Living with Yourself
EE.UU., 2019, 8 episodios de 26′
Creada por Timothy Greenberg
Con Paul Rudd,  Aisling Bea,  Desmin Borges,  Karen Pittman,  Zoe Chao,  Joseph Bessette, Rob Yang,  Emily Young,  Gopal Lalwani,  Eden Malyn,  Roger Anthony, Adam Butterfield,  Clark Carmichael,  Ginger Gonzaga,  Peter Grosz,  Kelvin Hale, Michael Patrick Hart,  Becca Lish,  Collin Meath,  Larry Petersen,  Ruibo Qian, Gabrielle Reid,  Daymien Valentino

Abrir el juego

Por Luciano Salgado

No se me ocurren cosas más felices que recordar las películas en las que trabaja Paul Rudd. Posiblemente no sea el único en esta revista (sino chequeen esta admirable nota de Tomás Carretto escrita algunos años atrás con motivo del #DossierRefugio), pero no me preocupa. Por eso cuando me enteré que en octubre se venía una nueva serie y que tenía al bueno de Paul como protagonista rutilante no lo dudé ni un segundo: “es mía”. Y el mismo día en el que la subieron a Netflix la vi en continuado (algo que no es imposible ya que son 8 capítulos cortos, por lo que en menos de cuatro horas había finalizado) y cuando la terminé me quedé con un vacío que vaya uno a saber de dónde salió. Te odio, Paul Rudd. Comencemos.

La expectativa de que la serie jugara al juego de los dobles y del fantástico y sus coordenadas era un punto de partida atendible pero debo decir, a esta altura, un poco remanido. Vimos una y mil veces películas y series sobre el desdoblamiento y sus metáforas. Sobre los horrores de la desindividuación y sobre las formas de pensar la alteridad. Y como que a esta altura insistir sobre lo mismo no supone otra cosa que una inevitable pereza intelectual. Por eso el desafío de Living with yourself no es otro que el de lograr darle media vuelta de tuerca a esa vagancia, a esa narrativa de lugares comunes. Por eso el centro no parece jugar en torno al enigma de la duplicidad sino en relación a los problemas derivados de la duplicidad misma, como si en alguna forma la serie aceptara como posible ese desdoblamiento y lo hiciera formar parte del juego. Ahí, por tanto, hay un núcleo de entrada posible a ese mundo de lugares comunes que el concepto del doppleganger nos ha legado.

Cuando veía esta serie no podía dejar de pensar en un conjunto de películas chiquitas, que juegan con las paradojas pero que ponen el foco en las consecuencias de esas paradojas específicas. La primera que se me venía en mente era esa maravilla llamada The one I love, película en la que una pareja en crisis decide hacer una visita a una casa de fin de semana hasta que encuentra que esa casa en particular lidia con una que está pegada a ella…y habitada por dos mejores versiones de si mismos. Lo curioso es que en esta película esas versiones no contruian un dilema cósmico, metafísico, ni un cuestionamiento a la lógica del sujeto como supo hacer la ciencia ficción blanda durante décadas. No: el problema comenzaba a partir de esas duplicaciones pero habilitaba coordenadas distintas de entrada a las que el género nos suele acostumbrar. Más bien, la sensación era la de estar frente a un drama doméstico camouflado. Bueno, algo de eso retornó a mi cuando la serie de Paul Rudd me mostró sus cartas: no, no estamos ante una serie de conflicto central con el doble, sino ante algo más. El problema es qué es eso otro que la serie promete.

Living with yourself necesita desmarcarse, por lo tanto sus capítulos apuntan a una estrategia que hasta cierto punto sirve pero con el paso del tiempo se vuelve reiteración y estilo. No sé necesariamente si esto es bueno o malo, pero lo cierto es que la serie no oculta el mecanismo sino que lo exhibe orgullosamente: una misma situación vista desde dos perspectivas distintas, desde dos variantes distintas de un mismo protagonista clonado y sobreviviendo a su muerte por error, teniendo que compartir su vida con su clon. El punto, afortunadamente, es que esa premisa tiene un punto de partida tan banal y mínimo que hace que lo que verdaderamente importe sea el componente humano. Desde esa elección la estructura parece adquirir sentido plenamente: las idas y vueltas, los cambios de perspectiva, la contraposición de puntos de vista dicen menos cosas sobre el presunto género aludido que sobre el componente humanista que la serie permite entrever: siempre vamos a sentir que nos falta algo para ser medianamente felices, por lo tanto siempre el imaginario va a ser el terreno de las pesadillas y de los deseos frustrados.

Pero Living with yourself es también un terreno pleno y feliz para que Paul Rudd muestre sus dos mejores caras: por un lado la del boy next door que supo hacer célebre al inicio de su carrera, es decir, la cara del éxito, de lo cool, de aquello que no parece exhibir errores (la flawless face); por otro la cara del Rudd que se hizo más conocido a partir de Judd Appatow, que es la cara del fracasado, la cara del tipo al que nada parece salirle bien, la cara de la miseria cotidiana, de la alienación y la pesadumbre de la vida diaria. Bueno, en esta serie Rudd parece contar con el terreno para llevar adelante todas las variaciones que le conocemos, incluída la del humor físico del cine de Adam McKay y David Wain.

Pero, claro, el tema es qué sucede cuando el recurso se agota porque la misma iniciativa no sabe cuánto más puede narrar. De ahí que para pensar en la serie tengamos que imaginar a un auto con problemas de embriague, un auto al que no le entran los cambios o al menos un auto que no parece poder cambiar de ritmos. Y si algo sufre la serie es este problema: agota un mismo ritmo, no parece poder cambiar de registro y pone todo el peso, algo dificil de sobrellevar, sobre su actor principal. Pero claro, Rudd no es Jim Carrey. Es un gran actor pero no es capaz de sostener tantas variables sin ayuda, en un estricto unipersonal. Por eso algo de lo que se consigue en los primeros capítulos se pierde en el final de Living with yourself, en parte porque nos dejan de interesar los personajes y su devenir. Y el único personaje que parece sacarle verdadero partido es el de Rudd por partida doble. Pero el resto de los que pululan por la serie (incluyendo a la deslucida esposa) no logran encontrar un horizonte que genere empatía. Si bien el final es triste y melancólico, pero también feliz, la sensación es que quedamos a mitad de camino de algo que pudo haber sido mucho mejor que un ruddxplotation pero que al final del camino terminó apostando todas sus fichas al actor de Ant-Man.

Amamos a Paul Rudd, si. Pero justamente porque lo amamos es que nos preocupa que no se lo cuide como es debido. Tanto Appatow, como McKay, como los distintos directores que contaron con su presencia en distintas comedias supieron hacer de PR una pieza fundamental de un conjunto. Lo extraño es que en este caso primó el abandono. Es curioso entonces: a veces la mejor manera de expresar amor por los personajes no es entregarles el protagonismo más absoluto y preponderante, sino también abrir el juego a otras posibilidades y personajes para, luego si, volver con bríos renovados.

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