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Tiempo de lectura: 4 minutos#Polémica: Allen vs. Farrow – En contra

Por Ludmila Ferreri

EE.UU., 2021, 4 episodios de 50′
Creada por Kirby Dick y Amy Ziering
Con testimonios de Mia Farrow, Dylan Farrow, Ronan Farrow, Carly Simon, Frank Maco, Dylan Farrow, Tisa Farrow, Maureen Orth, Alissa Wilkinson

Una nueva religión

Antes que nada quisiera hacer alguna aclaración, mas que nada en tiempos de susceptibilidades: no soy abogada, no me especializo en derecho, pero tampoco soy ingenua. Indistintamente de lo que hayan dicho las partes del caso que hace a la serie sobre la que hablaremos -caso que tuvo desarrollo en sede judicial y tuvo sentencia-, carezco de elemenentos contundentes para afirmar una u otra cosa que habiliten que se me ponga inmediatamente en un bando u otro. No, no es lo que conocemos como coreadelcentrismo, sino simple ejercicio crítico a lo que apelo. Intentaré explicarme mejor: hemos visto en el cine y en la vida real a cientos de miles de casos en donde o bien la justicia cometía atropellos deliberados para culpabilizar o exonerar a acusados, o bien cometía errores garrafales que luego debía cubrir para evitar bochornos institucionales o bien los diversos poderes económico-políticos actuaban en una dirección según la conveniencia de turno que el caso traía con sus implicancias. Ergo: los defensores de Woody Allen (en la vida real, no en su cine: todavía podemos diferenciar ambas cosas, no? O está prohibido por las tablas sacrosantas de la corrección política?) no pueden aducir sencillamente que el caso está cerrado, es cosa juzgada. Sencillamente no pueden hacerlo porque la misma historia judicial habilita situaciones que demandaron revisión. Bien podría ser el caso. Pero tengo serias dudas de que ese sea el estricto fin de Allen vs Farrow.

Al mismo tiempo no puedo afirmar la abierta culpabilidad del director de Manhattan solo porque hayan salido a la luz una variedad de pruebas que, si algo muestran a las claras, es su falibilidad interpretativa: la sesión de abuso fuera de la vista de todos contó con contra-testimonios que el documental deslinda, los exámenes psicológicos (incluyendo detector de mentiras) de Allen no son terminantes como para poder calificarlo de un psicópata manipulador experto en la evasión de pruebas, al mismo tiempo el testimonio de una menor de edad como el que dio Dylan Farrow a su madre al poco tiempo del presunto abuso también puede ser parte -ya no de una construcción de la madre (creo que a esta altura hablar de un coacheo de parte de Mia Farrow con su hija es ridículo e insostenible)- de una construcción que la misma niña puedo haber completado en su cabeza (por favor busquen el extraordinario documental de Andrew Jarecki que trabaja con el mismo tema, Descubriendo a los Friedman). Al mismo tiempo, si sumamos la negativa del fiscal a proseguir con la acusación (podía tomarse declaración a Dylan con la cámara Gesell sin dejarla expuesta al proceso con presencia de público), el asunto se vuelve confuso. En este sentido, incluso si incluímos las declaraciones de Moses Farrow, en defensa del mismo Woody Allen y en ataque a su madre Mia, no podemos sostener con absoluta certeza la conclusión del abuso. Pero tampoco terminar de afirmar lo contrario.

Pero lo terrible de Allen vs Farrow es que lo que menos le interesa es repensar el caso. No le interesa el aspecto jurídico. Sino que en el fondo se ocupa de instalar algo aún más peligroso. Porque a la serie le obsesiona la instalación para-judicial que implica el reconocimiento de un movimiento (con sus pros y sus contras) como el #MeToo para montarse en la andanada mediática antes que en el punto de partida judicial. Aclaremos: lo mejor que supo lograr ese movimiento fue tomar el punto de partida de las acusaciones para generar un estado de conmoción pública que permitiera desnaturalizar los abusos y llevarlos al terreno de la justicia, que es el terreno natural al que pertenecen las vidas privadas de las personas (tanto víctimas como victimarios: se llama estado de derecho y nos debe proteger a todos por igual ante cualquier lapidación pública). El problema es cuando el movimiento invierte su carga de prueba y da por sentada la imposibilidad jurídica y sustituye ese horizonte por el de la denuncia pública. Ahí cagamos. Porque a partir de ese momento lo único que nos queda es la renuncia al estado de derecho y la apertura de los juicios populares, en donde, como en todo concurso de popularidad, pierde el que peor se ve. Pero el asunto no afecta solo a las víctimas (no hay resarcimiento vía proceso judicial) y a los victimarios (las acusaciones, las ciertas y las no, suponen una persecución fascista que lo único que busca es destruir al victimario como ente social, no busca que asuma una responsabilidad jurídica: el castigo es la última parada, y si es infinito, mejor). La ausencia de proceso judicial y la instalación de un estado policíaco en donde cualquier puede ser juez y policía (la excusa es “porque el sistema es patriarcal y no funciona”: mentira, hay cientos de miles de casos que demuestran lo contrario) nos afecta a todos de la peor manera, porque hace que nuestra experiencia social y de interacción sea peor, mas pequeña, mas empobrecida y temerosa.

Allen vs Farrow es una serie que parece sentirse muy a gusto con la incomodidad del trauma de Dylan y las acusaciones. Pero ese sentirse a gusto estriba ya no en la peculiaridad de la figura de Mia Farrow (dato al pie: cuánto comentario misógino he leído vertido sobre ella por sus elecciones de vida, par diez: que tenga los hijos, las cirugías, la carrera, la casa y amigos que quiera) y su discurso, sino en algo que lo excede largamente: en la serie casi no existe lugar para la vida luego del trauma para la víctima. Hay, como en todo cuento moral amarillista, un retorno sobre el dolor, un retorno sin redención. En este sentido, la corrección política y el amarillismo configuran una iglesia progresista (nada menos progre que dejar de confiar y exigir a las instituciones para tener una vida mejor para todos) en donde, a diferencia de muchas religiones monoteístas, no hay perdón, ni salida, sino un castigo infinito que te haga mierda la vida y del cual sea imposible que te recuperes. Pero, eso si, el resentimiento vivito y coleando. La serie sobre el abuso de Dylan no es reparadora, sino la afirmación de una religión laica en donde los latigazos son la nueva tendencia. Pertenecer no tiene ningún privilegio

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