Tabula Rasa
Bélgica, 2017, 9 capítulos de 50′
Creada por Veerle Baetens, Christophe Dirickx, Malin-Sarah Gozin
Con Veerle Baetens, Stijn Van Opstal, Jeroen Perceval, Hilde Van Mieghem, Gene Bervoets, Peter Van den Begin, Natali Broods, Cécile Enthoven, Ruth Beeckmans, Lynn Van Royen, Gregory Frateur, François Beukelaers, Bilall Fallah, Jan Debski, Marc Peeters, Tom Audenaert, Ferre Nachtergaele, Olaf Verghote, Steven van Watermeulen, Viviane De Muynck, Michael Pas, Ruth Becquart, Koen De Sutter, Annemie Gils, Elke Shari Van Den Broeck, Vic de Wachter, Mathias Pille, Isabelle van Hecke, Soufiane Chilah, Patrick Pickart, Marc Didden, Steve Van Nuffel, Peter De Graef, Els Olaerts, Kevin Bellemans, Valentijn Dhaenens, Eric Kempeneers, Bob Snijers, Rachida Chbani

El (necio) arte de los planificados

Por Federico Karstulovich

En el cada vez más inabarcable mundo de las producciones directas para consumo online (mejor conocido como streaming), un poco a modo de respuesta a la multiplicación de productos provenientes de EE.UU., buena parte de los consumidores comenzaron a poner el ojo en otros territorios, en otras posibilidades que al menos a primera vista presentaran la sensación táctil de una alternativa a los modos de representación más tradicionales que podemos encontrar en las aludidas plataformas online (con Netflix y Amazon a la cabeza, pero hay muchas más). El problema es que si algo aseguran esas grandes distribuidoras/productoras audiovisuales no es otra cosa que la capacidad de replicar, construyendo, al menos en lo que hace a formatos televisivos, una lógica de consumo relativamente similar (obviamente con excepciones a la regla, pero contadas con los dedos de una mano). En ese marco aspiracional la irrupción de un producto de origen belga parecía ser, como si de futbol se tratara, una promesa de renovación, de aires de novedad, de sangre joven.

Pero la realidad puede ser mucho más dura e inasimilable que lo que se construye de ella. Y casi a modo de réplica de lo que le sucede a su protagonista, con Tabula Rasa nos damos de lleno contra una pared de sueños, que tiene una promesa, que construye y despliega un universo de posibilidades que coquetea con Lynch y con otras influencias visibles para luego si, darnos un mazazo de realidad aumentada en la cara, desfigurándonos el rostro bonito de espectador expectante. Tal es el agravio que la sensación nos convoca a revisar todo lo dicho, toda la cadena de posibilidades de interpretación, a ver si el guión nos ocultó, nos mintió descaradamente en algún momento. Pero nada de eso sucede. Porque en el plan de la serie la planificación obsesiva y milimétrica es parte de su centro (planificación para los espectadores y planificación para la protagonista, en una puesta en abismo de puestas en escena). El plan, entonces, no es estafa. Sencillamente es un plan horrible, ya que ha abandonado a sus personajes y la empatía a cambio del festejo centrado en el ingenio.

Ingenio e ingenuidad tienen una misma raíz. Pero mientras la primera tiene un carácter cerebral, la segunda parece omitirlo. Entre ambos límites pareciera hacernos jugar una serie en cuyo centro está una mujer amnésica encerrada en una institución psiquiátrica, un hombre desaparecido, un trauma familiar y una serie de hechos lindantes con lo sobrenatural. En medio de todo eso el intento desesperado, por parte de la protagonista, de rearmar los hechos del pasado. Y nuestro intento de reconstruir las piezas que se nos brindan con cuentagotas que hacen oscilar los tiempos entre un pasado impreciso y un presente ominoso. Ese juego, el de saber y ocultarnos, el de hacernos creer que leemos y que a su vez no entendemos la lectura no es otra cosa que un juego hitchcockiano, un juego de manipulación, que en el inglés tenía una finalidad: convertir en conciencia el acto de narrar, como buen manierista: la exposición del artificio como reflexión sobre un estado del lenguaje audiovisual.

El cuento moral que nos narra Tabula Rasa, en cambio, ya no necesita exponer ningún artificio. O en todo caso si muestra algo parecido no viene por el lado de las formas ni por la reflexión sobre el lenguaje, sino por el desenmascaramiento de ciertas instituciones cada vez menos consolidadas, como lo son el matrimonio y la familia. Al disponer de todos los elementos en escena solo para construirnos una idea ingeniosa de ocultamientos selectivos la serie juega a ese juego irritante de juegan algunos guionistas, que no es otro que el de manipularnos a puras vueltas de tuerca, como si el mero retorcimiento narrativo pudiera formular una idea. Y el punto es que, por fuera de su voluminoso exhibicionismo, la serie está tan vacía como la cabeza de su protagonista. Ese movimiento, que en algunos casos no es más que el disfrute lúdico por las formas y por el vacío mismo como ejercicio (vg Intriga Internacional, otra vez Hitchcock, a ver si lo entienden mejor la próxima) aquí no es otra cosa que un vacío impar, una jugada rápida, un gesto canchero. Pero no hay nada más detrás de eso.

Profusa en simbologías varias, que funcionan como falsas pistas (los colores, los objetos, ciertas palabras, ciertos personajes), toda la estructura de Tabula Rasa es la de un rompecabezas que, a partir de un determinado momento, puede incluso llegar a adivinarse. La sucesión de datos multiplicados tiene entonces el fin de dispersar nuestra atención, para que no veamos los hilos, las costuras de un andamiaje que se adivina certero y que en efecto lo es. Pero no por certero, ordenado, planificado, es mejor ni más consciente ni más divertido. Por eso el gesto que redunda en la serie es el de la solemnidad. Y ahí radica el último gran problema de lo que estamos viendo: no hay distancia, no hay noción de una historia previa, en donde esta clase de exponentes ya supieron estar de vuelta de una conciencia de los límites (hay conciencia hasta en la malograda The Game, de David Fincher). Es, en definitiva, como si la serie expresara una extraterritorialidad doble: no reconoce un tiempo ni un espacio previo en donde esta clase de relatos existió. No se los apropia, sino que los repone como si se tratara de un ejercicio de estilo vacío sobre el ingenio mental. Bueno: a veces suceden esa clase de cosas cuando uno intenta alejarse tanto de un modelo. En algún momento retorna como lo reprimido, para recordarnos que las imágenes también tienen historia y que no pueden obturarse tan fácilmente.

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