Evil Genius: The True Story of America’s Most Diabolical Bank Heist
EE.UU., 2018, cuatro episodios de 45′ aproximadamente
Creada por Trey Borzillieri

El abismo cotidiano

Por Federico Karstulovich

Hay algo fascinante en la psicopatía. No me refiero a la inteligencia que algunos psicópatas pueden ostentar. No es la simple fascinación frente a brillantez. Es algo más: posiblemente se trate de la fascinación ante al vacío moral. Pero no me refiero al vacío que proveen las incógnitas que en algún momento tienen respuesta. Esa clase de ausencias pueden responderse, eventualmente, con moralinas de turno, con psicópatas de manual de psicología de primer año (pensemos en la pavada de psicópata que tiene detrás suyo la saga de las Saw, con su Jigsaw como gran pupetmaster detrás…la cita es pertinente en esta nota). En definitiva: se responden con patologías. Y no hay nada más desestimulante para los misterios que proporcionan los vacíos morales que las patologías. Bien por el contrario, la seducción que nos proveen los psicópatas reales no deriva de las respuestas sino de las preguntas que solo abren más abismos. El mal, en definitiva, y en tanto práctica, no es ni más ni menos que el daño efectuado sobre otros. Pero el mal más inquietante de todos proviene del origen del goce ante el daño sin que nosotros sepamos un porqué.

Los verdaderos psicópatas son los que practican el mal como un ejercicio interminable de abismos, en donde el silencio es la única respuesta frente al ejercicio. En la primera y seminal de las Halloween (John Carpenter, 1978) el psiquiatra interpretado por Donald Pleasance nos cuenta que Michael Myers es quien es porque carga con un mal originario que no tiene explicación, que a partir de un determinado momento no hará otra cosa que expandirse en Haddonfield (suburbio donde todo inicio en esa saga) y más allá. Ese mal metafísico no es un mal moral, pero tampoco es inmoral, sino que su punto de partida es la más pura y plena de las amoralidades. En alguna medida, con toda la tentación que nosotros podemos tener para darle un cauce patológico al asunto, Evil Genius parte de un mismo origen, que es el del mal como ejercicio placentero, el del daño como un juego, el de las motivaciones como un enigma que tiene más que ver con el goce que con otra cosa. Algo de todo esto se preguntaba en su momento Wes Craven (y su guionista Kevin Williamson) en la primera de las Scream (Wes Craven, 1996), película en la cual, la revelación final de los asesinos y de sus motivos nada tenía que ver con otro fin que no fuera el goce, la más absoluta y profunda de las gratuidades. No demasiado lejos de aquellos podemos situar a los protagonistas de Funny Games (Michael Haneke, 1997) o a los de Los extraños (Bryan Bertino, 2008). Todos y cada uno de esos asesinos podrían pensarse como la perfecta contracara de buena parte de los asesinos seriales del cine de terror.

Sin ir más lejos la paupérrima saga Saw tiene, como bien mencionamos en un principio, a un psicópata con demasiados justificativos para actuar. En ese justificativo no hay goce, sino punición. Y si bien no podemos negar que hay un componente de goce en el acto punitivo, es justamente la marca moral la que interrumpe esa cadena de placeres de los que se alimenta la psicopatía. Quizás esto se deba a que hamos aprendido que el psicópata crea su propia normativa y legalidad en su cabeza, normativa que funciona en paralelo a los marcos de convivencia que todos compartimos o conocemos en el seno de una sociedad. Pero esa premisa, la idea de que toda psicopatía crea sus sistema de reglas no quiere decir que literalmente haya una regulación que llene con respuestas y explicaciones a ese ejercicio del mal. Por eso es interesante pensar que en esa sustitución (una ley por otra, una norma por otra) no hay un cambio de respuestas por respuestas. No: la psicopatía más fascinante hace este salto atrás, abriendo preguntas, desaprendiendo todo lo que sabíamos sobre un psicópata hasta, literalmente, quedar prendados de su magnificencia. Ese magnetismo por el ejercicio del mal nos mete de lleno en ese laberinto espinado que es Evil Genius.

Una cadena de complicidades detrás de un robo aparentemente fallido parece la punta de un ovillo que, contrario a brindarnos resoluciones no hace más que meternos de lleno en las fauces de ese mal en estado puro que es el goce ante el daño. Un hombre con una dispositivo con una bomba colocado en su cuello debe asaltar un banco. El hombre es un simple repartidor de pizzas. El asunto sale mal y al salir es detenido por oficiales de policía, a los que el asaltante en cuestión entrega una serie de pautas y pedidos por escrito. El hombre sabe que si no cuenta con la libertad por parte de la policía en un plazo menos a X tiempo directamente morirá como consecuencia de la detoncación de la bomba en su cuello. Suena a El juego del miedo? Bueno, las malas lenguas dicen que este caso, que fue un suceso policial de proporciones y escala televisiva nacional en Estados Unidos, sucedido en 2003, inspiró a la película de James Wan de 2004. Y no necesariamente porque hubiera un genio del mal detrás de todas las acciones, sino porque el encadenamiento de implicados es radical y absolutamente inesperado.

Pero ahí donde la saga de la pornotortura siempre tenía respuestas de manual, la serie producida por los hermanos Duplass se anima a más preguntas que respuestas: Por qué ese hombre asalta un banco para conseguir apenas unos pocos miles de dólares? Qué relación hay entre su muerte y la necesidad de decapitar el cuerpo para sacar el dispositivo de la bomba? Qué vincula a esta muerte con un posterior suicidio a manos de un compañero de trabajo? Qué vínculo hay entre este caso y un asesinato que deriva en un cuerpo guardado en un freezer? Qué tiene todo esto que ver con un amor-odio obsesivo que vincula durante décadas a dos personas, un hombre manipulado y una mujer manipuladora? Y cómo se vincula todo eso con un traficante de drogas de poca monta, una prostituta y una herencia? Todas esas pautas, todos esos indicios que nos hacen pensar que podremos llegar a alguna respuesta no hacen otea cosa que conducir a mayores interrogantes, mayores dudas y una persistente oscuridad que nunca nos abandona como espectadores, porque, para mal de males, esa cadena de dudas y de crímenes está blindada por un pacto de silencio, que se mantiene casi inalterable hasta al final. El resultado es que podemos describir el mal, el caos, su operativa, los modos, pero no sabemos ni podremos saber jamás el motivo que origina ese mal, ese daño inicial, que deja tantas preguntas abiertas que no sería extraño que nos encontráramos ante una segunda temporada con más interrogantes para esta serie, que en el camino se fue llevando a varios de sus protagonistas a la tumba.

Hacia el final, cuando pensamos que un testimonio puede darnos una pista para entender algo más sobre los hechos, lo único que comprobamos, con un mínimo de seguridad, es que el mal no es absoluto, que el absoluto, el mal metafísico es una categoría para asustar niños. Que el mal es un ejercicio de daño con mayor o menor nivel de conciencia sobre otro (o sobre si mismo). Y que estamos apenas a centímetros de distancia, que no hay nada de extraordinario en el mal: Lidiamos con él, jugamos con él, viajamos con él, comemos con él, dialogamos con él. La verdadera película de terror en formato de cuatro capítulos que cuenta Evil Genius, en definitiva, es sobre eso que nos parece extraordinario, pero que vive entre nosotros. Solo es cuestión de activarlo. No hay mayor peligro que pensar que el ejercicio del daño precisa de una patología y no, lisa y llanamente, de una decisión: el mal es un camino de ida, un día luego de tomar un café, pensando que puede ser divertido iniciar esa pesadilla que llamamos sufrimiento, que a varios nos puede resultar esquivo (o una experiencia a la que preferimos omitir) pero que para muchos es un móvil vital, tan necesario como respirar o tomar el subte, en un día más de trabajo.

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