GOT-temp7

Tiempo de lectura: 5 minutosGame of Thrones S08

Rodrigo Martín Seijas

Game of Thrones – Temporada 8
EE.UU., 2011-2019, 6 episodios de 55′ aprox
Creada por David Benioff y D.B. Weiss
Con Lena Headey,  Peter Dinklage,  Maisie Williams,  Emilia Clarke,  Kit Harington, Nikolaj Coster-Waldau,  Sophie Turner,  Michelle Fairley,  Sean Bean,  Charles Dance, Jack Gleeson,  Rory McCann,  Isaac Hempstead Wright,  Mark Addy,  Alfie Allen, Iain Glen,  Aidan Gillen,  Conleth Hill,  Richard Madden,  Stephen Dillane, Carice van Houten,  Natalie Dormer,  John Bradley,  Nathalie Emmanuel, Jerome Flynn,  Gwendoline Christie,  Sibel Kekilli,  Jason Momoa, Dean-Charles Chapman,  Jonathan Pryce,  Liam Cunningham,  Michael McElhatton, Diana Rigg,  Finn Jones,  Ian McElhinney,  Jacob Anderson,  Oona Chaplin, Bella Ramsey,  Natalia Tena,  Kristian Nairn,  Rose Leslie,  Pedro Pascal, Max von Sydow,  Gemma Whelan,  Charlotte Hope,  Kristofer Hivju,  James Cosmo, Hannah Murray,  Iwan Rheon,  Ellie Kendrick,  Peter Vaughan,  Gethin Anthony, Tom Wlaschiha,  Harry Lloyd,  Donald Sumpter,  Kate Dickie,  Clive Russell, Tobias Menzies,  Ciarán Hinds,  Julian Glover,  Mark Stanley,  Esmé Bianco, Joe Dempsie,  Michiel Huisman,  Hafþór Júlíus Björnsson,  Indira Varma, Thomas Brodie-Sangster,  Richard Dormer,  Miltos Yerolemou,  Elyes Gabel, Rosabell Laurenti Sellers,  Ian McShane,  Pilou Asbæk,  Ed Skrein,  Joseph Naufahu, Keisha Castle-Hughes,  Jessica Henwick,  Jim Broadbent,  Faye Marsay, Nonso Anozie,  Tom Hopper,  Ed Sheeran,  Thomas Turgoose,  Freddie Stroma, Eugene Simon,  Marc Rissmann,  Frank Blake,  Daniel Portman,  Ben Crompton, Anton Lesser,  Mark Quigley

Un problema de equilibrio

Por Rodrigo Martín Seijas

Recuerdo que cuando llegó el final de Lost, la decepción (con la consiguiente furia) de los espectadores y fanáticos fue mayúscula. La razón era en un punto bastante válida: la serie producida por J.J. Abrams elegía dejar muchas preguntas sin responder, enigmas sin dilucidar y algunas respuestas que brindaba distaban de ser estimulantes o satisfactorias. Sin embargo, lo que muchos no entendieron o dejaron pasar de largo fue que el cierre no estaba orientado a la estructura narrativa (con sus idas y vueltas, giros y sorpresas) sino a los personajes. Los últimos episodios fueron dejando en claro que lo realmente importante no era la isla, sino sus visitantes y habitantes circunstanciales, todos seres rotos, heridos, con larguísimos historiales de decisiones equivocadas y buscando diversas formas de redención. El más emblemático (aunque no por eso el favorito) era Jack, el líder y héroe que no asumir esas posiciones pero igual (casi por instinto) las terminaba ejerciendo.

Digo todo lo anterior, corro el riesgo de perderme –valga la redundancia- en Lost, porque todas las grandes series, las que nos rompieron la cabeza y nos convirtieron en adictos a sus tramas, siempre tuvieron ese punto en común que es la capacidad de construir personajes que nos generaban una casi instantánea empatía. Muchos afirman que lo apasionante de Game of thrones es su mitología, el entrecruzamiento de tramas y subtramas, las vías narrativas donde conviven lo fantástico con lo político, y en parte es cierto, pero no deja de ser una verdad a medias. Todo el mix de leyendas, realpolitike intrigas palaciegas no podría sustentarse si no fuera a la par de los recorridos éticos, morales y sentimentales de los protagonistas e incluso de los personajes de reparto.

Los creadores de la serie, David Benioff y D.B. Weiss habían conseguido algo raro y particular: delinear un rumbo evolutivo tan preciso como despiadado. Al fin y al cabo, Game of thrones era una historia de aprendizaje, de gente conociendo lo que es el poder y cómo utilizarlo, estableciendo un proceso de retroalimentación. Cada individuo aportaba su propia perspectiva a los juegos de poder y esa mecanicidad lúdica los impregnaba a su vez. Las reglas casi nunca estaban claras, las lealtades eran dispersas y los errores se pagaban con la muerte. Esto no solo volvía impredecible al relato sino que hasta ponía en crisis la noción de lo heroico y lo villanesco: la nobleza podía ser una forma de ingenuidad; la maldad una muestra de amor; la lealtad una acción traicionera; la mentira una vía para decir la verdad. Todo se trataba de las perspectivas, objetivos y motivaciones, y la serie, aun en sus pasajes más discretos, no perdió esto de vista, no subestimó a nadie en la pantalla, valoró a su público y siempre se inclinó por la ambigüedad. 

Pero llegó la última temporada y, progresivamente, la serie fue perdiendo esa habilidad para llevar a la par los mitos y los sujetos narrativos. Quizás fue el apresuramiento por cerrar todo –claramente faltaron un par de episodios para otorgar un mejor desarrollo a los conflictos- o el haber alcanzado un punto límite donde los villanos como Cersei Lannister quedaron muy encasillados y las figuras heroicas que eran Daenerys y Jon Snow se pisaban entre sí. Lo cierto es que la consecuencia más lógica e inapelable fue la manipulación, o de mínima la evidencia demasiado explícita de los hilos moviéndose. Si el dejarse absorber por un relato implica un acto de fe y creencia cuasi religioso, la última temporada fue como un Purgatorio sin salida hacia el Cielo o el Infierno. 

Si el mito es lenguaje y discurso que incorpora y sistematiza historias, agrupándolas y haciéndolas coexistir, necesita de una dosis de autoconsciencia sobre su propia mecanicidad y el horizonte de público al que apunta. Es posible que ese horizonte espectatorial se haya expandido hasta límites inabarcables y que el mundo de Westeros se haya vuelto muy pesado en su complejidad. El caso es que Game of thrones se pasó de autoconsciente, se convenció a sí misma de que no podía satisfacer por completo a nadie y, en vez de tirar la casa por la ventana, en una profecía auto-cumplida llegó a un final deshilachado y carente de energía, luego de unos cuantos giros marcados por la arbitrariedad. Eso no borra los méritos de las temporadas previas, pero sí le pone un techo –y una mancha- al legado general.

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