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Tiempo de lectura: 5 minutosI’ll be gone in the dark

Federico Karstulovich

I’ll Be Gone in the Dark 
EE.UU., 2020, 6 episodios de 60′
Creada por Liz Garbus
Con Amy Ryan, Patton Oswalt, Billy Jensen, Paul Haynes

Mis rincones oscuros

Por Federico Karstulovich

Entre el tono confesional de James Ellroy y los documentales de crímenes reales, entre el policial clásico y la melancolía de la injusticia de los policiales negros contemporáneos como Zodíaco, con la que se emparenta de manera particularmente especial. Oscilante, previsible e imprevisible a la vez, I’ll be gone in the dark avanza capítulo a capítulo como un tren. Pero quizás logra ser imparable porque asienta su estrategia en la variación antes que en la repetición. Por eso precisa cada tanto levantar la cabeza y cambiar el ritmo del juego, porque seis episodios seguidos de una hora concentrados exclusivamente en la búsqueda de un asesino puede convertirse en una experiencia tediosa, pero antes que nada en una experiencia estirada, como si en el fondo no hubiera mucho mas para contar y de alguna u otra forma se precisara explotar el filón criminal al máximo.

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I’ll be gone in the dark combina el aspecto confesional de una mujer que se construye como escritora (y que descubre su propia voz a lo largo del tiempo gracias al vínculo con el policial de enigma) pero también narra la historia de una obsesión mas grande que la vida misma. Como aglutinante, la historia de un asesino serial desaparecido por décadas, un hombre que regresa de las sombras gracias a la obsesión vital de esa escritura. Quizás en ese cruce es en donde la serie adquiere el cuerpo necesario para diferenciarse, para contrastar respecto de las experiencias repetidas hasta el hartazgo que focalizan su objetivo en el morbo como aquellas que orientan la mirada exclusivamente sobre el protagonista.

Ahora bien, el camino híbrido, con idas y vueltas, el camino de la intermitencia que propone IBGITD , tampoco es particularmente nuevo. Ni para el cine ni para la literatura ni para la tv. Por lo tanto: estamos ante algún cruce de coordenadas nuevo? Si y no. La novedad se apoya en la interrupción del proceso, en la concreción a medias (la escritora que reflotar el caso y logra conectar los puntos que habilitan llegar al asesino conocido como «The Golden State Killer», «EAR/ONS» y otros varios, fallece de una sobredosis de fármacos para dormir en 2016, en plena investigación), en el componente que muestra que las obsesiones mas grandes que la vida se pueden llevar la vida misma. Y como ese movimiento, en alguna medida, también atenta contra la posible paz.

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Al ver el recorrido obsesivo de Michelle McNamara, la periodista que dedicará su vida (literalmente) a investigar al asesino serial comprobadamente mas importante y célebre de la historia criminal estadounidense, se me venía a la cabeza la disyuntiva de Nelson Mandela (pero también la de Alfonsín/Strassera con los juicios a las juntas en 1985) que se preguntaba: debe prevalecer el acceso a la verdad que provea paz pero sin justicia o debe prevalecer el acceso a la justicia pero sin paz ni verdad? Había algo correcto y algo incorrecto en la comparación, pero el paralelismo no era gratuito. El componente mas perturbador e interesante de IBGITD no lo trae la escritora con su voluntad de hierro por llegar hasta el fondo del asunto aun poniendo en riesgo su propia vida, salud y la integridad de su familia (algo que en el fondo exhibe una voluntad normativa desesperada y desesperante), sino la contracara de las víctimas. Y es que ahí donde Michelle no puede dormir obsesionada por el asesino y su libertad impúdica, las víctimas demandan la necesidad del olvido, la necesidad de una amnesia selectiva que les permita reconstruir sus vidas luego de los ataques sexuales (cuando estos fueron violaciones) o luego de los ataques a familiares de personas asesinadas (mediando la muerte, claro).

El recorrido incómodo de la serie no es, por lo tanto, el del encuentro del asesino, acaso la zanahoria que nos guía por el camino hacia el capítulo final de la resolución del enigma. El recorrido inquietante es el de la obsesión de muerte frente a la pulsión vital. Ese recorrido, curiosamente, no deja parada en un lugar cómodo a la heroína que logra conectar los puntos que permitirán reparar la impunidad del criminal libre durante casi cuatro décadas luego de su último crimen. Ese recorrido obliga a recolectar empáticamente con las víctimas: y si el olvido fuera también un modo de reconstruirse, de preservarse, de sanar el daño?

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La estructura política del resentimiento puede confundirse en muchas ocasiones con la de la reparación. Pero el resentimiento puede expresar, también, a su manera, una forma de venganza. Y la venganza trae la imposible desconexión con el trauma. La persistencia del retorno al origen por parte de Michelle, es también la persistencia de un asunto ajeno, que ella no experimentó (aunque la serie hace todo lo posible por equipararla con las víctimas a partir de la incorporación de un dato del pasado, la experiencia de un abuso en la Irlanda de origen familiar). Por eso también su recorrido es distinto.

La pesadilla de la melancolía y la imposibilidad de construir hacia adelante es el gran signo trágico que atraviesa la serie en silencio, sin que los personajes que rodearon a Michelle (en particular su esposo, que debe lidiar con la viudez y con la crianza de su hija de cuatro años). Y la serie parece consciente de esto, pero logra plantear ese tono con una elegancia propia del tono bajo. La percepción de la vida que se va está presente durante varios episodios. Pero todos seguimos obsesionados con la aparición del asesino.

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Quizás una de las víctimas del violador/asesino sea quien mejor condensa la resiliencia que provee el olvido: «mientras él (el asesino, el violador) viajaba a la carcel, nosotros viajábamos a Paris. Nosotros habíamos logrado rehacer nuestra vida y él no». Quizás el componente mas subversivo, mas políticamente incorrecto de la serie radique en la reivindicación de la amnesia, del olvido sanador como instrumento de reconstrucción vital, como herramienta de apego a la vida.

La obsesión vindicadora de la propia identidad puede ser también un camino sin salida. La obsesión punitiva también. Es difícil, pero solo la paz reconstruye, incluso ante el precio altísimo de la injusticia y el olvido. Asentada sobre esa sutil declaración, IBGITD se muestra como una serie mucho mas política de lo que parece a primera vista.

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