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Tiempo de lectura: 3 minutosLoki

Por Rodrigo Martín Seijas

EE.UU., 2021, 9 episodios de 51′
Creada por Michael Waldron
Con Tom Hiddleston, Sophia Di Martino, Gugu Mbatha-Raw, Owen Wilson, Cailey Fleming, Richard E. Grant, Wunmi Mosaku, Erika Coleman, Sasha Lane, Jon Levine, Lucius Baston, Chris Brewster, Isabelle Fretheim, Michael Rose, Anya Ruoss, Lauren Revard, Tara Strong, Philip Fornah, Sarafina King, David A MacDonald, Alvin Chon, Michelle Rose, Ilan Srulovicz, Eugene Cordero, Jack Veal, Deobia Oparei, Aaron Beelner, Susan Gallagher, Alex Van, Derek Russo, Ben VanderMey, Jon Collin Barclay, Jwaundace Candece, Kate Berlant, Josh Fadem, Malerie Grady, Hannah Aslesen, Jordan Woods-Robinson, Daniel Newman, Austin Freeman, Ravi Naidu, Lauren Halperin, Ricky Muse, Hawk Walts, Zele Avradopoulos, Dayna Beilenson, Robert Pralgo, Jonathan Majors

Los problemas del tiempo

Tras Avengers: Endgame y la salida de héroes como el Capitán América y Iron Man, Marvel está entrando en otra etapa y buscando nuevos conflictos, nuevos héroes. Y claro, también nuevos villanos. Obviamente que ese proceso ya había comenzado con Spider-Man: lejos de casa (que cerró oficialmente la Fase 3), WandaVision y Falcon y el Soldado del Invierno, que ya habían dado pistas sobre cómo lo temporal e interdimensional iban a ser factores claves. Pero es con Loki que el Universo Cinemático termina de plantear fuertemente las conflictividades que se vienen, además de un nuevo villano que pueda rivalizar con lo que fue Thanos. Sin embargo, ese recorrido de seis episodios pagó bastantes costos en el camino.

La popularidad de Loki estuvo dada principalmente por su ambigüedad como personaje, además de su carácter trágico: es un villano redimible, pero a la vez irremediable, un tipo con gestos afectivos inesperados que, al mismo tiempo, siempre parece estar condenado a mostrar maldad. Esa humanidad estaba potenciada por la performance de Tom Hiddleston, que supo convertir la interpretación en un sutil tour de force: atravesaba todas las emociones y registros posibles -celos, orfandad, hipocresía, megalomanía, crueldad, ironía, soledad, compañerismo y un largo etcétera-, pero nunca forzando la nota. Y sin tener que explicarse: podría decirse que el Loki concebido por la mente creativa de Kevin Feige, sumado a las visiones de directores como Joss Whedon y Taika Waititi, más la corporalidad de Hiddleston, era una especie de “pasión inexplicable”. Loki nos hacía acordar un poco a la frase de Joe Pesci en El irlandés: “It is what is”. Y estaba muy bien así.

Pero la serie Loki es otra cosa: es de hecho, una búsqueda constante de explicación y justificación de por qué Loki es como es. Y convierte a ese ser pícaro y traicionero, pero aún así querible, en un tipo demasiado conflictuado y culposo. De hecho, hay un juzgamiento casi cruel del personaje a partir de su llegada a esa entidad llamada TVA, que controla las líneas temporales y que lo usará como rueda de auxilio para perseguir a una variante femenina de sí mismo. Desde ahí, pasarán unas cuantas cosas: máscaras que se caen, revelaciones fundamentales para el protagonista y otros personajes, y hasta el amor. La subtrama romántica es posiblemente el conflicto más significativo dentro de la serie, la que procura mostrar el lado más complejo de Loki, y por momentos lo logra. Sin embargo, lo que se impone es la explicación de los sentimientos, una permanente enunciación de lo que le ocurre al protagonista, en una suma de capas sentimentales que, en vez de agregar ambigüedad, le resta, hasta quitarle buena parte de su atractivo como personaje.

Todo ese conjunto de explicaciones para el Loki personaje está enmarcado en otro conjunto -por momentos agotador- de explicaciones de Loki serie, que se la pasa exponiendo oralmente los mecanismos argumentativos y narrativos que la sustentan. Ahí es donde volvemos a la cuestión del principio: si todas las creaciones de Marvel eran un eslabón dentro de una cadena que conformaba un mundo, el desafío constante era poder sostenerse como aventuras en sí mismas, particulares y distinguibles. Como nunca antes, Loki es un instrumento para algo más, una especie de teaser de casi seis horas para lo que viene con la Fase 4. Eso llega al colmo en el último episodio, que incluye la presentación de un villano mediante un diálogo larguísimo y bastante pedante que nos hace recordar a los monólogos de los personajes de Christopher Nolan en El origen o Tenet. A eso se le suma la necesidad -casi pulsional a esta altura- de seguir la agenda de corrección política del presente, con esa inclusión racial, sexual y género entre impostada y solemne. 

El único anticuerpo que sobresale frente a ese armado es el agente Mobius, interpretado por el gran Owen Wilson. Es el único personaje que, aún en los momentos más dramáticos, tensos o de pura explicación, parece tener claro que todo se trata de la aventura y el profesionalismo. Es el que aporta humor y profesionalismo, además de honestidad incluso cuando está haciendo guiños. Representa, en cierto modo, ese Marvel divertido, despreocupado, más ligado al clasicismo que a la ceremoniosidad y el cinismo del presente. Es el que nos brinda esperanzas de que el nuevo rumbo emprendido por Marvel, con sus dilemas temporales, dimensionales y, finalmente, existenciales, no esté dominado por una concepción estilo Nolan del arte de narrar historias.

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