La casa de las flores
México, 2018, 13 episodios de 35′ aprox.
Creada por Manolo Caro
Con Verónica Castro, Cecilia Suárez, Aislinn Derbez, Darío Yazbek Bernal, Arturo Ríos, Paco León, Juan Pablo Medina, Verónica Langer, Norma Angélica, David Ostrosky, Sheryl Rubio Rojas, Claudette Mallé, Luis de La Rosa, Lucas Velázquez, Elizabeth Guindi, Sofía Sisniega, Natasha Dupeyrón, Enrique Becker, Francisco de la Reguera, Omar Medina, Paco Rueda

Con respeto

Por Hernán Schell

Se habló mucho últimamente de La casa de las flores. De la familia de la Mora, del papel protagónico de Verónica Castro interpretando a Virginia, del personaje de Paulina y su extraña manera de hablar, de que fue furor en México y otros varios países de habla hispana y varias cosas más. De hecho, tal fue su éxito que algunos lo han comparado con La casa de papel, aún cuando los dos productos son opuestos por el vértice. Si la serie española no es más que una telenovela de las tres de la tarde disfrazada de relato de robos cool, sofisticado y con pretensiones de comentario político actual, La casa de las flores es la perfecta inversión: un producto sofisticado, genuinamente refinado desde lo visual, pero disfrazado de telenovela de las tres de la tarde.

Casi cualquier lector sabe -incluso los más ignorantes en el tema- a lo que nos referimos cuando hablamos de este tipo de telenovelas. Sabemos que hay amores e infidelidades, que en general un personaje se entera de que no es hijo de alguien (o de que es hijo de alguien que no imaginaba), que en general hay familias ricas -y en varios casos famosas- chocando con otras pobres (el melodrama no podría existir sin el conflicto de clases) y podemos reconocerle a estos productos tonos pasionales y excesivos. Con ese conocimiento previo, La casa de las flores se propone como una serie que parte de la conciencia de que existen, existieron y seguirán existiendo las telenovelas, pero también las diferentes lecturas y relecturas que se hicieron de ellas. Pero también, de paso, que desde hace rato las mismas telenovelas vienen adaptándose a los cambios respecto de las nuevas formas de abordar la sexualidad. No obstante, debemos aclarar: La casa de las flores no es una telenovela, sino más bien una de esas series (y dependiendo de si tiene o no continuidad, miniserie) comprimidas, de pocos capítulos, con un elaborado trabajo visual y un sentido del humor no pocas veces inteligente, que se vale de la estética del culebrón latinoamericano para hacer otra cosa, tal y como lo llevó a cabo (y sigue haciéndolo) el cine de Almodóvar en algunas de sus comedias y melodramas, que a su vez eran perfectas relecturas del cine de Fassbinder, que a su vez se concentró en releer el melodrama de Douglas Sirk, quien a su vez supo releer el melodrama de Stahl, por mencionar esta cadena de lecturas y relecturas infinitas propias de la conciencia pos moderna de los géneros.

Por empezar, podría decirse que lo de los pocos capítulos no es algo menor, ya que en algún punto uno de los atractivos que tiene esta serie es que parece querer comprimir (como si no le importara el formato que está refiriendo, comentando, pensando, como el extenso formato de las telenovelas, que trabajan con 120 capítulos, con emisiones semanales y con una hora de duración por capítulo) en poco tiempo eso que una telenovela tarda en contar. Así es como, en 13 entregas de media hora, la serie se encarga de dar decenas de vueltas narrativas en las que hay traiciones de todo tipo hacia esposos, hermanas, vecinos, amantes. Pero como dijimos antes, siendo el melodrama un heredero del folletín, también hay dudas sobre los parentescos, paternidades falsas, cambios de sexo, negocios turbios y delitos varios. Hay tantas cosas que suceden en un solo capítulo de esta serie, que buena parte de su sutil sentido del humor sucede por acumulación de situaciones absurdas. Ese humor lateral también surge por un gusto por los escenarios precarios que pueden surgir de pronto en una serie estéticamente mucho más cuidada de lo que parece. Así es como en este programa se puede pasar de escenografías barrocas y coloridas -encuadradas a veces con la precisión de un cirujano- de la florería de la matriarca interpretada por Verónica Castro, a escenografías de cárceles o jurados que parecen hechos desde un cartón pintado con una estética que parece justamente más propia de una tira diaria de televisión hecha a las apuradas.

Lo interesante de esto en todo caso es que La casa de las flores no juega al ninguneo ni a la sátira burda de un género y de un formato como lo son el melodrama y la telenovela. Por el contrario, es factible que su juego esté más del lado del homenaje que de cualquier otra cosa. Desde este lugar, lo que hace Verónica Castro en la serie es menos una burla a su trayectoria como actriz de programas como Los ricos también lloran o Rosa Salvaje que una reivindicación de estos papeles, pero también es una exhibición cabal de sus dotes como actriz. De hecho, una cosa que llama la atención de su interpretación es que no resulta exagerada hasta lo autoparódico, como a veces indica el manual de la autoconciencia y la reflexividad. Por el contrario, Castro tiende más a la contención, incluso cuando se encuentra en situaciones totalmente ridículas como una escena en la que tiene que hablarle de cuestiones privadas a un títere que maneja un psicólogo de niños. Del mismo modo, una de los mayores logros de La casa de las flores es que nunca abusa de la burla a la estética telenovelesca con música altisonante o con personajes tan extravagantes que terminarían irritando. Por el contrario, hay veces en que el propio programa parece ir por el lado de construir villanos estereotipados, típicos de esta clase de programas, para luego ir relativizando su maldad, como si en el fondo lo que interesara fuera eso: los personajes por encima de los estereotipos de un código de género/formato.

Así es como Virginia nos parecerá en un principio una matriarca hipócrita y tirana capaz de meter preso  su marido en una acto de despecho, para luego ir revelándose como una mujer más cálida de lo que parece; su hija Paulina puede incurrir en traiciones horribles a su hermana, pero el correr de los capítulos irá diluyendo el peso dramático de esas acciones para hacer que uno entienda que así son sencillamente las relaciones familiares de los de la Mora; si hasta una vecina chusma, que parece que será el centro de todos los odios de la serie, terminará revelando un costado tierno que la redime.

Pero es importante aclarar. Quizás el fondo del planteo de los personajes de La casa de las flores tenga menos que ver con una pretensión de humanizar a sus personajes que con un espíritu eminentemente amoral. Seré más claro. La casa de las flores bien podría explicarse con esa palabra que alguna vez fue definida como camp, un culto a lo ingenuo, pero también, como señaló Sontag -en uno de sus ensayos más famosos- a las superficies coloridas y artificiales. El camp tenía la perturbadora característica de la amoralidad: su interés pasaba más por el amor a las formas que por la significación de la forma en sí. Quizás sea por esto que en La casa de las flores ocurre esta notable sensación de estar viendo una película llena de cariño pero no necesariamente de bondad. Y es que, si todos acá pueden ser unos canallas, es porque sabemos que la canallada es, en definitiva, un motor para hacer avanzar una historia antes que una condena a un personaje. De esta forma, con esos principios, hay muy poca gente acá que termine tomando real responsabilidad de sus actos, y poco y nada le importa a la serie o a uno como espectador que esto suceda.

En definitiva, esta serie podría representarse en la voz monocorde de su extraordinario personaje de Paulina: una cosa insólita y anómala, donde los sentimientos se expresan ostensiblemente pero siempre con un mismo tono, al que además es difícil tomarse en serio, pero a su vez resulta imposible no reconocerle originalidad y enormes méritos.
Sí señores, La casa de las flores es una de las grandes series del año, y una de las propuestas más creativas del mundo de las series del 2018. Al fin y al cabo, la característica que la define (más allá de su éxito) tiene mucho menos que ver con el placer culpable y mucho más con la excelencia, la inteligencia y la sofisticación de pensar y crear sin necesidad de demoler. Debería tratársela con el debido respeto, y en ciertas ocasiones, hasta con la debida reverencia que merece.

Comentarios