La desaparición de Madeleine McCann (The Disappearance of Madeleine McCann) 
Reino Unido, 2019, 8 episodios de 60′  
Creada por Chris Smith

Elige tu propia verdad

Por Rodrigo Seijas

El caso que aborda La desaparición de Madeleine McCann incluye una doble pesadilla íntima y social: la ausencia súbita de una niña británica, casi a la vista de sus padres durante unas vacaciones en un pueblo de Portugal; y una investigación caótica, que involucra a distintas fuerzas y dispara múltiples hipótesis, sin poder llegar a una resolución. Teniendo en cuenta esto, el andamiaje que construye la serie documental de Netflix es también ecléctico y hasta caótico, porque en realidad es una construcción constante, un avanzar y retroceder sobre distintas vías cuyo único punto en común parece ser el desconcierto.

Es que la operación narrativa (pero también estética) que realiza La desaparición de Madeleine McCann puede parecer lógica, pero implica numerosos riesgos: aun sabiendo que debe contar un caso de trascendencia mundial, aborda la historia de forma lineal y cronológica, día a día (aunque luego se acumulen las semanas, meses y años), como dando por sentado que el espectador no conoce nada sobre el tema. Por eso los primeros episodios tienen una atmósfera plenamente emparentada con el thriller y el policial, con suposiciones que cambian con apenas horas de diferencia. Lo que empieza con una desaparición casi sobrenatural, con a lo sumo un par de testigos poco confiables y ningún sospechoso obvio, va llevando a toda clase de suposiciones: que la secuestró un vecino que se mostraba solidario con los padres, en asociación con un informático; que se la llevó algún pedófilo que rondaba la zona; que los padres la mataron por accidente, ocultaron el cadáver y montaron una mascarada frente a los medios y la policía; o que detrás de todo el evento hay una red de pedofilia que opera a escala mundial y en los rincones más oscuros de la web. 

Esa maquinaria de enigmas y posibles respuestas que despliega la serie funciona a la perfección, porque los testimonios –de policías, investigadores, periodistas, activistas, amigos, allegados, acusados y acusadores- que se van mostrando concuerdan y se retroalimentan con cada vuelco en la investigación. El espectador es llevado de las narices por cada hipótesis y eso le permite a la serie coquetear incluso con los climas de horror, particularmente en el final de un episodio donde los ladridos de un perro cobran características escalofriantes. De hecho, en muchos pasajes La desaparición de Madeleine McCann funciona como una actualización de Los sospechosos de siempre (Bryan Singer, 1995) en clave realista, serializada, institucional y social: nos muestra cómo el relato es una materialidad plagada de omisiones y manipulaciones, una construcción que muchas veces tiene la fortaleza de un castillo de naipes, pero en la que finalmente elegimos creer, a todo o nada, blanco y negro, sin grises posibles. Incluso ese análisis sobre la narración y las múltiples verdades que acarrea va por el lado de las responsabilidades: de los padres y compañeros de vacaciones con sus explicaciones confusas y contradictorias, pero también presionando para que se sepa qué pasó realmente con Madeleine; de las fuerzas policiales portuguesas retorciendo las reglas a su antojo, siempre para cubrirse (hay tácticas que despliegan que son dignas de la policía Bonaerense); de investigadores externos que hacen suposiciones en base a prejuicios más que a datos concretos, pero luego son capaces de hacerse cargo de sus equivocaciones; de los medios como actores que producen versiones propias aunque muchas veces lo único que hacen es reproducir conjeturas ajenas; y de la propia sociedad (con las redes sociales como combustible indispensable), que cambia de opinión con una facilidad asombrosa o la mantiene a rajatabla cuando toda evidencia apunta en sentido contrario.

En ese juego de armado y desarmado de relatos, de una cronología histórica que da numerosos volantazos, La desaparición de Madeleine McCann consigue incomodar al espectador en lo que concierne a su credulidad, a su necesidad de aferrarse a cualquier respuesta –la que sea- en pos de confirmar sensaciones previas o simplemente tener una explicación, porque incluso la rigurosidad del método científico pareciera requerir de grados de fe lindantes con lo religioso: todos queremos creer en algo, porque ese acto de creencia en una verdad propia también implica la pertenencia a un colectivo. En todo caso lo que no termina de cimentarse es un acto reflexivo por parte de la misma serie sobre cómo construye su propio sistema de creencias, lo que explica que los últimos episodios –cuando la producción ya eligió su propia verdad y posicionamiento respecto a los hechos- sean los menos interesantes y atractivos, a partir de cómo caen en un tono algo sentencioso. Eso se ve particularmente en la presencia-ausencia de los padres de Madeleine, que aparecen a través de registros mediáticos previos, pero nunca frente a las cámaras del documental, ya que no aceptaron ser entrevistados. Los vemos pero no los vemos, están cercanos y a la vez lejanos, elegimos creer en ellos solo en la medida que nos permite la serie y la empatía no llega a ser total, porque está condicionada por las elucubraciones previas sobre su accionar. 

Sin embargo, aun con sus desniveles, La desaparición de Madeleine McCann nos interpela de manera universal sobre las respuestas que queremos encontrar cuando la verdad nos elude o nos pone en lugares embarazosos. Pienso en casos nacionales como el de Nisman o el de Santiago Maldonado, en cómo ya se construían hipótesis inmodificables cuando todavía no había evidencias concretas o incluso cuando todo indicaba que los hechos eran todo lo contrario a lo inicialmente pensado. Lo más inquietante de la serie es el modo en el que nos muestra cómo las mentiras pueden convertirse en verdades desde la plena participación colectiva: la creencia es un acto voluntario y su componente esencial es la fe. Y ya se sabe: la fe mueve montañas. 

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