Stranger Things 2
EE.UU., 2017, 9 capítulos de 60′
Creada por Matt Duffer & Ross Duffer
Con Winona Ryder, David Harbour, Millie Bobby Brown, Gaten Matarazzo, Finn Wolfhard, Caleb McLaughlin, Noah Schnapp, Charlie Heaton, Natalia Dyer, Matthew Modine, Dacre Montgomery, Sean Astin, Paul Reiser, Linnea Berthelsen, Brett Gelman, Will Chase

Las ventajas de ser invisible

Por Federico Karstulovich

AVISO: Esta crítica está llena de spoilers

Una de las grandes libertades que tiene o se permite el cine popular es la de mezclar cosas, categorías, generando así artefactos con múltiples entradas. El pop y el cine se llevan bien cuando el sistema habilita una serie de interconexiones imprevisibles. O en todo caso cuando la previsibilidad y el guiño es lo que menos importa. El cine pop, en definitiva, es liberador cuando amplía universos y sensibilidades y no cuando crea espacios cerrados, ghettos de consumo. Cuando sucede lo segundo el pop se vuelve un arma de doble filo porque se lleva puesto aquello con lo que dialoga. Y la multiplicidad de referencias cruzadas muere en el marco de la tilinguería snob. El peor pop, entonces, no es popular, sino que es populista. Como facebook con su algoritmo nazi, nos presenta una cantidad de variables fija y reducida de un mundo conocido y autocelebratorio, en donde no se presenta ninguna clase de riesgo. Safe zone 100%.  El pop populista, por lo tanto, se convierte en una ridícula secta de consumo y merchandising y no hay un más allá de ese microclima. Es acaso la gran diferencia entre contar con una red semántica de referencias que contengan a la historia (el mundo de la década del 80, el imaginario cultural de época, la idea de la cultura popular como lugar de contención) frente a la configuración de un display de consumo retro, con todas sus habilidades de hipervinculación comercial activadas (el uso de Los Cazafantasmas en Stranger Things 2 resulta paradigmático en este sentido: mientras en la primer temporada Los Goonies E.T. eran una matriz de referencia productiva y habilitaban un avance narrativo, en esta las referencias son meramente decorativas: los hechos podrían suceder diez años antes o diez años después y nada cambiaría…si, ni el tópico de la guerra fría y el temor a los rusos funciona acá…)

La decepcionante segunda temporada de Stranger Things (intitulada con pésimo tino “Stranger things 2”, si, como Los exterminators) no solo desarrolla una amnesia galopante con respecto a la primer temporada sino que hasta podría pensarse como su perfecta contracara: lo que en aquella es misterio, aquí es revelación prematura, lo que en aquella es limitación informativa aquí es multiplicación de líneas dramáticas sin cerrar o sin un crecimiento o cuidado adecuado de las líneas propuestas, lo que en la primera es invisibilidad y pudor de las referencias culturales del mundo pop aquí es una aplanadora de exhibicionismo posmoderno y un museo retro. En el medio perdemos empatía por los personajes, por el mundo que se nos cuenta y por la historia que se juega. No, no se llama “conciencia de si” ni “reflexividad” esto. En todo caso lo que hay es un aprovechamiento de la popularidad de la primer temporada y una ansiedad desmedida por poner toda la carne al asador.

Básicamente se trata de un mecanismo obsceno. Y si, etimológoicamente hablando, lo obsceno en la tragedia era aquello que debía mantenerse fuera de campo, fuera de escena. Y en ST2  esa condición brilla por su ausencia: todo se muestra, todo se explica, todo tiene un por qué, todo tiene un fundamento. Es como si los hermanos Duffer (creadores de la serie) hubieran mal entendido los criterios elementales de la narración clásica. Y ahí en donde la primer temporada supo hacer del misterio, de la irresolución, de lo inacabado y lo ambiguo (algo propio del género fantástico) una potencia extraordinaria para la narración, bueno, aquí se invierte, con los resultados a la vista. Lo que queda es un intento desesperado con varias patas, literalmente un monstruo tentacular (cuac) que multiplica sus extremidades pero que no lastima ni molesta. Veamos.

En Encuentros cercanos del tercer tipo (Steven Spielberg, 1977), película de evidente referencia para la serie de los hermanos Duffer, podríamos encontrar una matriz narrativa para entender cuál pudo haber sido el intento en esta segunda y fallida temporada. En aquella película, Spielberg construía un sistema preciso de ramificaciones sostenidas en una estructura coral de historias paralelas que comenzaban de manera diferenciada para luego, con el paso del tiempo y el avance de los acontecimientos, terminar confluyendo en una sola y única trama principal. Esa idea estaba sostenida por medio de un montaje paralelo extraordinario que era una lección narrativa y que nos permitía empatizar con múltiples personajes. El paralelismo del montaje como figuración del diálogo implícito entre las historias. O Spielberg aprendiendo todo de Griffith.
En ST2, en cambio, el montaje paralelo y la diversificación no solo no habilitan mayor empatía o multiplicidad en la identificación con los personajes, sino que es lisa y llanamente una elección desesperada para llenar baches narrativos, como si una serie solo avanzara a golpe de alternancia de líneas narrativas. De esa manera, la serie organiza un sistema de engranajes que contrarios a construir solidez e interacción entre sus partes (al fin y al cabo una máquina narrativa debe hacer eso: que todas sus piezas funcionen coordinadamente) termina mostrando una ingobernable tendencia al egoísmo: cada subtrama tiene su propio peso específico y no parece querer dialogar ni interactuar con las demás. No solo no parece: directamente no puede hacerlo y se nota que cuando esto debe empezar a suceder (promediando la serie) el mecanismo es forzado, las casualidades se multiplican, las asociaciones de personajes que no podrían asociarse se realizan.
El resultado es una especie de patchwork que junta unas seis líneas narrativas y va estableciendo conexiones imposibles entre elementos que poco nos interesan (hay dos casos paradigmáticos: la línea del novio de la madre de Will, el pobre Sean Astin de SPOILER triste final, y por otro lado la línea del grupo de los freaks, que es una promesa absurda desde el capítulo 1 que nunca levanta y apenas funciona para hacer avanzar algunos agujeros de una trama confusa y poco feliz en su pretensión de claridad). Insisto, tal como dijimos antes: las aclaraciones le sientan pésimo a la serie.

Pero una de las peores cosas de la segunda temporada es el maltrato y la tendencia a desvirtuar a los personajes con respecto a la primera. Si en aquella cada uno de los integrantes tenía una función, una caracterización que los hacía justos, coherentes, tridimensionales pero ante todo, queribles, en la segunda temporada no se hace más que avanzar con un motor de traiciones varias: Will retorna al mundo de los vivos, pero nunca funciona como personaje sino como una función narrativa que hace avanzar la trama hacia uno u otro lugar como si se tratara de un peón en el ajedrez; Mike directamente no pincha ni corta en esta comida y su ausencia se nota; Eleven que era un personaje querible se convierte en un personaje a la deriva y casi perdiendo su integridad (algo que la humanizaba en la temporada 1), Jim (el jefe de policía) y Joyce (la madre de Will) no hacen más que replicar exactamente lo mismo que la primer temporada. Nada demasiado distinto proviene de Lucas y Dustin. Es decir: la segunda temporada parece entender que la gente es igual a si misma o se traiciona por completo o directamente carece de interés. Y acaso esa sea la clave de la comprensión de la idea de aventura: si hay algo noble que carga ese género con tradición en sus espaldas es que la aventura produce cambios, evoluciones dramáticas. Conocer el mundo no es otra cosa sino pensar que nada es muy estable y que las cosas pueden modificarse parcialmente o para siempre. En ST2 se impone otro patrón, que es el del arcade (videojuegos con fichas, muy de los 80s): se puede jugar, perder y volver a jugar. Pero no hay riesgo alguno. Porque no nos interesa. Porque no habrá cambio. Porque lo que no pasó en una temporada quizás pase en la siguiente (la consumación del amor entre Johnattan y Nancy). Y de ese modo ST2 termina revelando su estrategia definitiva: una serie que pasó de ser un misterio a una serie con un perfil definido. Lo que llamamos un crowd pleaser. Es lo que pasa cuando el arte popular se vuelve populista.

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