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Santa Evita

Por Ludmila Ferreri

Argentina, 2022, 7 episodios de 45′
Creada por Pamela Rementería & Marcela Guerty sobre la novela de Tomás Eloy Martínez
Con Natalia OreiroDiego VelázquezFrancesc OrellaGaby FerreroDiego CremonesiErnesto AlterioDamián CanduciDarío GrandinettiGuillermo ArengoJenni MerlaEugenia AlonsoCarolina CostasJulieta VallinaIván MoschnerHéctor Díaz

Ni los mitos

En un avance sostenido por medio de espasmos, Santa Evita no es ni la chicha ni la limonada que los fanáticos quieren ver de un lado o de otro de la grieta, algo que en definitiva ha venido sucediendo con el mito detrás de la figura histórica desde hace buen rato: nadie quiere trabajar ni salirse de la zona de confort, por eso se procede por neutralizarlo todo, como si fuera un evento de lucha grecorromana: un poquito de concesiones a la fascinación heroica, un poco de concesiones a la revelación del carácter psicopático-resentido de la abanderada de los pobres. Y que la cuente Kant. De más está lastimarse o andar penando por los rincones porque toda la complejidad, diversión, perturbación que podía mostrar el libro de Tomás Eloy Martinez (que dicho sea de paso: está bien pero tampoco es para tanto) queda aquí reducida a algunas calenturas necrófilas, algunas fascinaciones exacerbadas pero con fotografía cuidada, pero de semen, sangre, sexo, perversiones y otros varios no queda nada.

Santa Evita no mueve ningún amperímetro posible porque, a diferencia de otras ficciones que tuvieron a Eva Duarte como protagonista, aquí no se juega ninguna clase de polémica. Fundamentalmente porque, a tino con los tiempos que corren, no quiere quedar mal con nadie, ni con los propios ni con los ajenos. Por eso en buena medida lo que nos entrega la serie es un muestrario de lugares comunes casi obtenidos de wikipedia, como si no hubiera historia ni personaje, sino una lisa y llana aproximación al gris más impersonal. Entre medio de tantos lugares comunes (El funeral del padre-Junin-La juventud-Magaldi-El ingreso a la radio-Perón-Los oligarcas (sic)-el 45-la fundación-el cáncer-la muerte), como si se trataran de figuritas coleccionables, cada tanto aparece algún atisbo de cine, como el episodio de los delirios o no de Moori Koenig y su relación hitchcockiana con Eva (incluso llevada hasta la calentura de una escena en el auto luego de la ley del voto femenino, acaso el mejor momento de la serie por lejos). Pero es, como dije antes, poco, escaso, y espasmódico, como si debajo de la neutralidad mortuoria y cobarde del tono nulo pugnara por salir algo de vida.

Santa Evita no es Eva Perón, donde Desanzo mostraba al menos varias caras a la vez, haciendo de Eva un personaje insoportable y fascinante, incluso en todos los errores. Pero tampoco es la Eva antiperonista de las producciones extranjeras que en mayor o menor medida provocan (todavía?) urticaria en los peronistas de la primera hora. Consecuente y coherentemente, las reacciones que provoca la serie están en directa consonancia con la evangelización, pero nada tiene que ver ese conjunto de reacciones con lo que la serie puede generar. Habla, en todo caso, la demanda de ideología, de una suerte de patología nacional. Que es bien distinto a la demanda de interés, de riesgo. Que no son la misma cosa: ahí donde la ideología clasifica, el interés o el riesgo en muchos casos abraza las contradicciones.

Pero en Santa Evita nada es contradictorio, ni excesivo, ni siquiera kirchnerista, como también se quiso observar. Nada de eso. Todo es ordenado, limpio, sobrio y acartonado, como sus diálogos imposibles, como su vacío de personajes. Sobre ese gesto, sobre ese movimiento en torno a si misma y a la nada, la serie debe ser el peor homenaje a una historia, que con el tiempo, no tiene quien la narre y quien la complejice. En tiempos de desazón por los mitos que se derrumban frente a los ojos y a las crisis autogeneradas, ya ni los mitos quedan.

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