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Tiempo de lectura: 5 minutosMaradona: Sueño Bendito

Por Mariano Bizzio

EE.UU.-Argentina, 2021, 10 episodios de 60′
Creada por Guillermo Salmerón, Alejandro Aimetta, Silvina Olschansky
Con Nazareno Casero, Juan Palomino, Nicolás Goldschmidt, Mercedes Morán, Rita Cortese, Julieta Cardinali, Claudio Rissi, Leonardo Sbaraglia, Darío Grandinetti, Peter Lanzani, Jean Pierre Noher, Laura EsquivelMónica AyosEva De DominiciMarcelo MazzarelloJosé María MonjeNicolás FurtadoGerardo RomanoFernán MirásMartín PiroyanskyDiego GentileFrancesc OrellaRomina RicciFederico D’ElíaDiego Alonso GómezGabriel SchultzLuis RubioJorge SesánSergio BorisMaría OnettoMartin SlipakRiccardo ScamarcioAntonio BirabentMaximiliano GhioneJuanma MuniagurriaOsqui GuzmánMauricio DayubMex UrtizbereaMarina BellatiLuis BermúdezMateo FrancoValentina MartínezCarolina RojasInés Palombo

La celebración

La televisión argentina nunca conoció tanta cantidad de actores de primera exposición (no confundir con actores de primer nivel: se puede tener mucha exposición y estar sobrevalorado o muy baja exposición y ser un gran actor, es una verdad de perogrullo, pero valga la aclaración) juntos para una serie. Poco importa si en papeles proncipales, secundarios, en un simple bolo o como extras. Por algún motivo (estimo que monetario, y porque se trata de la primer serie sobre la vida de Maradona a un año de su muerte…además de ser la única que contaba con directa bendición del ex jugador) vemos a un conjunto de actores que costaba mucho reunir. Tuve que irme a la memoria de el día siguiente al funeral de Néstor Kirchner, transmisión que tuvo programas espaciales en cada noticiero y uno en particular en ese pasquín de propaganda política oficialista llamado 678. En aquel programa se habían juntado todos. O al menos esa es la sensación que uno tenía. Que estaban todos. Aunque quizás, como suele suceder en el panorama del teatro, cine y televisión en Argentina sólo estaban los de primera exposición. Indistintamente el efecto generado era el de la unidad. Aqui estamos todos para despedir a nuestro presidente podría haberse escuchado en aquella ocasión. Pero tampoco fue necesario. La presencia siempre avala lo que las palabras no dicen.

Maradona: Sueño Bendito es una serie avalada por la presencia (curiosamente varios de los que actuan en la serie también estaban en esa tribuna de “artishtas” del olvidable programa de TV). La pregunta que huelga hacerse es otra entonces: qué es eso que la presencia avala? La serie de 10 episodios no se propone discutir ni a la figura ni a los hechos. Tampoco recrearlos fielmente. Tampoco jugar con la historia y con la figura. Lo que hace es lisa y llanamente una reescritura política, utilizando a Maradona como plastilina y trabajando sobre el material con una aplanadora. En este sentido, nada de lo que propone la serie desmitifica, ni exhibe contradicciones de la persona (la pública y la privada). En todo caso construye un nuevo mito acorde a las necesidades tolerables del presente. Los actores, entonces, no son meros instrumentos para llevar adelante la narrativa de la historia, sino que son los avales ideológicos para que se imprima la Historia con mayúscula como sustitución de la leyenda, que es lo que falta, lo que urge en ausencia en todos y cada uno de los diez episodios.

No podemos culpar ( o si, decídanlo ustedes) a una serie pergeñada entre argentinos pero producida por Amazon Prime Video con una mirada netamente internacional por intentar reconstruir una época, una historia y un lugar a partir de los lugares comunes de la representación for export. Villa Fiorito no tiene nada que envidiarle a las calles de la Italia neorrealista de los 50s. Tampoco podemos culpar a la serie por pasar por alto los hechos históricos (modificar la edad de Maradona para que su prueba en los cebollitas calce con la muerte de Perón, cuando es sabido que hubo cinco años de diferencia, solo con el fin de enlazar un mito con el otro, una muerte con una vida). Pero si podemos preguntarnos el por qué de esas manipulaciones, de esas necesidades. Es curioso, entonces: la serie parece apegada a los hechos, pero no lo hace, sino en función de una necesidad político-discursiva. Esa oscilación (acercarse y alejarse de los hechos) es llevada a cabo todo el tiempo. Pero no afecta directamente porque el verosimil nos obliga a continuar el recorrido, como si fuéramos haciendo un chequeo de los hechos año por año, mes por mes, semana por semana. En este sentido nada de lo que se narra tiene un interés narrativo de por si, sino que tiene el interés suplementario de la constatación. Pero…qué constatamos?

Lo que constatamos es, en efecto, lo que sabemos. No solo no hay sorpresa alguna en lo que vemos, sino que nos atenemos a una réplica de un discurso público organizado, armado, sin fisuras (incluso las agachadas y las cagadas del mismo Diego están manipuladas de tal manera que el personaje nunca deja de ser empático y querible). No obstante, con el paso de los episodios constatamos que tampoco hay personajes, sino maquetas que replican especularmente. Con contadas excepciones, casi no hay evolución de los personajes, como si no hubiera película sino como si estuviéramos frente a una sucesión de instantáneas. Curiosamente esa pretensión no provee a la serie de una homogeneidad narrativa, sino que la sume en altibajos narrativos que dependen más de nuestro interés moroboso por corroborar que por la apropiación hecha sobre la persona para inventar un personaje (algo que si sucedió en la primer temporada de Luis Miguel, La serie).

El personaje, hecho en arcilla o en plastilina, poco importa si redunda en todos y cada uno de los lugares comunes del progresismo local (que en Argentina adquirió la cara del kirchnerismo, como si esa concepción política hubiera sido apropiada por ese grupo político y fuera inaccesible para cualquier otro). Por lo pronto es un personaje que ha sido manipulado (insisto: destruyendo las notables contradicciones ideológicas que caracterizaron a Maradona), pero que además ha sido certificado por los presentes. La operativa es triple: la historia se cuenta a medias, a veces respetándose, a veces no, la persona es re-mitificada bajo una perspectiva que anula sus contradicciones y, como cierre, es contada por un coro de representantes del progresismo biempensante. El resultado no puede ser sino curioso: el relato del jugador militante, del hombre comprometido, de víctima de los poderes fácticos (observen con atención la mención del apellido Macri cuando se habla de la fiesta en la que Diego consume las drogas que casi lo llevan a la muerte en el año 2000), del héroe de base peronista se vuelve imposible, insostenible, precisamente porque no hay elementos reales con los cuales construir un vínculo con lo que estamos viendo mas que por el mero interés de corroborar.

De un momento para otro la serie se nos vuelve burocrática, como si se tratara de un trámite. Ojo, no quiere decir que aburra por ello. No no: lo que exhibe es una burocracia narrativa de la que no logra despegarse. En este orden de cosas el mito destruye a la persona que pudo haber sido. Y anula al (a los) personaje(s) que la serie pedía. El resultado es el de un circo de condescendencia, en donde nadie es responsable de nada, en donde los hechos de la vida del mejor jugador de fútbol de la historia sólo pueden comprenderse por medio de los abusos de poder, los aprovechamientos sobre su figura y otros demases. Acaso esta era la versión que el mismo Maradona quiso dar sobre si mismo? Nunca lo sabremos. Por eso sólo podemos hablar de lo que existe, de lo que está, de los hechos. Porque aunque los neguemos están ahí, para volver a ellos. A veces la historia lisa y llana tiene más furia y sonido. El problema es que las contradicciones no son muy amigas de los clubes de pertenencia ni de las celebraciones.

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