El proyecto Williamson (The Innocent Man)
EE.UU., 2018, 6 episodios de 50′
Creada por  Ross M. Dinerstein y Clay Tweel
Con John Grisham, Barry Scheck

Un pozo sin fondo

Por Federico Karstulovich

Pocas cosas son tan traumáticas como las acusaciones. Toda acusación implica una mirada puesta sobre uno o varios sujetos.  El problema es que detrás de una acusación hay un hecho de mayor trascendencia, que es la instalación de la policialidad en la vida cotidiana. Ejercicio (de la cultura) protestante (y puritana) si los hay, la mirada inquisidora sobre la vida privada termina indistinguiéndose de la pública. Pero ese problema cotidiano del fascismo del control de las sociedades policiales (al fin y al cabo las sociedades modernas hiperconectadas no hacen mas que eso: estimular la presencia vigilante en todos los órdenes de la vida, todo el tiempo, sin miramientos) tiene su correlato en el orden del estado y su necesidad de vigilar y castigar siempre a alguien. Sin vigilancia y sin castigo no hay estado posible. Sin vigilancia y sin castigo reina el caos, reza leviathanicamente el aire que rodea el pequeño poblado de pesadilla en donde suceden los hechos que atraviesan la trama central de El proyecto Williamson, que si bien circunscribe los hechos a un pueblo, a una localidad en particular en realidad hace extensiva la pesadilla a otros estados y otras localidades americanas. En definitiva ese pueblito que acusa, que mira y que encierra a sus ciudadanos está en uno y muchos lados a la vez.

Pero no hay que confundirse. Lo que denuncia la serie no es parte del orden previsible de denuncia al orden biopolitico que nos atraviesa diariamente en donde cualquiera acusa a su prójimo, en donde hagamos lo que hagamos, movamos como nos movamos estamos en el pleno de una caza de brujas de variada intensidad. No. Mas bien se trata de una denuncia previa, que refiere al lamento de un mundo perdido, casi extinto, que es el mundo de las certezas de cierto proyecto humanista que de a poco de va diluyendo en las formas. Lo que cuenta El proyecto Williamson es que ya se trate de uno, diez, cien, mil, cien mil casos, lo que se ha perdido es la dimensión humana de la convivencia en sociedad. Lo curioso es eso: lo que cuenta sucedió hace mas de 30 años, pero el modo en el que muestra la reverencia al mundo del control, de las acusaciones, del señalamiento (al fin y al cabo en este acto policial radica el fracaso de vivir juntos: no hay posible convivencia en la desconfianza) es pura y exclusivamente actual. Como si en el fondo la serie en cuestión se propusiera hacer algo más que contarnos los hechos pesadillezcos de un puñado de inocentes siendo culpados. No, en el fondo lo que hace la serie es narrar en qué se pueden convertir las sociedades de control, de las cuales no solo no hay manera rápida de salir, sino que en ellas solo puede existir una respuesta siempre y cuando provenga de la ética, que es la forma en la que el humanismo entiende que el encuentro es posible (sin apelar a los condicionamientos de la norma abstracta ni las leyes).

Pero si nos quedamos con la historia en cuestión, con el whodunitEl proyecto Williamson no hace nada muy distinto a otras series similares (sin alejarnos mucho, Making a murderer está ostensiblemente mejor narrada y construye un personaje con una carga trágica que aquí no existe, mas bien sucede lo contrario: los personajes siempre son plausibles de duda, no nos generan la mayor de las empatías). Asi y todo, cumple con los estándares y los patrones narrativos que esta clase de docu-series plantean: un misterio, la apertura de posibilidades, ganchos de capítulo a capítulo con cliffhangers que nos obliguen a preguntarnos nuevos interrogantes, los giros de guión con sospechosos imprevisibles, el retorno a las pistas para ver eso que no vimos y finalmente la impunidad. En cualquiera de los casos, el morbo del género pareciera vivir entre los extremos de las acusaciones sin sustento y los crímenes sin acusado. En este aspecto no podemos pedirle demasiado a esta serie, que llega con demasiados antecedentes similares. En todo caso la novedad radica en su carácter más fuertemente social antes que psicológico. En una serie como la ya mencionada Making a murderer la tragedia es personal y el pueblo en el que suceden los hechos es menos una asbtracción que un espacio puntual. En El proyecto Williamson el pueblo de ADA adquiere dimensiones metafísicas, precisamente porque se vuelve una suma abstracta de funciones comunes que vinculan a ese pueblo concreto con muchos otros. Pero esencialmente con una idea de comunidad que ya está perdida. O que quizás nunca existió.

La raíz puritana del germen policial con el que esta clase de series abordan el problema es la que reverbera en el presente. Y quizás ese sea el principal motivo del éxito de este género: lo que no se puede abandonar, de lo que no se puede salir es del fracaso de la ruptura de un contrato mutuo. Porque si algo perturba de estas series no es la excepcionalidad (y brutalidad) de los casos que describe, algo ya lo suficientemente grave. Lo que perturba es el entramado social impotente. La entrega a un sistema de acusaciones en las que los individuos (y su inscripción en la comunidad) ya no importa. Lo único que queda o parece quedar es un colador de intenciones. Una sociedad con un contrato terminado pero al que fuerza como si en el fondo funcionara. Sociedades de sobreactuación normativa, sociedades de hipercontrol diario, lo que les queda frente a los hechos no es la constatación de la verdad.

En definitiva, la pesadilla contemporánea -que interpela la serie más allá de su trillado juego narrativo, es que detrás de ese horizonte de libertades y de posibilidades para vivir mejor, juntos y en armonía solo quedan manotazos de ahogado. La idea de que no podemos salir de ese gris de pesadilla burocrática es apenas uno de los horrores que enfrentamos: todos pueden ser culpables y nadie quiere construir, sino castigar a como de lugar, última línea de choque del mundo post-humanista: la inocencia.

Comentarios