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Tiempo de lectura: 5 minutosNisman: El fiscal, la presidenta y el espía

Gabriel Santiago Suede

Nisman: El fiscal, la presidenta y el espía
España, 2019, 6 episodios de 60′ aproximadamente
Creada por Justin Webster

Corea del centro no existe (es del Norte)

Por Gabriel Santiago Suede

A veces ser extranjero presupone una particular ventaja: no tenés que cruzarte diariamente con tus vecinos, no le debés explicaciones a nadie, sos ajeno al contexto que condiciona y, rasgo no menor, solés tener mayor libertad que el promedio para opinar sin que por ello corra una guadaña por tu cabeza. Más si vivís en un país como Argentina, propenso a la psicopateada constante ante las opiniones del otro. Ahora bien, extranjería no es neutralidad, sino libertad dada por la salida de la coyuntura. El problema emerge, por tanto, cuando esa extranjería se vuelve un ejercicio de pies caminando sobre cáscaras de huevo. Porque en esas condiciones la extranjería se transforma en otra cosa: es menos un asunto de precaución analítica antes que un acto de cobardía disfrazado de equidistancia.

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Recuerdo, no sin cierta molestia, cada vez que aparece en escena Jorge Bergoglio (en mi ateísmo me niego a llamarlo Papa: todos somos civiles y lo llamo como civil, lo único que falta, que los ateos rindamos pleitesía nominal a la curia), a un chiste espantoso por lo preciso. Mientras escribo esto lo busco denodadamente por internet pero no aparece. Miento: acabo de encontrarlo. En el chiste en cuestión, como podrán ver, Bergoglio funciona como negociador entre dos falsas partes. Una de ellas es portadora del poder, de dinero, de la fuerza, de la opresión a la constitución y de la decisión sobre las libertades de los demás. Del otro lado las víctimas, que son obligadas a sentarse en la mesa, de igual a igual, con los victimarios de turno.

Hay algo de esta espantosa falsa neutralidad que emerge de la serie Nisman: El fiscal, la presidenta y el espía, que no se propone negociación alguna entre pares asimétricos (para hacer negociar a asimetrías están los perversos, por eso ahí está Bergoglio), es cierto. Pero que si asume un lugar de neutralidad que incluso contradice en buena medida lo que los mismos testimonios arrojan. Como si en alguna medida el mismo material se revelara, se negara a ser convertido en carne de neutralidad. Quizás en torno a esa tensión es en donde mejor funciona este documental hecho por un extranjero pero con una pretensión de neutralidad lo suficientemente peligrosa como para no asumir una mirada definida sobre los hechos investigados (algo extraño para una serie de Netflix, por cierto).

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Los seis capítulos que componen la serie no se centran pura y exclusivamente en la muerte de Nisman (digo muerte ya que la serie se encarga todo el tiempo de no asumir una posición en torno a si fue asesinato o suicidio), sino que van y vuelven entre 1994, año del atentado contra la mutual judía AMIA y 2017, año en el que fueron realizadas la mayor parte de entrevistas que componen los testimonios. En este plan de idas y vueltas en cierta medida la serie busca darle un sustento argumental a su narrativa, pero al mismo tiempo (en particular cuando se concentra en dar cuenta de la vida de Nisman, su formación y sus pasos en la justicia hasta llegar a ser fiscal exclusivo de la causa del atentado) algo de esto dispersa narrativa y argumentativamente lo que la serie podría afirmar. En este punto uno tiene ciertas dudas de el posicionamiento frente al crimen (la palabra es mía, claro) de parte de los responsables de este programa. Y quizás se deba a que la tentativa de abrir tanto el paraguas termina siendo la perfecta excusa para no profundizar en nada. Si, yo sé que queda lindo y elegante decir que es mejor hacer preguntas antes que dar respuestas. El problema es que el modo en el que elige la serie hacerse esas preguntas trae implícito respuestas tentativas. Al mismo tiempo entiendo que la serie no se propone hacer periodismo de investigación, pero tampoco parece particularmente interesada en profundizar las hipótesis. Acaso queden abiertas algunas puntas más definidas que otras, pero justamente esas puntas emergen del discurso de los entrevistados, de su tendencia a hablar de más, a trastabillar, a decir con los gestos lo que las palabras no dicen.

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Es en el costado involuntario del discurso de los entrevistados (los más interesantes son la fiscal Fein, el ex agente de la SIDE, Jaime Stiuso, el sospechado por la familia de Nisman y amigo del último, Lagomarsino aunque también es muy interesante el testimonio de Héctor Timerman, previo a contraer la enfermedad que causara su muerte, aunque también algunos periodistas -si puede llamárselo de esa forma- como Tuni Kollman) el que vuelve a la serie hacia el terreno más complejo del policial. Y esto se debe a que todos y cada uno de los entrevistados es un verdadero show de gestos. Como si el rostro de cada uno funcionara como los barrotes de una carcel mental, la microgestualidad asoma entre los barrotes cuando el discurso queda en evidencia por lo limitado del verosímil presupuesto detrás de las palabras. Fein intentando desmarcarse todo el tiempo de sus lapsus (y generando nuevos) en favor del gobierno de turno al momento del crimen, Stiuso jugándola de psicópata pero al mismo tiempo mostrándose endeble cuando se le repregunta sobre datos clave, Lagomarsino haciendo honor a su apellido y planteando una infinidad de lagunas discursivas en su relato al que busca llenar con silencios y miradas necesitadas de aprobación, Timerman exhibiendo su carácter de operador sin escrúpulos desde la posición de víctima y Kollman construyendo el rol de un periodista objetivo pero que no hace más que afirmar la necesidad de plantar versiones insostenibles. Todos y cada uno de ellos parece comportarse como los personajes del juego (y película) Clue, en donde cada uno de los presentes podía asumir alguna forma de culpabilidad. Sea como fuere, en ninguno de los casos de los entrevistados nos quedamos con certezas sino que son sus falencias discursivas las que instalan las dudas que la misma serie no logra con su falsa equidistancia.

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Sostiene cierto dicho que, frente a la asimetría de poderes (entre víctima y victimario), ponerse en el centro es, fundamentalmente, una manera solapada (y no tanto) de defender a quien ostenta mayor grado de poder. En este sentido, toda equidistancia, toda neutralidad planteada entre víctima y victimario está teñida de una radical parcialidad. Esto no convierte, en este caso en particular, a esta serie documental en una serie defensora de la teoría del suicidio (que claramente ataca y construye a la víctima como su propio victimario), pero si hace lo suficiente como para que en la duda instalada, optemos por la neutralidad papal (ay, tan Amnesty con los populismos latinoamericanos y sus muertos silenciados!). Y no, más allá de la opinión que pueda tener cada uno sobre el tema, los hechos policiales no son actos de fe, no son cuestión de creer o no creer. Si encima se trata de crímenes en el seno de poderes el estado, menos que menos. Y las pruebas que la misma serie exhibe con solidez y transparencia sumada a los testimonios, deberían ser más que suficiente información como para evadirse de la peligrosa neutralidad. No obstante aquí estamos, preguntándonos por las dos hipótesis, mientras los asesinos, al menos desde hace cuatro años, siguen sueltos. Es curioso preguntarse por qué algunos testimoniales faltaron a la cita. Los hechos políticos de 2019 quizás nos den una pista. Mientras tanto las series pergeñadas en una simbólica Suiza seguirán circulando. Por suerte el factor humano permite ver incluso más allá del más neutro de los grises.

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