El caso Alcàsser 
España, 2019, 5 episodios de 50-60′ aprox.
Creada por León Siminiani

Un mundo misterioso

Por Federico Karstulovich

Si el suspenso sostiene preguntas en torno al futuro, el misterio lo hace frente al pasado. El problemita es que, al menos durante buena parte del siglo XIX y el XX, habilitamos que esas preguntas precisaran de respuestas. Y la necesidad de respuestas, además de ser un viejo vicio positivista, es también una exégesis de la hermenéutica, que no es otra cosa que ese arte de buscar el significado oculto, profundo, el núcleo duro de las cosas. De la hermenéutica y del método hiperrracionalista del positivismo bebieron las ciencias sociales decimonónicas y al menos durante buena parte del siglo XX mantuvieron esa obsesión por la develación, como si no hubieran entendido nada de Schoppenhauer (el que si lo entendió fue Nietszche, quien se dio cuenta que estábamos sumidos en una ciénaga de preguntas, por lo que la cuestión debía resolverse en el orden de saber preguntar en vez de poder responder).

En el cine, esa tradición hermenéutica nos puso siempre de frente a géneros como el policial y el terror y a estilos como los del misterio y el suspenso. Ahora bien, con el tiempo, ese sistema de develaciones y revelaciones terminó mostrándose poco productivo. Por esa clase de cuestionamientos es que las películas de asesinos seriales que tanto pulularon durante las décadas de los 80s y 90s hayan comenzado a sufrir un eclipse intenso a partir de los últimos 20 años. De hecho, hoy por hoy, una película que establezca una caracterización patologizante del crimen no solo se vuelve insufrible sino que también expresa, sin duda alguna, un lugar común: el crimen siempre tiene explicación, motivaciones, móviles de algún orden. Ojo, se entiende: es casi una respuesta automática y racional que tenemos los humanos frente al horror, ya no el inmediato, el del impacto y el shock, sino frente al horror a la distancia. Y quizás sea porque si no nos preguntamos por ese horror y no hallamos una respuesta termine siendo insoportable la idea de vivir en el caos de la violencia que puede emerger en cualquier momento y desde cualquier ángulo. No hay vida posible en comunidad. Ni hay vida que aguante viviendo en la paranoia.

La historia argentina tiene hechos policiales sin resolver como para tirar al techo. Pero no hablo de casos impunes por malas condenas, sino de casos en los que frente a la pregunta del por qué lo único que se abre frente a nosotros es una sucesión indivisible de preguntas carentes de resolución. No hay que googlear demasiado, pero pueden hacer la prueba: el caso Penjerek (en la década del 60), el caso Melogno (en la década del 80), el caso Giubileo (nuevamente los 80s) son apenas tres de los casos más resonados en los que el crimen no solo no trae respuestas sino múltiples preguntas. Quizás porque, en definitiva, el crimen no sea otra cosa que un agujero negro angustiante o acaso demasiado pacífico. Hay algo de perturbador en esta idea: el crimen no aparece, entonces, como un hecho extraordinario llevado a cabo por un enfermo, por un desquiciado o por una mente brillante, sino por personas comunes y corrientes que, en un determinado momento, se encienden y dan el salto. Esa incerteza es insoportable y angustiante, por eso buscamos hacia atrás (misterio) y hacia adelante (suspenso) alguna clase de respuestas. Y cuando estas no llegan somos nosotros los que preferimos olvidar, porque solo el olvido frente al horror permite también construir alguna clase de futuro. Recordarlo todo el tiempo supone una parálisis. Sobre el olvido y la necesidad de respuestas, por lo tanto, se sostiene la apasionante serie española que pasó de largo para muchos despistados. Hablamos de El caso Alcàsser, que quizás sea el crimen más sonado y perturbador que haya tomado estado público en la historia española contemporánea.

Para quienes desconocíamos el caso, el primer capítulo nos pone en autos: allá por noviembre de 1992, en la localidad de Alcàsser, en Valencia, España, tres mujeres adolescentes desaparecen sin dejar rastro. La ausencia se extiende durante 75 días. Pero en enero del año siguiente, en medio del estallido y la conmoción pública generada por el caso, aparecen tres cuerpos en estado de descomposición. Pero la aparición no es desordenada, parcial y azarosa, sino que viene acompañada de una serie de datos que revelan una necesidad de interpretación en una determinada dirección, como si en efecto alguien se hubiera tomado el trabajo de desperdigar datos y pistas (ropa, papeles, otros) que llevaran la investigación hacia los cuerpos incontrastablemente. Frente a esa aparición de datos las acusaciones y detenciones no tardan en llegar. Y prontamente dos personas son señaladas inmediatamente como autores del crimen. Una de ellas se mantiene prófuga y la otra es apresada. Hasta ese momento el caso parece comportarse como uno más de los que cada tanto podemos reconocer en la crónica policial de casi cualquier país del mundo. El problema y las preguntas comienzan a surgir luego. Tras dos largos años de pericias poco claras, imprecisiones varias, datos contradictorios, autopsias dudosas, el caso comienza a perderse de la vida pública de manera progresiva. Al mismo tiempo, en paralelo, la acusación contra el único detenido, Miguel Ricart (y la sindicación de su presunto cómplice prófugo, Antonio Anglés) parece ser el destino final para el caso, que recién llegaría al juicio penal a inicios de 1997. En el plazo de esos cuatro años, el caso pasó del olvido paulatino a un resurgir sustentado en dos cuestiones: por un lado la inminencia del juicio, pero por otro, el reflote del caso a partir de una vía de interpretación alternativa, sustentada por Fernando García, uno de los padres de las tres víctimas, conjuntamente a un periodista especializado en casos policiales, Juan Ignacio Blanco. De hecho, toda esa producción de hipótesis alternativas abren la segunda mitad de la serie, en donde el asunto pasa de ser otra historia más de un crimen violento para, de repente, convertirse en un policial adictivo.

Es en la segunda mitad de la serie que el asunto se pone atrapante. Por qué? Por la cantidad de preguntas que abre y porque no se circunscribe a las respuestas oficiales del caso. Pero, claro está, esto también supone un peligro, que no es otro sino el de la fascinación. El creador de esta serie documental, con bastante tino, parece ser plenamente consciente de esto. Por eso nunca nos permite caer en la facilidad de la construcción de las hipótesis ya que no las habilita como otra cosa sino estrictamente eso: hipótesis. El problema es que esa interpretación alternativa abre toda una serie de interrogantes (y respuestas tentativas a partir de uno de los capítulos de la serie) que formalizan un relato aún más terrorífico que el de la versión oficial. En el relato de García & Blanco (relato que no fue apoyado por los familiares y padres de las otras dos adolescentes asesinadas) los secuestros de las chicas habían sido perpetrados por los acusados pero eran apenas una parte de una larga cadena de eslabones. La acusasión informal, por lo tanto, no la realizan durante el juicio que se celebrara en 1997, sino en un espacio poco feliz: un late night show. Durante meses, como invitados espaciales de ese programa, los acusadores sostuvieron una hipótesis terrible que posiblemente haya influido a Alejandro Amenabar a la hora de escribir y dirigir Tesis (1998): y si las chicas hubieran sido secuestradas, violadas, torturadas y asesinadas como parte del botín de una banda de forajidos especializados en videos snuff (videos de muertes reales) consumidos y protagonizados por personalidades centrales de la política y los negocios de España? Si, hoy por hoy estas cosnpiranoias nos resultan más bien ridículas. Pero dos décadas atrás, con internet apenas despuntando (como para despejar dudas), estas consideraciones no parecían imposibles. Muy por el contrario, fueron el centro de las discusiones sobre el caso en la sociedad española durante 1997. Lo interesante es que el director y creador nos narra la serie como si en efecto, en ese momento, creyera plenamente en esas teorías. El problema viene luego.

Hacia el final de esta serie de cinco capítulos (más específicamente en los últimos dos) todo el asunto del juicio vs las hipótesis alternativas se convierte en un verdadero frenesí, en una locura: por un lado un juicio poco profesional, sin claridad, llevado adelante por una serie de profesionales incompetentes; por otro un juicio mediático, encabezado por dos delirantes, que incluso en un punto del problema, llegan a señalar con nombre y apellido a altísimas autoridades españolas pero sin prueba alguna. Hasta que en el final de uno de los capítulos, una revelación hiela la sangre: y si en efecto si hubiera una prueba, un video snuff con las torturas a las tres adolescentes? Sobre esa posibilidad (y ese morbo) también se mueve la serie. Y nosotros junto a ella, desesperados por una revelación que ponga las cosas en su lugar. Pero la revelación nunca llega. El juicio se termina. Y los documentalistas nos cuentan que luego de un tiempo no tuvieron más respuesta de Juan Ignacio Blanco, quien sería el único poseedor de esos videos en cuestión. Hacia el final del quinto capítulo, el caso retoma el olvido: el único encarcelado recupera su libertad, las preguntas quedan sin respuestas y la presunta prueba de la hipótesis demencial permanece sin revelarse. Pero ahí donde el misterio más hace daño, Siminiani comete un error que, a falta de recursos, llamaré un error de contemporaneidad. Hacia el final de la serie, casi en sus últimos minutos, Siminiani hace un giro insólito y se desplaza de las responsabilidades individuales a una suerte de condena social. Y articula, sin motivo alguno revelado en la serie con anterioridad, la necesidad de encontrar una respuesta. Pero esa respuesta no es una responsabilidad concreta, no. Sino una abstracta, una responsabilidad político-social. Hacia el final, la serie hace un giro contemporáneo y vincula los crímenes con los femicidios ocurridos en los años subsiguientes. Y de manera inescrupulosa, además de espantosamente despolitizada, borronea todas las preguntas previas brindando una respuesta tan tranquilizadora como imprecisa: las tres adolescentes muertas fueron también víctimas del patriarcado. Ese movimiento no solo resuena a canallada, a jugada para la tribuna, sino que también desmerece todo el trabajo previo, toda la progresión acertada y precisa de los capítulos anteriores. Porque en definitiva, las respuestas abstractas también son adormecedoras. No son generadoras de preguntas sino que propugnan frases cortas y pegadizas. Mientras tanto, ahí afuera, los asesinos siguen libres. Quizás una de las ideas más lúcidas que nos pueda brindar el policial contemporáneo sea que los agujeros negros tienen una función: que nos abismemos sobre ellos para temer y cuidarnos mejor y no para sentenciar sobre ellos. La serie de Siminiani termina explicando el agujero negro de un crimen atroz con crayones de color. Asi estamos.

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