Sex Education
Reino Unido, 2019, 8 episodios de 45′
Creada por Laurie Nunn
Con Asa Butterfield,  Gillian Anderson,  Emma Mackey,  Ncuti Gatwa,  Chaneil Kular, Alistair Petrie,  Connor Swindells,  Cerys Watkins,  Kedar Williams-Stirling, Aimee Lou Wood,  Mimi Keene,  Tanya Reynolds,  Patricia Allison,  Simone Ashley, Chris Jenks,  Max Boast,  Kadeem Ramsay,  Daniel Adegboyega,  Edward Bluemel, Femi Elufowojo,  Lily Newmark,  Rakhee Thakrar,  Milly Thomas,  Adam Young

Se vive como se coge

Por Rodrigo Martín Seijas

Todavía hay espacios que no han sido alcanzados por los imperativos de la corrección política, aunque no dejen de tratar temas y apelar a discursos que podrían emparentarse con ese lenguaje. Sex education (serie original de Netflix) es uno de ellos, a partir de la historia de Otis (Assa Butterfield), el hijo de una terapeuta sexual (Gillian Anderson) que se une con Maeve (Emma Mackey), una compañera del colegio, para montar una especie de clínica sexual clandestina que opera dentro del establecimiento. Funcionando por momentos como una especie de “procedural” psicológico y sexual, y en otros como una telenovela, la creación de Laurie Nunn se permite liberarse de unas cuantas ataduras y ser profunda sin dejar de ser fluida.

Buena parte de los méritos de Sex education se sostienen a partir de cómo convierte a ese joven tan inteligente como introvertido que es Otis en el disparador y eje sobre el cual no solo giran varios conflictos, sino también un ecléctico retrato de individuos que habitan un pequeño pueblo donde pasa de todo a pesar de aparentar no suceder nada relevante. Para muestra, una breve enumeración: Eric, el mejor amigo de Otis, homosexual y travestido que, a pesar de cierto desparpajo, se muestra débil e incluso incapaz de aceptarse a sí mismo frente a un contexto hostil; Adam, el hijo del director del colegio, quien no puede remontar la relación con su padre, se siente –y de hecho lo es- constantemente subestimado por todos y hasta duda de su propia sexualidad; Aimee, una chica popular y a la vez sensible que no solo está buscando al muchacho indicado para iniciar una relación de verdad, sino también el disfrute del sexo; Lily, una chica que está decidida a tener sexo por primera con quien sea y donde sea; o incluso la propia madre de Otis, que se maneja con total suficiencia con sus pacientes y con los hombres con los que se acuesta casi azarosamente, hasta que el vínculo con su hijo empieza a entrar en crisis al mismo tiempo que comienza a sentirse verdaderamente atraída por Jakob, un plomero que va a trabajar a su casa. A ese muestrario se suma el propio Otis, con sus inseguridades sexuales –que llevan a que, por más que demuestre ser un gran terapista con sus compañeros, ni siquiera pueda masturbarse-, los traumas que carga por la separación de sus padres cuando era niño –que incluyó un episodio donde vio a su padre cometiendo adulterio- y su creciente enamoramiento de Maeve, con quien establece un vínculo donde la amistad va teniendo cada vez más componentes románticos, interrumpidos por dos personajes más: Jackson, que parece ser el típico joven deportista, pero que sufre toda clase de presiones maternales y siente un verdadero amor por Maeve; y Ola, la hija de Jakob, que es capaz de conectar con Otis de un modo inusualmente dulce.

Toda esta sumatoria de personajes y eventos dan lugar a enredos amorosos, choques familiares, conflictos paterno-filiales, desencuentros, alianzas y rupturas, que parecen casi imposibles de narrar de forma coherente. Sin embargo, Sex education encuentra esa coherencia desde una rara pero productiva contradicción, que fusiona el desparpajo con el pudor. Por un lado, la serie abraza todos sus elementos y pisa el acelerador a fondo, yendo de una trama (o subtrama) a otra, explicitando al máximo las contradicciones de los protagonistas, utilizando la banda sonora y el montaje como motores narrativos, entremezclando géneros y superficies –lo romántico, lo dramático, lo cómico, lo didáctico- sin ningún condicionamiento. Por el otro, si gran parte de las conflictividades parecen girar alrededor de lo sexual, la estética se aleja de lo explícito –salvo en escenas puntuales- y el acercamiento a las tonalidades telenovelescas en un punto funciona como vehículo para la oralidad. 

En Sex education se habla mucho de sexo pero no se muestra tanto, lo cual está lejos de ser un gesto cobarde, porque refleja lo que les pasa a los personajes consigo mismos y los demás: a cada uno de ellos les cuesta expresarse con total libertad o trasladar lo que enuncian con la palabra o la mirada a la acción. Por eso incluso cuando tienen sexo no llegan a manifestar completamente sus afectos o sensibilidades. Todos viven como cogen –y viceversa- y la serie nunca los juzga de acuerdo a parámetros, incluso los contempla con cariño y sin paternalismo. En Sex education no hay villanos, aunque esté plagada de seres imperfectos, y es una serie plagada de empatía, un pequeño gran hallazgo en el inmenso catálogo de Netflix.

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