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Tiempo de lectura: 2 minutosModern Love – Segunda temporada

Por Pedro Gomes Reis

Modern Love 2
EE.UU., 2021, 8 episodios de 35′
Creada por John Carney
Con Garrett Hedlund, Minnie Driver, Kit Harington, Anna Paquin, Miranda Richardson, Gbenga Akinnagbe, Lucy Boynton, Zoe Chao, Dominique Fishback, Marquis Rodriguez, Susan Blackwell, Tom Burke, Maria Dizzia, Grace Edwards, Kathryn Gallagher, Telci Huynh, Nikki M. James, Aparna Nancherla, Larry Owens, Zane Pais, Isaac Powell, Ben Rappaport, Milan Ray, Jack Reynor, James Scully, Zuzanna Szadkowski, Lulu Wilson, Don Wycherley

El amor no existe y la muerte tampoco

La primer temporada de Modern Love (extraordinariamente reseñada, como pueden leer en esta nota) acometía una pequeña gran trampa: nos prometía formas distintas de los modos convencionales de representación del amor romántico pero en el fondo siempre estaba presente el coqueteo con las formas clásicas. Porque, si bien esa primer temporada no era cínica, por lo pronto si se proponía una mínima distancia con las posibilidades que el género comedia romántica tenía para entregar.

En la segunda temporada el juego parece respetar un poco más la presunta consonancia con el nombre. Pero tampoco tanto. Nuevamente estructurada en ocho episodios, pero en esta ocasión sin interrelaciones visibles, claramente pertenecientes al formato antológico (ergo, autoconclusivos), lo que narra esta segunda tanda de la serie basada en los artículos publicados en The New Yorker en buena medida se aleja del centralismo neoyorkino y amplía el mapa hacia un formato cosmopolita un tanto más europeizante.

Indistintamente del interés que nos genere cada una de esas historias (algunas son más inspiradas, pero en general lo que prevalece es un tono medio que no permite que empaticemos tan fácilmente como en la temporada inicial), en esta segunda temporada la perspectiva apunta en una misma dirección: orientar el interés al las formas del amor no romantizado, sino a un amor, por llamarlo de alguna manera, más prosaico y coloquial. Porque si algo permite entrever la serie es que si los tiempos cambian, las cosas también deben adaptarse a los nuevos tiempos. Y el presente pide, para el nuevo sistema de consumos, desidealización, vidas “reales” y personas “comunes” (con todo lo complejo de semejante postulado). Por esa clase de motivos, lo que predomina en esta segunda temporada, cada vez que el amor romántico puede emerger, es una señal de alarma, expresada particularmente en la autoconciencia que nos indica “no te tomes esto muy en serio”.

Con sus ocho episodios en los que el amor romántico es sujeto de duda siempre que no medie alguna clase de patología, el amor sobre el que esta segunda temporada hace foco es uno más cercano al compañerismo, un amor más bien amistoso y desapasionado, uno de esos amores en escala menor pero que acompañan en los malos momentos: duelos, enfermedades, traumas preadolescentes, soledades en pandemia, infidelidades, ghosteos son el corolario de estos amores modernos. Que en realidad siempre existieron, valga decir, pero que aquí adquieren el rol de acolchonar cualquier superficie artificiosa en la que el amor hiperbólico y bigger than life pueda hacer su aparición.

En alguna medida, MLS02 pertenece a este presente pero también se debe a un público criado en el imaginario que dominaba el género hasta hace una década (imaginario que supo reinar durante los 90s, por eso cada tanto se alude circunstancialmente y de manera elíptica a esa década como código: un guiño para el espectador que se siente como sapo de otro pozo en este proyecto de comedia romántica fría), por eso sigue jugando por dos vías.

Es probable que 2022 nos encuentre con una versión finalmente actualizada, en donde todos los rasgos del mercado potencial se vean representados. Y ahí la agenda de concesiones a las formas de consumo del amor en tiempo presente termine de decir lo que la serie nunca dice pero con lo que amenaza: eso del amor romántico es un invento patriarcal. Eso de “te amaré hasta la muerte” es una animalada que justifica los deseos enfermizos. Porque al final de cuentas el amor no existe y la muerte tampoco. Tan solo el presente.

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