Kidding
EE.UU., 2018, 10 episodios de 22′ aprox.
Creada por Dave Holstein
Con Jim Carrey,  Catherine Keener,  Cole Allen,  Judy Greer,  Bernard White,  Coda Boesel, Juliocesar Chavez,  Mary Faber,  Juliet Morris,  Zackary Arthur,  Gwen Hollander, Andrew Tinpo Lee,  Maximus Birchmore,  Sofia Gonzalez,  Evan Alex Cole, Myrat Bayram,  Joey Brooks,  Jernard Burks,  Orson Chaplin,  Reyn Doi,  Frank Drank, Samira Izadi,  Ginger Gonzaga,  Tamarra Graham,  Kevin R. James,  Annie Karstens, Austin Zajur,  Natasha Khawja,  T’Keyah Crystal Keymáh,  Justin Kirk,  Calah Lane, Frank Langella,  John Macey,  Hans Marrero,  Daniel Moncada,  Vladimir John Perez, Keith L. Williams

Más odio que corazón

Por Federico Karstulovich

Las representaciones a escala siempre tienen ese riesgo imprevisible propio del traslado: el mundo gigante o el mundo pequeño, en algún momento suelen convertirse en nuestro mundo. Algo de eso le pasaba al Spike Jonze de Donde viven los monstruos (2009) aunque también sucedía en Quieres ser Johh Malkovich?. Evidentemente hubo algo asociado a un clima de época o una suerte de poética compartida entre tipos como Spike Jonze, Michel Gondry y Charlie Kauffman. Quizás tenga que ver con el antecedente de haber dirigido videoclips. No lo sé. Pero poco importa. Sigamos. En sus películas el mundo creado parece simular alguna clase de autonomía pero a la larga pegan la vuelta para estamparnos el cachetazo del paralelismo. Quizás en esa poética del extrañamiento que luego retorna para convertirse en paralelismo algo banal radica el encanto de Kidding, que por lo visto tiene una segunda temporada en vista (pero que no creo que le haga ningún bien a esta), que a su vez tuvo una primera con muy buena recepción (más allá de cierto y previsible carreyxplotation) y que, a decir verdad, a mi me deja con varias preguntas en la cabeza.

La serie creada por Dave Holstein (y dirigida en muchos capítulos por Gondy himself) forma parte de ese grupo de series con tono tragicómico, no mayor a 30′, formato en el que alguna vez Louis CK supo ser el rey con esa obra maestra llamada Louie formato que a su vez explotó con enorme humanidad Ricky Gervais (tanto en series como Extras (2005), Derek (2013) y After Life (2019) y que hoy por hoy no tiene un heredero definido. Este formato no solo parece ser el indicado para dar cuenta de las penurias de sus personajes sino que al mismo tiempo habilita el desarrollo de personajes a lo largo de varios capítulos en vez de concentrarse en unos pocos. En general hablamos de una clase de serie que no excede las 3-5 horas totales, pero al ser subdividida en 6, 8 o 10 capítulos nos habilita al imaginario de estar viendo el crecimiento de un personaje. En este caso ese crecimiento no solo busca girar en torno a Carrey sino a los demás personajes, algo ciertamente complejo en formatos tan cortos. De igual forma el centro de la serie gira en torno a Jeff Pickles, un animador de un popular programa infantil que, luego de la muerte de su hijo y de su divorcio, observa alienado como su mundo de va destruyendo. En el medio debe lidiar con su padre (un extraordinario Frank Langella), productor del programa y mandamás familiar, con su hermana (una frágil y siempre precisa Katherine Keener), con su ex (Judy Greer) y con la imposibilidad de reconstruirse. El problema es que en el medio de todo esto vamos descubriendo la ira reprimida de Jeff. Y esto parece dar rienda suelta a una crueldad inusitada pero también desconcertante para el espectador.

El problema es que lo que construye Kidding en alguna manera busca diferenciarse de las mencionadas antecesoras en el formato. La particularidad aquí, redunda entonces en otra clase de aspectos. Y es que a diferencia de Gervais y LCK aquí el humanismo hecho y derecho brilla por si ausencia. Esto se debe a que mientras en las series mencionadas la crueldad estaba en directa consonancia con las contradicciones de los personajes, y por ende la posibilidad de empatizar con ellos por más hijos de puta que estos fueran, en la serie protagonizada por Carrey el humanismo y la empatía siempre parecen ser más un recurso para que la narración avance antes que un proceso en el que acompañamos a los personajes. Esta diferencia es exactamente la que habilita que cuando empezamos a encariñarnos se nos someta a un puñetazo en la cara. De hecho este sistema convierte a todos los capítulos en un entramado de sugestiva crueldad. Que de por sí no es malo, precisamente cuando se propone abrazar ese credo. El problema es que utiliza al personaje de Carrey y su mutación como pivot para sostenernos al centro de la serie y hacer girar todo el sistema que rodea al personaje. De ahí que uno se vea enfrentado a la necesidad de asumir esa crueldad y dejarse llevar por la gratuidad de muchas de las decisiones o a irritarse frente a cada mínima tentativa de hacer pie en algo llamado corazón.

Puede asumirse, al mismo tiempo, que transcurridos tres o cuatro episodios de los 10, esta arbitrariedad comienza a convertirse en código, por lo que en alguna medida cualquier real tentativa de empatía tiene poca credibilidad detrás. De ahí que, si uno asumiera el lugar de abogado del diablo, bien podría decir que la serie nunca miente ni estafa, sino que es coherente con su propia arbitrariedad. No obstante hay algo que rompe con todo esto, hay algo que rompe con todos los vaivenes de los personajes y con los volantazos violentos del personaje de Carrey. La clave está en el personaje de Frank Langella (que con los años, particularmente en los últimos 20-25, al menos post Junior (Ivan Reitman, 1995) ha adquirido una madurez actoral envidiable: el tipo actúa como si respirara) quien a lo largo de toda la serie se mantiene como lo que es, un verdadero villano hecho y derecho, plagado de espesor dramático y riqueza. Ese personaje, curiosamente, no es cruel desde la arbitrariedad sino desde la premeditación, desde la expectativa. Langella no construye a un hijo de puta ocasional, sino a un verdadero villano tetradimensional, una persona horrible pero que es asombrosa en la admiración que genera. Me atrevería a decir que casi todos sino todos los one-liners mas brillantes de la serie le pertenecen. Pero también le pertenece nuestro cerebro, que estalla cada vez que ingresa a escena, porque sabemos que vamos a encontrarnos con un verdadero canalla hecho y derecho.

Lo curioso entonces es esto último: cuando la serie opta por la maldad coherente no solo se vuelve disfrutable como pocas cosas podamos ver hoy en el sistema de streaming (este producto jamás podría formar parte de ninguna programación de aire), sino que también se vuelve muscular, proteica, multiplicando sus brazos, extendiéndose más allá del mundo mental y de miserias que promete en los primeros capítulos. El problema ante el que nos pone Kidding es que si en efecto hay algo parecido al código en esa arbitrariedad y traición, bueno, siempre nos resultará preferible el retorno al buen y conocido mal. Impreciso resulta entonces ese mecanismo de la crueldad que maneja. Porque en el fondo parece ser una estrategia para insertar bondad de manera forzada en un mundo de mierda. Por el contrario, la maldad de personajes como el que interpreta Langella es justamente aquella que habilita una posible esperanza en el interior de esa radical crueldad. Y es que, en definitiva, excepto que medie alguna clase de patología bipolar (algo que la serie nunca sugiere, por suerte), los matices dentro de la misma crueldad son precisamente aquello que hace humano a lo humano también. De ahí que el credo de la crueldad a medias resulte, en definitiva, más injusto: con nosotros como espectadores, con los personajes pero también con el mundo de mierda al que presuntamente se quiere representar. Son cosas que suceden cuando la autoría importa más que los personajes.

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