el 70% de los hechos sean ficcionados-, pero desconocía los detalles. Por eso no me zambullí en la serie con desconfianza. La iba a ver de todos modos, por un morbo doble: saber más sobre su vida, la secuencia de notas de color al estilo Wikipedia, y a la vez comprobar/divertirme de lo mala que debía ser. Me pegué una sorpresa mayúscula, porque si hay algo que la serie no es, es justamente una biopic-Wikipedia. Y es que, como dice Hernán, lo más llamativo es todo lo que no es, que son todas las cosas que nos inculcó el retrato modélico (generalmente cronológico y desde la infancia hasta la muerte, ascenso-ocaso, etc.) de Hollywood. Pero además hay aciertos: la decisión por el drama familiar (casi a la rumana, diría), la estructura temporal (son pocos los relatos que te “matan” al villano a los 3 minutos) o el bellísimo diseño de producción –esta vez al servicio de lo dramático-, esa grasitud cool que me recuerda a la Miami Vice de Mann (peluca rubia incluida). E incluso pequeñas-grandes ideas de puesta en escena, como ese “vincereano” final del capítulo 10, con esa distancia y ese contraplano que jamás se nos da, y el “hit” –una canción estupenda- funcionando no como golpe de efecto ni a todo lo que da, sino como contrapunto que  resignifica, que va entrando de a poco, con una lejanía casi submarina que no sabemos si viene del pasado o del futuro, y que es de lo más emocionante que vi en series este año. Es evidente que este es un producto pensado para que venda más discos (cosa que iba a lograr aunque fuera La Casa de Papel), pero a alguien se le ocurrió un negocio mejor: conquistar a quienes les chupa un huevo LM, su música e incluso las series. Y paradójicamente, eso sólo puede lograrse narrando bien, con decencia y rehuyéndole a la obsecuencia. La innegable nobleza de la serie, entonces, parte de una ambición de mercado, y esto es perfectamente coherente con la propia carrera de LM y el encanto de su música, que son producto de una ambición análoga.

FK: Concuerdo en prácticamente todo lo que plantean: hay inevitablemente una base popular innegable. Pero sigue resultándome aún más atractivo el aspecto universal, casi arquetípico de eso que la serie se propone contar: al fin y al cabo, estamos frente a la historia de un melodrama familiar, en el que en mayor o menor medida podemos reconocer aspectos de la propia disfuncionalidad de cualquier familia con padres (en singular en este caso) abusivos que presionan a sus hijos. Pero más allá del morbo, hay algo que resulta particularmente pregnante en la serie, y es que estamos frente al proceso de creación de una persona, viéndolo crecer, tomar decisiones, equivocarse, buscando diferenciarse de sus padres y, valga la coincidencia, encontrando su propia voz. Todo ese sistema de relaciones arquetípicas nunca deja de estar en la serie, pero los responsables de llevarla adelante tienen el gran tino de no remarcar nada: ni el aspecto vital-mórbido del personaje Luis Miguel, ni de la suma de arquetipos que se despliegan a lo largo de los 13 capítulos.

Me parece que la serie maneja una suerte de clasicismo sobrio y elegante. Ese rasgo de inteligencia (que no precisa hacer los paralelismos constantes entre la vida real y el personaje de ficción sino que, en todo caso, busca integrar lo mínimo indispensable y necesario de esa vida pública para hacerlos trabajar dramáticamente en la vida privada (o la vida privada que quieren que creamos). Por eso as canciones están incorporadas en su justa necesidad, por eso en ningún momento el eje está puesto sobre la carrera sino sobre la persona que tiene que construir su personalidad (privada, no el personaje público, que es una suerte de gran fuera de campo constante), por eso la sensación es que LM, LS funciona como un antibiopic (en alguna medida me hacía acordar a la gran y olvidada J.Edgar, del querido Clint, que también era un enigma sin centro o con un centro vacío): cuesta armar los paralelismos, si están no son necesariamente iluminadores de aspectos nuevos de la vida pública. Y el conflicto privado es tan grande y tan paralelo a la carrera que, a los pocos minutos, lo que menos importa es que quien está detrás de todo ese intríngulis familiar es el mismísimo Luis Miguel. Creo precisamente que el aspecto folletinesco es el que juega a favor en todo esto, porque, como decía Hernán, esa tradición del exceso que hoy nos resulta un poco ajena aquí vuelve como si encarnara una época desde dentro para revivirla creativamente: contar un culebrón familiar en los 80’s/90’s, las últimas décadas de oro del formato telenovela. Y encima en México.

HS: Me gusta el concepto de antibiopic del que habla Fede. No sólo porque se corre del lugar común de los biopics sino porque está pensada como un rompecabezas que va y viene en el tiempo, que parece que va a ir hacia un centro que no termina nunca de encontrar. El centro creo que por un lado es narrativo y por el otro psicológico. El narrativo es obviamente es la madre, sobre que pasó con ella, que es lo que pasó finalmente. El otro es psicológico, y es quien es al fin y al cabo este Luis Rey y cuales son sus límites morales. Creo que es un villano fascinante en parte porque sus móviles y su capacidad de daño ni se explica ni se puede predecir. El tipo no quiere a nadie, pero no se sabe tampoco que quiere. OK, digamos que el éxito, pero es el éxito de su hijo, pero al mismo tiempo es un hijo al que le destruye la vida, está tan ansioso por exprimirlo que está dispuesto hasta desobedecer al médico en su período de cambio de voz por el hecho de que no deje de cantar. Uno no termina de entender si lo que quiere es ganar dinero con él (que de ser así tendría que procurar por lo menos que no cante por un rato para asegurarse su capital) o hacerlo mierda porque en el fondo su sadismo y afán de dominio puede más. Incluso sus propias últimas palabras son ambiguas. No se sabe si fue un gesto de piedad, un intento de reivindicarse u otro de sus tantos manejos crueles (muy probable esto último). No sé qué pasará con la serie luego de que este villano muera. Es, quizás, uno de mis grandes temores de cómo va a seguir todo esto.

LG: Además de la universalidad de la que habla Federico, es también atemporal. Y es que ese relato universal/arquetípico tiene connotaciones no sólo míticas (hay cierto lindo Edipo en eso de resignificar las canciones de amor desesperado para hablar de la madre) sino también históricas: hay algo de “nuevos cortesanos” –en lugar de nuevos ricos- en ese relato del linaje de los Rey (vaya nombre) y las relaciones de poder entre ese monarca déspota, esa reina despechada y el príncipe heredero (“El Sol”) en medio de todo… además, claro, de esos hermanos que bien parecen bastardos sin voz, o el tío traicionero y bufón. Es una sucesión de intrigas que nos resulta aún más familiar porque la vimos representada o porque existió: aquella donde todo valía en nombre de la corona, incluso la muerte de quien rivalice por el poder (o potestad…), aunque sea de la misma sangre. En ese sentido, y aunque sea en las profundidades, hay una épica sutil e interpersonal que nos atrapa. Y que por supuesto la emparenta con su otro linaje (esta vez, el mexicano): el culebrón que menciona FK, que pocas veces fue tan notable en su estética como en sus formas. Pero dicho esto (y para no sobre interpretarla demasiado), a mí lo que más me fascina de la serie es de índole popular, e incluso tiene que ver con el mencionado morbo, pero que se utiliza con inteligencia: el uso del VERDADERO Luis Miguel como suerte de teaser supremo (whatdunnit?) de la serie. Al tratarse de un tipo que aun siendo megaexitoso durante décadas ha sembrado un misterio cuasi sobrenatural sobre ciertos aspectos (sobre todo filiales), la serie traslada ese misterio a la misma trama, cuyos principales plot points o ejes temáticos son precisamente las cosas sobre las que el cantante nunca quiso pronunciarse. Esto es muy diferente a la “dramatización de todo lo que SABEMOS” de una star de la biopic clásica… Y al ser una bio “autorizada”, todo lo visto en un capítulo pasa a ser no solo una primicia, una exclusiva, sino la verdad. El verdadero Luis Miguel es una suerte de elemento extradiegético del relato de su propia vida. Y hay otra cosa más aquí, que no es menor: ese verdadero LM también hará de juez y verdugo, ya que al dar el visto bueno a todo es quien nos dirá –no importa si es verdad o no- si la madre era realmente una santa y su padre un hijo de puta. Y tiene la última palabra. Eso la convierte en una sesión de terapia o un confesionario de 13 capítulos en el cual quizás, quien sabe, Luisito Jr. nos está manipulando al mejor estilo (heredado) de su padre… Por supuesto que todo esto cuenta para los que querían “resolver” estos enigmas (el resto simplemente se asombrará/gozará de casi todo), pero ese buen uso dramático de lo más populacho y morboso que tenía el material original –el misterio y los espacios en blanco- me parece sumamente interesante. (Ahora que releo, parecería que esto es lo inverso a lo que dice FK sobre la vida pública y privada, pero repito que me refiero al punto de vista de quienes –como yo y la gran mayoría femenina- buscábamos un poco de ese chusmerío, pero lo encontramos convertido en motores narrativos sumamente funcionales al relato; quizás esta idea es complementaria a la de Federico, y no su opuesto, e incluso suma al lindo concepto de antibiopic).

FK: No, no me parece inverso. Creo que es el juego más interesante que tiene la serie: la reversibilidad, el hacerte pensar que sabés (o que importa lo que sabés) sobre el personaje. Y en definitiva (creo que eso es lo que hacen los biopics más interesantes) preguntarse qué es una persona o si es posible conocer a alguien, en definitiva. Ese concepto hace que la serie mezcle tanto tentativas de una tragedia, como dice Leo casi indirectamente, con las de un folletín popular. La coexistencia es, precisamente, el secreto de que la serie haya sido vista por un público fanático de la figura pública así como por quienes no le dábamos mucha bola al asunto. Y lo que termina por funcionar siempre es el componente personajes. En ellos es en donde se centra el mundo de posibilidades riquísimas que la serie ofrece. De ahí que no tengo el miedo que plantea Hernán para la segunda temporada: yo creo que si la primera estuvo centrada en él y sus padres, la segunda va a estar signada por la sombra de no convertirse en eso que tanto detestaba. Y creo que ahí sigue habiendo una universalidad potente: ser adulto es también poder superar a los padres y no replicarlos.

LG: A mí la filiación con la biopic musical (ficcional o no) me vino por el lado de la This is it de Michael Jackson: toda la costra esperable no estaba ahí, y justamente su estructura narrativa o su edición, su cine bah, la convertían en algo tan fascinante como inasible a la vez. Jamás podrás ver esa gira como tampoco podrás conocer a LM, pero te doy las herramientas para que imagines, antes de que las recibas de manera autómata. Yo también quería rescatar ese clasicismo que mencionaba antes FK, ese amor por lo universal y los personajes. Hay algo ahí –me atrevo a decir- casi spielbergiano, no sólo en su tópico predilecto –la ruptura familiar o la ausencia de una de las figuras paternas- sino en la esencia: en cierta honestidad y encanto narrativos en su construcción que hacen que un tema harto tratado, e incluso los lugares más comunes, se nos tornen novedosos; en ese encare y también gambeta al sentimentalismo que se le critica a este director para salir jugando, logrando que una frase como “Lo que nos queda es la gente que nos quiere”, dicha por un manager enfermo terminal nos pegue de lleno, o que la imagen de un jamón serrano nos emocione o signifique tanto como esa prensa de diarios en The Post.

HS: Bueno, quizás lo único que tengo que decir para cerrar es que me interesa particularmente la relación que hace Leo de Luis Miguel como persona pública. A mí nunca me había interesado él como cantante, pero debo decir que esa vida secreta que llevaba parece hoy cobrar un sentido particularmente inquietante con esta serie. Incluso cuando uno puede sospechar las mil y un licencias que se tomó la ficción a la hora de retratar la vida del tipo, es evidente que uno no puede ver ahora su secretismo como una suerte de grito ahogado.

LG: Hay otro acierto, que es no mostrar a LM como el típico pobre star “víctima de la fama”, o padeciendo la falta de intimidad (algo que padeció de veras), sino que sus padecimientos van de la mano de lo que dice FK, de algo más terrenal como la ausencia de una madre o un padre hijo de puta. De hecho, todo lo que hace lo hace con goce y pasión (ya todos saben lo profesional y obsesivo que es este tipo con sus discos y shows), pero a la vez el origen de esa fama y sus consecuencias son demasiado oscuras. La carrera de LM se presenta como un amor fou, pero no por las contras de la fama en sí, sino por el alto precio que se tiene que pagar por ella.

HS: Voluntariamente o no (sospecho que es una mezcla de una cosa y otra), esta serie, a la que me cuesta calificar de todos modos como obra maestra de la ficción (hay un par de errores, un par de cosas desparejas que no voy a mencionar para no extenderme demasiado y para no arruinar este clima de euforia por el programa), si puedo calificarlo como una obra maestra del marketing personal. Del mismo modo que podría serlo El cine según Hitchcock para Hitchcock o casi todas las entrevistas delirantes de Warhol. En algún punto Luis Miguel es también fascinante porque se siente al artista original entendiéndose como producto. De hecho cuando veía en la serie al personaje de Luis Miguel teniendo la brillante idea de hacer boleros clásicos mexicanos para virar hábilmente su carrera, no podía evitar pensar que eso esa inteligencia es perfectamente creíble. Después de todo, yo estaba mirando una serie que muestra la misma habilidad del tipo para venderse y rearmarse.

FK: Para cerrar no quería dejar de mencionar una idea que me fascina, además, como guionista. Y es cómo la serie construye con las dos temporalidades, algo que también es anómalo para la televisión latinoamericana. Y me parece notable porque en esa estructura concéntrica, pendular, radica el centro perfecto de la serie: una madre que espera, un hijo que espera a una madre, una puerta que se cierra. A partir de ese hecho todos los años previos y posteriores se resignifican (quién fue esa madre y ese padre? cómo llegaron a esa instancia? Por qué nadie decidió a proteger a los menores? cuál es la incidencia de los hechos de la vida de los padres en la vida de un niño y cómo lo afecta en su adultez?). Creo que ahí hay una idea plenamente cinematográfica: hay hechos que quiebran la vida. Quizás no para siempre. Pero la marcan de una forma de la que es muy difícil salir. En alguna medida el desafío de la serie es ese (y por eso su universalidad): cómo se llega a ser adulto con la historia que tenemos detrás sin condicionarnos? Ese gran paréntesis, ese hiato sin respuestas está construido detrás de esa puerta que se cierra. Es el gran Rosebud de toda la serie. Por eso es anti biopic, porque, un poco siguiendo a la lógica de Velvet Goldmine (por ende, Citizen Kane) lo que vemos es una superficie sobre una superficie sobre una superficie, pero nunca llegaremos a un fondo específico. Creo que el concepto de enigma es lo que hace que todo lo que vemos en sus trece capítulos resulte adictivo: el sistema de huecos sin explicación es también la imposibilidad de dar cuenta de una vida y de todas sus contradicciones como si en efecto se tratara de un discurso claro y estable.

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