Élite
España, 2018, 8 episodios de 50′
Creada por Carlos Montero y Darío Madrona
Con Omar Ayuso, Miguel Bernardeau, Mina El Hammani, Itzan Escamilla, Ester Expósito, Miguel Herrán, Jaime Lorente, Danna Paola, María Pedraza, Lola Marceli, Arón Piper, Álvaro Rico, Jorge Suquet

El problema de la culpa

Por Rodrigo Martín Seijas

Me voy a permitir realizar una clasificación bastante arbitraria entre los distintos tipos de series dramáticas, a partir del grado de atención y energía que requieren por parte del espectador. Tenemos un primer tipo, correspondiente a las series más ambiciosas y que requieren un alto grado de seguimiento, como Breaking bad, The wire o Mad men, teniendo cada una de ellas su ritmo particular, sus construcciones progresivas de los conflictos y sus elecciones sutiles acerca del modo para construir atmósferas para delinear a los personajes. En el extremo opuesto, están las series que requieren de un bajo nivel de atención, a tal punto que se las puede seguir casi mirando de costado, mientras se hacen otras cosas: los procedurals como CSI, La ley y el ordeno Hawaii 5-0 son los ejemplos más emblemáticos. Y hay un tercer tipo, que puede llegar a demandar un seguimiento casi obsesivo pero no necesariamente gran energía en el visionado, donde se ubican series muchas veces disímiles, que van desde Smallville a Revenge, pasando por policiales livianos como Shades of blue o pequeños dramas médicos como Chicago Med, en un amplio abanico de tonalidades que pueden permitir el relato al estilo “caso de la semana” y la estructura cuasi telenovelesca.

Esta última vertiente es en la que me interesa hacer hincapié dado que requiere, al menos para los showrunners, tener bien claro hasta dónde se puede llegar, a qué público apuntar, qué límites se pueden romper, cuáles no y hasta qué barreras ir quebrando progresivamente. Estas series no quieren ser productos efectivos pero rutinarios, bien por el contrario necesitan de un espectador fiel, pero tampoco requieren necesariamente del prestigio. Al mismo tiempo su complejidad no depende tanto de las atmósferas o las construcciones de los conflictos –de hecho, suelen trabajar con muchos estereotipos, a los que exprimen a fondo- sino por otro tipo de dosificación de la información: en sus pilotos tiran casi toda la carne al asador y plantean rápidamente los conflictos, pero se guardan algo, apuntan a construir un vínculo con el televidente desde los personajes y luego van introduciendo otros temas y subtramas. Estos procedimientos son los que permitieron, por ejemplo, que una serie como One Tree Hill tuviera una típica premisa telenovelesca, con un hijo no reconocido, enredos románticos y competencias deportivas, para ir luego construyendo progresivamente distintas ramas dramáticas que no temían indagar en temas problemáticos como el bullying, la violencia, la corrupción, el embarazo adolescente y un largo etcétera.

Toda esta larga introducción es para dejar en claro que una serie como Élite–nueva producción española de Netflix- podría pertenecer sin ningún problema a este tercer tipo de serie, con su planteo de melodrama juvenil que recuerda a hitos argentinos como Verano del 98, Montaña rusa o Clave de sol –ahhhh, qué tiempos aquellos…-, pero no, quiere hacernos creer que pertenece a la esfera del primer tipo de series (las “serias”, las “importantes”) y sin por eso perder cierta apariencia cool y canchera. Y la verdad que no le da, porque sobrestima los conceptos de “seriedad” e “importancia”, perdiendo de vista que parte del atractivo de una serie como Breaking bad pasa por su utilización del humor; y, principalmente, porque quiere abarcar una multitud de temas ya en su primer episodio, sin tomarse el tiempo para construir con solidez a los personajes. Era mucho más fácil y productivo ir avanzando desde el punto de partida: un trío de jóvenes humildes que, luego de un derrumbe en su escuela, reciben una beca para estudiar en un colegio donde van los que pertenecen a las clases más privilegiadas, desatando toda clase de tensiones desde el mismo momento de su arribo. Pero no, la serie creada por Darío Madrona y Carlos Montero quiere mostrar que puede ser mucho más que una simple telenovela, aunque claramente no le dé la nafta.

Hay una escena en el piloto que funciona como ejemplo casi emblemático de esto: una de las protagonistas está con sus padres y su hermano en la cocina, a los que les espeta “vamos, necesito que lo digan: mi hija de 16 años es seropositiva”. Ese pedido parte más del guión que de la joven: es como si la serie estuviera hablando consigo misma y diciéndose “tenemos que hablar del VIH sí o sí, porque es relevante”, metiendo casi con prepotencia el tópico. Y así con un montón de temas más: la corrupción de los más ricos, las drogas, la discriminación, las tensiones raciales, los enfrentamientos generacionales, los peligros de las redes sociales, la homosexualidad oculta, todo lo que se esté desplegando en la agenda social, aparece en Élite, siempre con un nivel de obviedad culposa como para alquilar balcones y hasta dejando de lado la intriga principal, ese whodunitque en el último capítulo tiene una resolución tan previsible como esquemática, aunque deje abierto todo para nuevas entregas.

El problema de fondo de Élite es, esencialmente, la culpa que arrastra desde el minuto uno, que la lleva a negarse a sí misma. No quiere ser una telenovela para ver en las tardes –qué horror, habrase visto, caramba, algo tan trivial-, le falta autoconsciencia y quiere venderse como un drama trascendental, pero planteado a las apuradas y sin elementos consistentes. Ahí establece una conexión –preocupante por cierto- con otros productos españoles como La casa de papely una vertiente importante de la televisión argentina –con representantes como Entre caníbales, Vidas robadasy Edha– que se venden desde la impostación constante, queriendo aparentar algo que no son.

Claro que si existe un producto culposo como Élite y tiene éxito –de hecho, ya se anunció su renovación para una segunda temporada- es porque hay un público al que interpela que también mira las series posiblemente con un alto grado de culpa, y por eso quiere sentirse bien porque está mirando un “drama sociológico” y no una mera telenovela. Una pena, porque aún cuando se esté mirando lo que se considera un “placer culpable” –concepto bastante discutible, hay que decirlo-, lo que siempre debería prevalecer es el disfrute, el goce, y no la sensación de estar cometiendo un pecado cultural.

 

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