Homeland S08 
EE.UU., 2020, 12 episodios de 50′
Creada por Howard Gordon y Alex Gansa
Con Damian Lewis,  Mandy Patinkin,  Rupert Friend,  F. Murray Abraham, Morena Baccarin,  Miranda Otto,  Sebastian Koch,  Nina Hoss,  Elizabeth Marvel, Alexander Fehling,  Beau Bridges,  Sarah Sokolovic,  David Harewood, Michael O’Keefe,  Mark Ivanir,  Diego Klattenhoff,  James Rebhorn,  Jackson Pace, Morgan Saylor,  Sarita Choudhury,  Numan Acar,  Zuleikha Robinson,  Hrach Titizian, Shaun Toub,  David Marciano,  Navid Negahban,  Chris Chalk,  Jamey Sheridan, Maury Sterling,  Amy Hargreaves,  Marin Ireland,  Timothée Chalamet, Sam Underwood,  Joanna Merlin,  Nazanin Boniadi,  Amy Morton,  Tracy Letts, Gary Wilmes,  Pedro Pascal,  Jason Butler Harner,  David Diaan,  Nimrat Kaur, Suraj Sharma,  Robert Knepper,  Linus Roache,  Rohan Chand,  Jake Weber, Morgan Spector,  Sandrine Holt,  Dylan Baker

Reinvención

Por Rodrigo Martín Seijas

El cierre de Homeland fue parecido al de Boardwalk Empire: ambas series tuvieron sus años de moda y casi total centralidad pero llegaron al final de sus recorridos cuando habían pasado a ocupar lugares secundarios dentro del panorama televisivo. Ojo, nada de eso significa que no se sienta como un final de época con todas las letras: al fin y al cabo, la serie supo explotar un enigma inicial de manera estupenda, pero cuando ese conflicto encontró su punto de agotamiento, tuvo la audacia e inteligencia para reubicarse en otros ejes. Desde ahí, progresivamente, se fue transformando en un drama de procedimiento donde lo relacional y lo geopolítico tuvieron roles inusualmente relevantes.

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Quizás la serie creada por Alex Gansa y Howard Gordon haya sido víctima de sus propios logros: las dos primeras temporadas fueron casi perfectas en su acumulación de giros y más giros, dos apologías notables de las arbitrariedades y manipulaciones que puede entregar un guión cuando se planta sobre un verosímil que le juega a favor. Rápidamente, Homeland encontró (¿o construyó?) un espectador dispuesto a dar saltos de abstracción, a pasar por alto los agujeros de un guión donde todo parecía estar al borde del ridículo sin dejar de poseer una extrema tensión. Pero la clave no fue particularmente novedosa, ya que todo, al fin y al cabo, se trataba de los personajes: desde la (literalmente) bipolar Carrie Mathison hasta el torturado Nicholas Brody, pasando por el apasionado profesional que era Saul Berenson –y sin olvidarnos de Peter Quinn, Max Piotrowsky y Dar Adal-, todos conseguían interpelarnos aún en sus momentos más in-creíbles. 

Pero llegó la tercera temporada y ahí es cuando Homeland encontró una primera barrera para sus potencialidades, con una primera mitad sin rumbo y una segunda apenas digna pero sin dejar de ser errática. La serie incluso podría haber terminado ahí mismo, ya agotada la historia de Brody y su vínculo trágico-romántico con Carrie. Sin embargo, la cuarta temporada trajo una sorpresa, o más bien una revelación: la capacidad para reinventarse (por parte de la serie). La incursión en Afganistán y la confrontación con la despiadada inteligencia pakistaní tuvo un desarrollo narrativo por momentos brillante y de extrema tensión, además de agudeza para retratar las fuerzas en pugna. 

Los años cinco, seis y siete de Homeland fueron definitivamente desparejos, con episodios que nos hacían recordar el potencial de la serie y otros que la hacían parecer apenas una versión mejorada de las últimas temporadas de 24. Hubo algunos hallazgos innegables –toda la trama de la quinta temporada vinculada a la doble agente interpretada por Miranda Otto- pero también elementos descartables, como el peregrinar cuasi decadente de Quinn hacia su muerte definitiva y la conflictiva maternidad de Carrie, también hacia su definitivo agotamiento. Aun así, el antagonismo creciente (y plausiblemente actual) con la inteligencia rusa creaba algo de expectativa.

Y llegó la última temporada, y con ella el desafío de evitar un cierre decepcionante al estilo Dexter o Game of thrones. Contra todos los pronósticos, Homeland no solo consiguió arribar a un final digno sino incluso potente. Lo hizo en buena medida apelando a una de sus mayores virtudes, que es la mencionada capacidad para reinventarse. Esta vez con Carrie en cierta forma adoptando el rol que antes le correspondía a Brody: el de traidora paradojal a su país, la que le da la espalda a su nación precisamente porque la ama. La táctica fue retorcer las líneas narrativas hasta bordear el absurdo, pero con total convicción, hasta hacer de eso una virtud: por eso False friends, Chalk one up, Chalk two down, Designated driver y The English teacher son capítulos estupendos, que aceleran al máximo el corazón del espectador. Horas de televisión de alto nivel donde el tiempo se hace palpable de la mano de un profesionalismo puesto al límite de sus concepciones. 

Pero no se trató solamente de la voluntad por quemar puentes narrativos o utilizar lo temporal y el movimiento como instrumentos esenciales en la puesta en escena. Los creadores supieron recordar a tiempo cuáles eran los pilares esenciales de la serie: estamos hablando, obviamente, de sus personajes. En su tramo final, el núcleo central fue el vínculo entre Carrie y Saul, donde los rasgos paterno-filiales, de maestro-alumna y de simple pero poderosa amistad fueron puestos a prueba. En esto fueron también claves los actores: si Claire Danes supo sostener a un personaje problemático en sus devaneos –a pesar de varios tramos de showcito personal-, lo de Mandy Patinkin ha sido consistentemente magnífico, un ejemplo perfecto de carisma y nobleza actoral. Homeland terminó mucho más arriba de lo esperado y nos dejó a un dúo protagónico que quedará para siempre en la historia televisiva. 

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