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Tiempo de lectura: 5 minutosNormal People

Tomás Carretto

Normal People
Reino Unido, 2020, 12 episodios de 25′
Creada por Sally Rooney, Alice Birch, Mark O’Rowe 
Con Daisy Edgar-Jones, Paul Mescal, Sarah Greene, Olga Wehrly, Sebastian De Souza, Leah McNamara, Laurence O’Fuarain, Sean Duggan, India Mullen, Lancelot Ncube, Eanna Hardwicke, Eliot Salt, Desmond Eastwood, Claire O’Donovan, Sean Doyle, Kwaku Fortune, Killian Filan, Niamh Lynch, Fionn O’Shea, Liz Fitzgibbon, Fiona Browne, Lauryn Canny, Megan McDonnell, Slaney Power, Martina Babisova, Darragh Byrne, Bláithín Mac Gabhann, Meadhbh Maxwell

física, química

Por Tomás Carretto

no desearía ser más veloz
ni más vivaz que ahora si estuvieras junto a mí Oh tú
fuiste el mejor de todos mis días

Frank O’Hara

En el mundo de la ficción hay historias buenas, hay malas y hay también regulares (la enorme mayoría). Hay unas pocas obras maestras. Pero más extraño aún es encontrar piezas donde la química entre los personajes, la pareja protagónica, traspase la pantalla, el tiempo, y a la propia historia. Desbordando incluso aquella oda de Suede al amor joven en “The Chemistry between us”: And maybe we’re just kids who’ve grown/ And maybe not/ And maybe when we’re on our own/ We don’t have much. Normal people (Hulu/BBC Three), la miniserie dirigida por el veterano Lenny Abrahamson y basada en el libro homónimo de Sally Rooney que también coescribió el guión, es quizás (maybe) más. Mucho más. Normal people es mi obsesión dice Carolina Amoroso y no podemos más que acordar con ella. Un fenómeno que escapa al vulgar fanatismo y que se transforma en una obsesión creciente. En ese regusto por lo épico de su cuento. Porque es tanta la euforia y el entusiasmo que provoca esta serie luminosa como pocas, que uno no puede menos que recomendarla con una vehemencia desaforada.  Vean Normal People y sean muy felices. Van a pasar los años y se va a seguir hablando mucho de esta miniserie de 12 episodios ninguneada recientemente en los Emmy’s y de sus dos protagonistas (la dulce y delicada Daisy Edgar Jones, y un irlandés caradura llamado Paul Mescal que debuta en esta serie). Daisy es Marianne: bella, rebelde, inteligente y frágil. Paul es Connell, un gigante con alma de niño. Mezcla de Yeats y de John Wayne. Poeta en gestación y grandote sensible y noble al que le cuesta expresarse.

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Hay en esta miniserie cierta similitud con la inolvidable “Un amour de jeunesse” (Un amor de juventud, 2011) la película francesa de Mia Hansen Love. Y es que Normal People sería algo así como la versión británica de aquella. Con su estilo poético, su estética celosa y su visión de mundo luminosa y melancólica. Connell y Marianne (los amantes de Sligo) podrían ser los Camille y Sullivan (la pareja inolvidable de UADJ) irlandeses. Como decía la propia Daisy Edgar Jones tomamos historias como Blue Valentine (2010) de Derek Cianfrance (otro film inolvidable) para inspirarnos a la hora de interpretarlas. Para mas, esa concentración absoluta de la ficción en prácticamente la pareja protagónica refuerza el efecto y nos deja como espectadores levitando en una suerte de autogoce: El einfühlung, dicen los alemanes que tienen la maestría de nominar cada cosa. Gustavo Noriega dice que Connell y Marianne son las mejores personas del mundo y tiene razón. Y eso en el medio de esta pandemia calamitosa vale más. Mucho más. 

Como decíamos esa decisión feliz de condensar y privilegiar el mundo interior de la pareja protagónica nos lleva a esta suerte de radiografía amorosa, todo un hito, en lugar de la ficción corriente, de la trama teleológica perfectamente articulada que se pierde y queda solamente en la anécdota.

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Pero Normal People, con su minuciosa psicología y una historia que parece simple pero que es grande porque además tiene en sus capas una intertextualidad poderosa, donde por momentos la fábula novelada tiene esa sensibilidad a la Jane Austen, sensibilidad por esas historias de amor intrincadas, que superan mil barreras y estragos, barreras y estragos que también están presentes en el glorioso Charles Dickens porque, a grandes rasgos, su fabula moderna está también presente aquí como una Grandes esperanzas remixada. Así y todo la serie también tiene la virtud de abandonar ese punto de vista univoco, punto de vista que podríamos denominar vulgarmente asociado a lo masculino (Dickens) y a lo femenino (Austen) y suplantarlo por un punto de vista compartido entre los dos amantes que es bastante más poderoso en su efecto, logrando por momentos invertir ese rol asignado y provocar lo paradojal: es Connell el del conflicto interno, el que tiene que luchar en silencio por ese amor austiniano, el que por momentos hace todo el esfuerzo a pesar de sus errores y es Marianne la del derrotero físico y de la que a fuerza de golpes y peripecias logra por fin esa felicidad conjunta: ese cenit dickensiano. Marianne y Connell se extrañan. Se anhelan. Así, cuando no están juntos somos testigos de cómo ambos sufren enormemente. De cómo se sienten completamente desamparados, enmascarando con lo que tienen a mano su carencia. Y el conflicto y los malos entendidos que se generan -en los momentos cuando por fin logran encontrarse- producen en los dos una ansiedad tortuosa que a veces se resuelve de la peor manera. ¿Por qué no podemos ser felices? ¿Por qué no podemos animarnos a serlo? Es lo que también se pregunta el espectador, esperando que Connell y Marianne se animen a vencer sus propias trabas y prejuicios. Recién cuando los personajes rompen con todas las ataduras exteriores es que realmente pueden expresar lo que sienten el uno por el otro. Porque Connell y Marianne se quieren, se aman, se cuidan y se desean desde el minuto uno. Las escenas de sexo, otro protagonista de esta historia, son de una ternura y una pasión centellante.

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El deslumbramiento está, la química fulgurante, la sociedad luminosa que establecen incluso en la amistad. Con miradas y corazones que tienen dueño. Pero hasta la decisión final y definitiva, Connell vive esa carencia con una culpa agobiante, Marianne es la raíz de sus días más felices, pero él se siente poco y no pretende ilusionarse manteniendo una historia de amor con la morocha encantadora y refinada que vive en la casa donde trabaja (limpia) su madre, que es además la chica rara del colegio (siendo él el deportista admirado y popular) y que después se desenvuelve como pato en el agua en el prestigioso Trinity College donde él -a pesar de sus dotes académicas- se siente un paria. Historia plagada de desencuentros. Sí, bien melodramático. Sus escarceos breves (la mayor de las veces mantenidos en secreto) fracasaron, quizás fruto de la inmadurez de ambos, de su coraza de varón fuerte, y su carácter obediente y su rol de buen hijo y amigo que no quiere decepcionar a los demás. Ella (en cambio) no tiene a nadie a quién decepcionar, pero tampoco quiere ilusionarse con Connell, demasiado buen hombre para su baja autoestima, demasiado noble para satisfacer su pulsión a la autodestrucción. Demasiado poco creíble (para ella) que la felicidad esté en un tipo común de Sligo, pueblo que ella detesta y la maltrata. ¿Cómo Ulises retornando a Itaca será que ahí (a pesar de todo) está la felicidad? Y quizás es por todo eso que tardan tanto en entregarse hasta que aprenden a (por fin) estar juntos. Normal People es como una gran novela de aprendizaje en su cumulo de escenas notables que no escatima la mirada social. “Somos felices cuando nuestro interior está correspondido por nuestro exterior” dice Yeats (el gran poeta de Sligo) cuyo espíritu deambula por toda la serie y que decía que la vida es una bengala roja de sueños. La historia de amor de esta nueva generación. De chicos que se vuelven grandes tratados con respeto, sensibilidad y belleza.

El vino entra en la boca. Y el amor entra en los ojos; esto es todo lo que en verdad conocemos antes de envejecer y morir. Así llevo el vaso a mi boca, y te miro, y suspiro.
William Butler Yeats

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