El método Kominsky (The Kominsky Method)
EE.UU., 2018, 8 episodios de 30′
Creada por Chuck Lorre
Con Michael Douglas, Alan Arkin, Sarah Baker, Nancy Travis, Jenna Lyng, Casey Thomas Brown, Ashleigh LaThrop, Melissa Tang, Emily Osment, Graham Rogers, Susan Sullivan, David Astone, Leon Milne Jr., Cedric Begley, Lisa Edelstein, Yolanda English, Sahsha George, Anoush NeVart, Tacey Adams, Jeremy Andorfer-Lopez, Christian Barillas, William Belli, Corbin Bernsen, AnaSofia Bianchi, Melody Butiu, Delon de Metz, Nikiva Dionne, Claudia Elmore

Gente vieja

Por Hernán Schell

Si uno se tomara el trabajo de narrarle a un tercero de qué va El Método Kominsky sin aclarar nada, probablemente la primer lectura que podría surgir es que estamos ante un melodrama repleto de golpes bajos. Se trata, después de todo, de una serie sobre un prestigioso profesor de teatro (quien le aporta su apellido al título), que ya supera los 70 años, ha visto como fue profesor de personas que llegaron a un estrellato que él nunca consiguió y se ve además ahora ante la posible amenaza de un cáncer de próstata. Sumo a esto que en la serie está el mejor amigo del protagonista que acaba de quedar viudo y se pasa durante la serie en estado de luto y angustia y con algún que otro deseo suicida. Este amigo de Kominsky, además, tiene una hija adicta. Asi y todo esta serie breve es una comedia. Ni siquiera una comedia dramática, sino una comedia, donde ninguno de estos temas son despojados de humor, de comentarios ácidos, de esa sequedad propia que puede llegar a tener ese género. Dicho esto se pensará ahora que El Método Kominsky entonces es una serie llena de humor negro, que hasta tiene una mirada misantrópica sobre los personajes. Pero no es así, ya que estamos ante una serie que también siente un profundo cariño hacia sus personajes, cariño no exento de melancolía ni de tristeza.

Intentemos explicar esta rara conjunción con la escena inicial del film. Allí lo vemos al protagonista Kominsky dando una clase inaugural a sus alumnos. Kominsky reflexiona sobre la cuestión de ser actor, sobre cierta conexión mística que existe en la interpretación. Son palabras hermosas porque pudiendo tener todo para resultar pedantes, logran desviarse de eso y se transformarse en genuinamente originales. No obstante esto, ese discurso altisonante es de pronto interrumpido por un alumno de pocas luces que pregunta como puede aplicar esa reflexión a una propaganda que tiene hacer sobre shampoo, ante lo cual Kominsky simplemente termina mandando toda su reflexión al diablo y empezar con la clase. No sé si existen tantas series con comienzos tan representativos como ese, porque allí justamente se conjuga un discurso solemne pero dicho con altura y naturalidad, con un humor que cortar al discurso al mismo tiempo que no le quita un ápice de profundidad a lo anterior. El Método Kominsky tiene una estructura así durante todo el programa; así es como puede pasarse de una situación dramática a una cómica sin ningún tipo de aviso, como puede hacerse chistes con prácticamente cualquier cosa, y como además puede construirse humor en un programa que habla mayormente de la vejez y la cercanía con la muerte.

Un ejemplo de esto puede darse fácilmente con los problemas de próstata del protagonista, que lo hacen querer orinar en prácticamente cualquier parte que vaya. La serie no sólo tiene la habilidad de no caer nunca en el chiste fácil escatológico con ese tema, sino que hasta logra darle un sentido inquietante y triste en la posibilidad de que ese problema de próstata puede ser señal de un cáncer. Es curioso como es que la serie da a conocer esa amenaza. Allí vemos a Kominsky en el consultorio del doctor, y Kominsky le pregunta al médico cual puede ser la peor posibilidad de su síntoma, ante lo cual el médido le dice, en un tono tranquilo y casi jocoso “cáncer”. Cabe decir que el doctor que dice esto está interpretado por Danny De Vito, extraordinario director de comedias negras y actor ideal para decir bestialidades con un tono totalmente casual. Pero más importante aún es que el paciente y protagonista de esta serie es Michael Douglas, quien en esta serie entrega además una de las mejores actuaciones de su vida. Douglas, se sabe, hace rato dejó de querer ser un ícono del macho americano. Más bien por el contrario, probablemente desde aquel detective que termina siendo engañado en Bajos Instintos, le gustó hacer en más de una ocasión a personajes que parecieran tener todo en control y terminaran siendo desbordados por las situaciones. Ahí el escritor con bloqueo creativo de Fin de semana de locos,  o el empleado acosado por Demi Moore y finalmente usado por la propia empresa en Acoso Sexual.

En El Método Kominsky, su personaje es alguien que ya parece encontrarse cansado de todo, resignado a su cercanía con la muerte y a que hay ciertos objetivos en la vida que está claro que no va a poder cumplir. Si Douglas entrega una actuación soberbia aquí es por sus propios movimientos lentos y una postura que casi siempre parece expresar una resignación ante los hechos. Basta con ver la mencionada escena en la que él habla con el médico interpretado por De Vito. Allí el personaje de Douglas recibe la noticia de la posibilidad de la muerte no sentado y nervioso, sino en una posición relajada y resignada al mismo tiempo, parado mientras apoya parte de su cuerpo en una camilla y dialogando con el doctor con una voz quejosa, como resignado ya a esperar cualquier bestialidad.

Quizás es porque en la propia serie, sus personajes parecen demasiado conscientes de su paso del tiempo, de que tienen que tomar pastillas, de que tienen ya varios conocidos muertos, de que pueden -como pasa en un momento de la serie- asistir a funerales ya como quien asiste a una salida. En esta resignación hay algo de triste, pero la serie encuentra también una ventaja de quienes sabiendo esta posibilidad pueden dedicarse a arreglar algunos asuntos pendientes, o tener una vida menos basada en la planificación que en el disfrute presente. Desde este punto de vista, hay algo de felizmente existencial en esta serie, de ahí también su estructura dramática felizmente caótica, donde personajes secundarios van y vienen en la trama y donde las situaciones pueden derivar para cualquier lado sin tener necesariamente una resolución.

Cuando uno termina la serie, es difícil creer que haya salido mayormente de la cabeza de Chuck Lorre, creador de sitcoms como Two and a half men y The Bang Theory (que este año tiene su última temporada), y conocido por hacer programas alejados de lo lúgubre. Sin embargo, no es muy difícil ver aquí un territorio conocido para él. Después de todo, los capítulos de El Método Kominsky son, como los de una sitcom, de menos de media hora de duración, y en el fondo, la muy endeble estructura dramática de la serie, le permite a Lorre hacer una serie de capítulos relacionados entre sí, pero capaces de saltar de una situación a la otra como lo hacían las otras series mencionadas anteriormente. También Chuck Lorre es alguien que se está volviendo viejo, trabajando con actores ya entrado en años. El Método Kominsky parece también la propia reflexión en clave de comedia de alguien que se ha vuelto consciente de su propio paso del tiempo, y hoy se dedica a reflexionar sobre ello con las armas creativas que vino desarrollando. El resultado es quizás lo más triste pero también lo mejor que hizo.

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