Captura de Pantalla 2021-08-29 a la(s) 05.52.52 p. m.

Tiempo de lectura: 7 minutosEl Reino

Por Varios Autores

Argentina, 2021, 8 episodios de 45′
Creada por por Claudia Piñeiro & Marcelo Piñeyro
Con Diego Peretti, Chino Darín, Mercedes Morán, Nancy Dupláa, Joaquín Furriel, Peter Lanzani, Vera Spinetta, Nicolás García, Victoria Almeida, Alfonso Tort, Patricio Aramburu, Sofía Gala Castiglione, Santiago Korovsky, Alejandro Awada, Daniel Fanego, Ana Celentano, Daniel Kuzniecka

No piense más

Por Rodrigo Martín Seijas & Federico Karstulovich

FK: No le tenía la menor confianza a lo que pudiera salir de el cruce entre Claudia y Marcelo (aunque fueran dos Piñeiro/Piñeyro distintos). Pero me ganó un interés casi lindante con lo morboso: la tentativa de cruzar evangelistas, derechas latinoamericanas, discurso progre, un uso demoagógico del pobrismo (bueno, el pobrismo siempre lo fue), misticismo de baja intensidad y alusiones contra Cambiemos, debo decir, me tentaba. El resultado, indistintamente, quizás fue apenas un poco mejor de lo que imaginaba podría haber sido el producto final. Lo que me pregunto, entonces, es otra cosa: a quién va dirigido este producto?

RMS: A mí me sucedía algo parecido: me tentaba ver qué podía dar toda esa mescolanza de ambiciones, discursos y estéticas. Y encima la serie parece consciente de eso y agrega algo más: una cantidad inmensa de tramas y subtramas, con sus respectivos tópicos: está el drama familiar y matrimonial, el relato romántico, el thriller judicial y político, incluso el cuento místico lindante con el cine de superhéroes. Por eso, los primeros cuatro capítulos son relativamente interesantes, aunque no tanto por la mescolanza, sino porque la serie parece todavía no tener claro qué contar y a quién. El problema en serio surge a partir del quinto episodio, donde ahí me parece que, especialmente Piñeiro, ya muestra las cartas sobre qué, cómo y para quién narrar. Y la respuesta es la peor de todas.

FK: Estimo que hay una necesidad de condensar todos los males, incluyendo la pedofilia, el antiabortismo. También está la CIA, el pensamiento conspiranoico que se remonta hasta 2001 (y ya que estamos, por qué no la dictadura). Pero es cierto: abre tantas cosas que parece ambiciosa. Pero simplemente es pretenciosa, porque buena parte de lo que abre es solamente un lanzamiento de piedras. De todas esas promesas solo tres sobreviven hasta el cierre y sirven para dejar calentita la posible segunda temporada, que presumo vendrá pronto, de seguro con los Iluminati metidos en el entuerto. Yo tengo una diferencia: los primeros cuatro son desordenados y hasta dirïa que más bien tibios. Creo que no sabe qué está narrando y hace tiempo, como si la serie realmente hubiera podido liquidarse en 5 episodios sin problemas pero se la estirò forzadamente. Pero creo que a partir del quinto episodio, donde en efecto, como decīs, se revelan las cartas, el asunto cambia: los personajes se descartonan un poco (en particular Moran), el asunto adquiere una lectura delirante que no puede ser tomada muy en serio. Y si se mira la serie con esos reparos, casi lindantes con el grotesco, el asunto incluso puede parecer divertido. El problema es que la serie cree que lo que está diciendo es importante, que tiene que aleccionarnos: ojo con los evangelistas que siempre están detrás de la derecha (se referirá a cierta inglesia universal que estuvo detrás del PT en Brasil durante años? No creo…), ojo con la derecha que solo vende humo, deuda y busca fugar dinero y empobrecer, ojo con la política, que tolera la pedofilia. Ojo con el antiabortismo que es el enemigo supremo. En alguna medida le resulta tranquilizador a la serie ese desborde discursivo. Pero claro, P&P no son Mariano Llinás. Y El Reino no es La Flor…

RMS: Sí, coincido en que la serie es extremadamente pretenciosa y abre demasiadas cosas que luego no puede condensar, para terminar en en un gran disparate. Y la dificultad viene por el lado de que se toma demasiado en serio a sí misma. ESu discurso transita todos los lugares comunes posibles de ese progresismo bobo que necesita ver en la “derecha”, los evangélicos, Estados Unidos y el “neoliberalismo” macrista como la suma de todos los males para poder seguir durmiendo tranquilo, mientras aplaude a Insfrán. Pero creo que puede ser interesante pensar a El Reino como la primera (y tímida) expresión artística del “albertismo”, que hasta ahora no ha existido en la cultura (a la que ha mantenido dócilmente encerrada) ni en la política, más allá de los deseos apurados de periodistas como Longobardi. Creo que eso aparece por toda la vertiente culposa que está siempre subyacente en el relato y que se expresa de manera más explícita cuando se ve en la necesidad no solo de construir al candidato presidencial que encarna Daniel Kuzniecka como un símil de Mauricio Macri, sino también de hacer referencia al dinero sucio de la orden religiosa con fajos de billetes escondidos en muros, que nos hacen recordar a los bolsos de López. Piñeiro encarna eso en sus declaraciones y en sus obras: desprecio por el evangelismo, al cual liga con el macrismo (avísenle del entorno evangélico de Magario, por favor); y culpa por la corrupción kirchnerista. Es un discurso muy propio del Papa Francisco. Y ya sabemos que el lenguaje franciscano es una de las principales fuentes del discurso albertista. No me disgusta ver a Piñeiro como la primera (y quizás la última) “albertista”. En eso, la felicito por su valentía.

FK: Es cierto eso que decís, porque está expresamente presente en lo de los bolsos y las bóvedas, que es una figura que por diversos motivos tenemos asociada al kirchnerismo y no al macrismo. El discurso sobre ese dinero escondido, sobre una Lady Macbeth que opera como responsables de tapar las cagadas de su esposo y la necesidad de contrapesar habla no sé si de un albertismo, pero si de una serie que parece propugnar por una condensación de males (“la política es esto, se dan cuenta, son todos iguales en el fondo”). Creo que lo que mueve a la serie, además de su expresa solemnidad y sus pretensiones, es también su desprecio al mundo de la política, que creo que en el fondo es un histórico temor de las ficciones argentinas: siempre alusiones, siempre comentarios laterales, pero nunca personajes políticos que supongan un nivel de complejidad que no pueda reducirse al deprecio (curioso en el caso de Piñeiro, que está en pareja con Gil Lavedra, político radical de larga data y uno de los jueces del juicio a las juntas). Sea como fuera fíjate que no estamos hablando de una sola virtud narrativa (alguna que otra actuación en el festival de bolos que la serie supone: desde el primer al último secundario interpretado por actores medianamente conocidos),ni de algún logro que pueda sostenerse en las decisiones de puesta en escena. Apenas, debo decir con cierta vergüenza, me animaría a defender la confluencia de materiales que convierte al último episodio en una entrega divertida que se consume con velocidad (contrario a la morosidad de la primer mitad, como habíamos mencionado).

RMS: Sí, es cierto que la idea que transmite la serie sobre la política contradice mi hipótesis “albertista” -que admito es un poco forzada- y en un punto vuelve a exponer un mal eterno de las ficciones nacionales, a las que les cuesta una enormidad hablar con nombres y apellidos. Acá es muy notorio el esfuerzo por no hacer referencia al peronismo o el radicalismo, por citar dos corrientes políticas que se pueden suponer como ineludibles. Eso convierte a la serie en un objeto casi irreal, sin anclaje con el contexto, al que es difícil tomar en serio. Y vuelve a plantear el interrogante sobre a quién se dirige, porque por un lado sostiene (por contraposición) una agenda de “pañuelo verde” y, por otro, “antipolítica”. Quizás lo que le interesa narrar a Piñeiro es lo religioso y lo político es apenas un marco corrupto que interfiere con lo que la serie ve como una fe verdadera, esa de los milagros pergeñados por los perseguidos y abusados. Es esa fe católica de los orígenes, que el discurso franciscano parece querer recuperar y cuyo público directo fue arrebatado por las religiones protestantes.

FK: Bueno, ves, ahí si me parece que aparece un discurso ostensiblemente más peligroso: el franciscanismo de la serie, que contrario a una suerte de apología del laicismo (quizás es demasiado liberal para los creadores defender el ateísmo y el anticlericalismo, pero bueno), emerge como un real acceso al trabajo de fondo: “políticos malos hay siempre y muchos, los evangelistas, a su vez, los apoyan, pero la fe está ahí para aclararnos el camino”. De hecho he leído que Claudia Piñeiro estaba molesta por las acusaciones sobre la serie y su presunta persecución religiosa. A decir verdad poco me preocupa la crítica que puedan hacer. Para eso está también la ficción. Pero me preocupa mucho más el misticismo romántico pobrista, que está presente en la serie como contrapeso del mundo oscuro. Como si en el camino de la demolición de poderes, a la dupla P&P se les hubiera dado por detenerse en el Papa. A su santo padre no le vemos a faltar el respeto. Por eso si hay abusos, que no se mencione a la iglesia católica. Pero como contraparte, si hay fe, no todo está perdido. Yo creo que en el fondo la serie no puede evitar que emerja ese tufillo moral que encarnan los personajes de Lanzani y el asesino. Esa suerte de bajada de línea no tan indirecta fue omitida sistemáticamente. Ese aspecto si me parece clave, porque es el que estructura la regulación moral de la serie. No frente a “poderes fácticos constituidos”(como le gusta decir al progresismo), pero si frente a actitudes de los personajes. En alguna medida el modo en el que está representado el sexo y el deseo, pero también los excesos, da cuenta de esa mirada que se filtra todo el tiempo.

RMS: Sí, me parece que el objetivo final de la serie es plantear eso: la fe de los pobres como respuesta frente a los males que emanan desde el poder político y económico. Algo así como una reedición de la línea que antes bajaba del Movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo, pero en clave marketinera y para la clase media alta porteña que se pretende progresista. En un punto es lógico: la literatura de Piñeiro siempre le habló a ese sector, que tiene un vínculo extremadamente culposo con las clases bajas. Ahí, en esa mirada entre culposa y cargada de desprecio hacia los sectores más “poderosos” es donde la serie se da la mano con otras creaciones de Piñeiro, como Las viudas de los jueves y Betibú. Claro que esa alusión a poderes concentrados bastante difusos es la que permite no tener que discutir temas más complejos y sacar conclusiones simplistas. El Reino es como la versión católica del personaje de Pablo Rago en El secreto de los ojos, cuando le decía a Darín “no piense más, no piense más…”. Bueno, El Reino es un “no piense más, tenga fe, que con la fe todo se arregla”.

FK: Es que el medio audiovisual argentino tiene algo de este cambalache disparatado de pseudoacusaciones, posturas blandas y culposas con un tono místico-pobrista y todo en un mismo contexto de pertenencia a colectivos que no se cuestionan a si mismos ni exponen matices. En ese recorrido de simplificaciones pueriles es en donde crecen las ideas que no son ni remotamente cuestionadas: ser pobre, explotado, víctima, pueblo, será un eterno sinónimo de bondad frente a los poderes ocultos y constituidos. En el medio seguimos sin pensar ni discutir nada. Al final de cuentas para qué hacerlo: con la indignación y el carnet de pertenencia al día basta y sobra.

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