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Tiempo de lectura: 3 minutosMare of Easttown

Por Pedro Gomes Reis

EE.UU., 2021, 8 episodios de 50′
Creada por Brad Ingelsby
Con Kate Winslet, Evan Peters, Sosie Bacon, David Denman, Guy Pearce, Neal Huff, Cameron Mann, James McArdle, Ben Miles, Patrick Murney, Julianne Nicholson, Angourie Rice, Jean Smart, Cailee Spaeny, John Douglas Thompson, Joe Tippett, Justin Hurtt-Dunkley, Anthony Norman, Chinasa Ogbuagu, Robbie Tann, Debbie Campbell, Patrick McDade, Jeffrey Mowery, Phyllis Somerville, Kevin D. Benton, Cody Kostro, Eric T. Miller, Dave Ferrier, Rodney Jones, Cory Kastle, Ed Aristone, Chris Bruno, Cody N. Carter, Ernest DiLullo Sr., Bella Dontine, Hugh Dugan, Allen Fawcett, Sasha Frolova, Karle Gwen, Dominic King, Terez Land, Dani Montalvo, Vincent Riviezzo, Michelle Santiago, Bill Tomek, Vincent Yacovelli, Brad Ingelsby, Bob Leszczak, Sonya Giddings, Sophia Zalipsky

Intersecciones, regulaciones

El aliento balzaciano de la serie de Brad Ingelsby no es nuevo. Me atrevería a decir más bien lo contrario: nos lleva casi dos siglos atrás, en donde las narrativas realistas, impregnadas de interconexiones evidentes en el contexto de acción, eran la regla. En este sentido, si ponemos atención, la estructura de Mare of Easttown puede no ser novedosa, pero tampoco juega a ser retro, estrategia verdaderamente destructiva que el mundo audiovisual del cine y la tv han asumido para retener al pasado, para mantenerlo vivo con respiración artificial mediante las diversas estrategias discursivas que la teoría ha brindado para que cualquier atentado contra la tradición sea “un metarelato donde la intertextualidad provee un mapa cognitivo de conexiones culturales” y bla bla bla.

No. También hay relaciones productivas con el pasado, relaciones que afortunadamente no nos condicionan para que podamos comprender que la obra que vemos pertenece a un tiempo específico, como el presente. En ese orden de no quedar anclada a ningún tiempo es que merece la pena que celebremos la existencia de MOE, que no va a cambiarnos la vida, es cierto. Pero que por lo pronto se erige con la fuerza de una ética inclaudicable: creer en los personajes antes que en las reescrituras de un género (en este caso el policial y el melodrama doméstico) o en las alusiones a estrategias narrativas del pasado (el aliento balzaciano al que me refería en un inicio no es coral, pero si expresa la capacidad del escritor francés, especializado en construir complejos y sofisticados sistemas de interrelaciones entre los personajes).

MOE comparte el interés de otros policiales por llegar al fondo del asunto. Pero tampoco tanto. Porque quizás lo que más le interesa, en el fondo, no es la revalación de ninguna verdad guardada sino dar testimonio de lo que la producción y circulación del secreto produce en una comunidad. Desde esa perspectiva el personaje de Winslet (gran y entrañable personaje, que en conjunto con el de su madre y apenas algún par más sostiene toda la serie) es el gran articulador de las relaciones en el seno del espacio que compone la mencionada comunidad de Easttown. Su equidistancia discreta, su duelo silencioso, su condición de implosionar antes que explotar la convierte en el material perfecto para que todos los integrantes de la comunidad la atraviesen. Por eso no parece fuera de lugar pensarla como un verdadero cruce de caminos. De hecho tampoco es casual que esa clase de espacios prevalezca a lo largo de la serie: los cruces en el pueblo, los bosques en las afueras, los altillos en los interiores. Todos, pero absolutamente todos los espacios determinantes que presenta la serie son una clave geométrica del dolor de los personajes.

Por eso el centro de ese sistema de relaciones invisibles recae en Mare (recordemos que el nombre rememora a la etimología de pesadilla), que parece ser aquella que carga con todos y cada uno de los espantos del lugar, como si en su persona descansara un vortex, un agujero negro de horrores y dolor con los que el personaje debe lidiar. En este sentido debemos pensar en la clave cristiana, y en particular en la irlandesa, que es aquella que ordena el calvario de propios y ajenos en ese pueblo en el que todas las miserias se interconectan. Y es que sólo la acción del quien estuvo en el punto más alto (recordemos que Mare fue una celebridad local que dio un triunfo al equipo de básquet de la comunidad, triunfo nunca repetido), en su condición heroica, puede conectar con el punto más bajo (tengamos en cuenta que los cadáveres y los indicios de los asesinatos siempre remiten al rio en el que se suceden los crímenes). Ese recorrido es el padecimiento de un martririo personal, en el que un sujeto se sacrifica y se expone (incluyendo su propio cuerpo) en pos de un colectivo. Ese calvario cristiano (afortunadamente no de manera enfatizada), quizás sea el punto menos interesante de una serie que, cuando confía en sus personajes y en su centro (Winslet) expresa la emoción humanista con mayor claridad que cuando se tienta con establecer un sistema de correlaciones morales normativas, reguladas.

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