Conversaciones con asesinos: Las cintas de Ted Bundy (Conversations with a Killer: The Ted Bundy Tapes)
EE.UU., 2019, 4 episodios de 55′
Creada por Joe Berlinger

Fantasmas

Por Carla Leonardi


La(s) serie(s). Dentro del género de cine criminal hay un subgénero de ficciones y documentales que, desprendiéndose de la rama de la psiquiatría y psicología forenses, bucean en la mente criminal con la intensión de arrojar inteligibilidad sobre sus crímenes, esos que en principio despiertan horror y desconcierto porque muchas veces se presentan como incomprensibles o irracionales para la lógica del sentido común. 

En esta linea podemos situar la serie de la plataforma Netflix Conversaciones con asesinos, del director estadounidense Joe Berlinger, quien, además, cuenta con una frondosa experiencia como documentalista. Esta serie documental, segmentada en cuatro episodios, en su primera entrega, se centra en el caso de Ted Bundy, (uno de los asesinos más buscados y más famosos de los Estados Unidos, tanto por la monstruosidad de sus actos criminales como por la mediatización que tuvo el juicio que se le realizó). Las cintas de Ted Bundy puede ponerse en relación con la serie Mindhunter (David Fincher & Asif Kapadia, 2017), que aquí mismo reseñamos, donde dos investigadores del FBI entrevistan en la cárcel -a finales de los años 70- a peligrosos asesinos para que los ayuden a elaborar perfiles psicológicos de asesinos reiterados y, de ésta manera, prevenir a potenciales asesinos seriales, figura que anteriormente no era utilizada en la criminalística forense.

Pero lo que Fincher-Kapadia trabajan desde la ficción, Berlinger lo aborda desde el registro documental, partiendo como material de apoyo de las grabaciones tomadas por dos periodistas (Stepehen Michaud y Hugh Aynesworth) cuando entrevistaron en varias ocasiones a Bundy desde 1980, mientras estuvo en su celda del llamado corredor de la muerte, hasta a su ejecución en la silla eléctrica en 1989, bajo el acuerdo de publicar un libro con su historia. El documental apunta a dar cuenta del misterio en torno a la fascinante figura de Ted Bundy, a desentrañar la lógica bajo su atroces crímenes. 

Cuestiones de forma. Desde lo formal, la serie de Berlinger no sale de la convencionalidad de recursos habituales para el formato: voz over (en algunos casos de Bundy, en otros de terceros) derivada de las cintas; entrevistas en plano fijo a los periodistas intervinientes, fiscales del caso, policías, victimas que lograron escapar y familiares o personas de su entorno afectivo cercano; material de archivo de la época de entrevistas brindadas a los medios televisivos; documentos físicos de los casos (fundamentalmente fotografías) y por último, la filmación de los juicios en el estado de Florida, sucedidos entre 1979 y 1980, que terminaron por condenarlo a la pena de muerte por sus crímenes. Pero las decisiones de forma no son lo central aquí.
Lo más interesante es que la serie, globalmente, plantea una temporalidad lineal, en la que cada uno de los capítulos en su interior no sigue una cronología lineal desde su infancia hasta su muerte, sino que parte del periodo de las entrevistas de los periodistas, para a partir de allí moverse hacia adelante o hacia atrás en la línea de tiempo que opera a la vez como separador de las secuencias y a la vez como guía para el espectador que le permita situarse, dado que el caso Bundy comprende una cuantiosa cantidad de información y testimonios vinculados tanto a su enigmática figura como a la gran cantidad de actos criminales que llevó a cabo desde 1974 en Seattle (en la costa oeste), pasando por  diversos estados, hasta 1979 en Florida, situada en la costa este. 

El caso. Ted Bundy fue uno de los asesinos más famosos y resonantes de Estados Unidos por varias razones. La primera es que se trata de una de las personas que dio la luz a la figura criminológica del asesino en serie. Y lo hizo precisamente cuando ésta no se hallaba aún formalizada en la psicología y psiquiatría forense. Su criminalidad se dió en los albores de los avances tecnológicos en el campo de la informática, avances que permitieron luego sistematizar y agilizar la información, por lo cual pudo cometer crímenes en diversos estados sin ser fácilmente identificado, algo que lograba cambiando su apariencia física de manera camaleónica. Además, sus crímenes no se produjeron en cualquier contexto, sino que se potenciaron por dos puntos: por un lado se dieron en el contexto del auge de masivos movimientos feministas en los años 70, a partir de los cuales las mujeres comenzaron a moverse socialmente con mayor autonomía, algo que habilitaba mayor facilidad para el accionar criminal al hallar a sus víctimas solas o aisladas; por otro lado, los crímenes se producen en un contexto de fuerte mediatización, algo compatible con la necesidad de Bundy de sentirse como una estrella reconocida, a punto tal que su juicio fue uno de los primeros en transmitirse por televisión.

Por otro lado, Ted Bundy, tanto por su educación académica (graduado en psicología y estudiante de derecho) como por su excepcionalidad criminal, llegó a ser colaborador del FBI en la elaboración de perfiles psicológicos que les permitieran resolver crímenes similiares (sus crimenes incluyen secuestro, violación, asesinato, mutilación y necrofilia de al menos 36 mujeres), algo que lo convirtió en un caso excepcional. Bundy era un hombre inteligente y agradable, tanto en sus formas como en cuanto a su atractivo físico, algo que, al menos para esa época, no correspondía con el arquetipo que cualquier ciudadano común se haría de un asesino de este calibre. De este punto de partida fue el modelo a partir del cual se creó el personaje de ficción de Hannibal Lecter. 

Algunas consideraciones sobre el caso. La intención de este apartado no es elaborar un diagnóstico sobre Ted Bundy -lejos estamos de ello-: no solo no sería ético sino que no sería pertinente. En todo caso, iluminando el presente, es interesante pensar por qué una serie como esta puede permitir pensar el día de hoy. Y observar que los fantasmas derivados del caso de un asesino con crímenes ejecutados hace más de cuatro décadas pueden transformarse con el tiempo y convertirse en problemas bien materiales y actuales. 

1. En el documental, los profesionales de su defensa, que lo evalúan con el fin de posponer la pena de muerte, lo diagnostican como bipolar, categoría que suele ser una gran bolsa de gatos en la que se clasifican patologías de lo más diversas, pero que en rigor del perfil de Bundy no correspondería a la esfera de los trastornos del estado de ánimo. Si recorremos algunos puntos, en todo caso, podemos situarnos frente a una personalidad con características narcisistas, sagaz en la utilización de su inteligencia, su carisma y su atractivo físico con fines de manipulación. Pero también podría relacionarse con lo que Jacques Alain Miller definió como Psicosis ordinaria. Se trata de casos “raros”, de difícil diagnóstico, donde no aparecen la fenomenología franca de una psicosis desencadenada (que curse con síntomas positivos como alucinaciones o delirios), pero en los que uno percibe la fragilidad subjetiva, por momentos una sutil despersonalización, así como el desenganche del lazo social y la lógica particular que emplean para vivir. En esta línea, Bundy se refiere a lo que llama “la entidad”, un sentimiento de deseo y violencia hacia las mujeres que se apoderó de él hasta controlarlo y empujarlo al asesinato. 

2. Según cuenta el periodista Michaud, Ted comienza a hablarles de temas triviales, desviando el foco de atención de los asesinatos, algo que muestra que se trata de una persona inteligente y que sabe cómo manipular a los demás. Por eso el gran giro lo hacen los periodistas, quienes logran invertir la carga: y si se entrevistara a Bundy como si fuese un consultor experto para que hable sobre su interpretación de los crímenes cometidos pero que lo haga en tercera persona? Al hacerlo hablar sobre los asesinatos, poniéndolo en el lugar de analizarlos, los periodistas lograron dos cosas: por un lado alimentar el ego de Bundy, y a la vez hablar sobre sus crímenes sin incriminarse, ya que Bundy mantuvo siempre su inocencia y no fue sino hasta el día previo a su ejecución cuando confesó sus crímenes en un desesperado intento por evitar su muerte. 

3. En su relato, Bundy da cuenta de una infancia feliz e idealizada junto a sus padres, hermanos y sus amigos en Tacoma. La familia iba los domingos a la iglesia y los niños participaban en clubs de scouts. Pero también transmite una imagen maravillosa de su paso por la secundaria mostrándose como atlético y con deseos de ser presidente estudiantil. Pero según el testimonio de una conocida de la infancia, Ted no tenía destrezas por lo cual no encajaba en los grupos, volviéndose cada vez más solitario. Durante su paso por la universidad, milita en el partido republicano, en el que logra hacer un recorrido nada desdeñable. Aquí encontramos dos aspectos: la política como arte del engaño en tanto se trata de venderle algo a alguien aunque lo que se promete no sea real y a la vez que el placer por estar en el centro atención entre gente de elite. En su inserción en la política, Bundy trabaja en la Comisión contra el crimen hacia la mujer y alli tiene acceso a estadísticas criminales y a conocer las inconsistencias del sistema policial y legal. 

4. Mientras estuvo detenido se escapó de manera ingeniosa dos veces, y asumió la autodefensa de su caso en el Juicio en Florida, pues se consideraba superior a cualquier otro abogado. Era arrogante y de algun modo creía que podría salirse con la suya y burlarse del sistema judicial, por eso desviaba la atención del juicio hacia pedidos relacionados con sus derechos y bienestar en prisión; pero convalidó tácitamente su criminalidad cuando le pidió a varios testigos que relataran detalladamente cómo había sido encontrada la escena del crimen y el estado de los cadáveres, regocijándose con placer sádico y en cierto modo enorgulleciéndose por la obra que significaban esos asesinatos que había cometido. 

5. Durante su adolescencia, no tuvo vinculo con ninguna mujer de su edad y Ted refiere a esto: “No es que les tuviera miedo a las mujeres sino que no tenía la menor idea de qué hacer con ellas.” Su primer vinculo con una mujer data de su época universitaria. Se trata de Diane una joven bella, inteligente y perteneciente a una familia adinerada. Diane termina la relación cuando él no logra entrar a ninguna universidad de derecho prestigiosa, tras lo cual resurgen sus viejos problemas de autoestima y es invadido por sentimientos de rechazo y venganza hacia ella. Seguidamente conoce a Liz (Elizabeth Kloepfer), de familia de mormones, buena posición económica y sumisa respecto de sus celos. Ella refiere que, aunque en su trato cotidiano no había nada que la hiciera sospechar de que fuera capaz de tamaños actos oscuros; duda de él, por ciertos indicios y porque tiene un escarabajo color ocre como el que se suponía que tenía el principal sospechoso que era buscado por las primeras desapariciones de jovencitas. Se desprende de aquí por un lado una personalidad de tipo esquizoide, capaz de presentar una faceta bondadosa, ordenada y tranquila en la esfera pública y social, pero violenta en sus actos más íntimos. 

6. En sus crímenes se observa un mismo patrón: sus victimas son mujeres jóvenes, atractivas, universitarias y responsables, que difícilmente tomarían contacto con algún desconocido. Este patrón coincide con el perfil de Diane, aquella primera que lo dejó y que lo rechazó. Su “no sabía qué hacer con ellas”, refiriéndose a las mujeres, da cuenta de una carencia de recursos simbólicos tanto para acercarse y sostener un vínculo con una mujer, como para manejar la impotencia, la baja autoestima, la inseguridad y la ira que experimenta en algún momento cualquier persona ante la negativa (en este caso la negativa de una mujer a un hombre). Bundy en sus asesinatos al comienzo las golpeaba, para dejarlas inconscientes o las tomaba dormidas en sus cuartos. A falta de recursos simbólicos, la reducción de la mujer por medio de la violencia, vulnerarla para someterla, aparece entonces como la única respuesta posible. Pero la cosa no queda ahí, porque Bundy no es un solamente un violador, es también un asesino. En el asesinato reiterado de mujeres, que no es sólo realizado para borrar evidencias, sino como un fin en si mismo: se evidencia una impotencia que se vuelve profundo odio hacia la mujer y apunta a eliminarla(s). Los sentimientos de odio que despertó la traición de Diane al dejarlo y desvalorizarlo, se trasladan a la serie de las mujeres que asesina en una tentativa de quitarse de si mismo ese resentimiento que lo invade. 

Ayer, Hoy. En el último capítulo del documental testimoniamos las horas previas a la ejecución de Bundy. En las inmediaciones de la cárcel sucedía un hecho complementario pero no menor: miles de personas, a la espera de la hora de la ejecución, hordas desatadas y festivas con pancartas con la consigna “Arde, Bundy arde”. Linchamiento mediático e interpelación a la pena de muerte, a modo de representación de una cierta venganza social, así como Bundy mismo se vengaba de la traición de las mujeres de su vida mediante el asesinato de otras mujeres. Al mismo tiempo, en la actualidad somos testigos del incremento de los femicidios, no solo en Argentina, incluso frente al consecuente avance del movimiento de mujeres que lucha cada vez más abiertamente por sus derechos y que se anima a denunciar públicamente distinto tipo de humillaciones y delitos efectuados contra ellas. El caso Ted Bundy interesa, en este sentido, ya que apenas algunos años atrás el asesino en serie de mujeres era considerado como un caso excepcional. Y si bien Bundy cometía femicidios a repetición -lo que sigue hablando de la excepcionalidad del caso- hoy advertimos que al menos la figura del femicidio adquiere estatus legal en distintas partes del mundo. Asi y todo, caracterización mediante, figura legal existente, el crimen está y persiste. Como si no pudiera detenerse. Como si se tratara de un fantasma. Como si caracterizar, al mal, en el fondo, no se hiciera más que ponerlo frente a nuestros ojos, potenciado, para que al poco tiempo se desvanezca, llevándose consigo nuestra impotencia.

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