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Tiempo de lectura: 5 minutosThe Blacklist

Diego Kohan

The Blacklist
EE.UU., 2013-2017,  22 episodios de 42′ por temporada
Creada por Jon Bokenkamp
Con James Spader, Megan Boone, Diego Klattenhoff, Harry Lennix, Hisham Tawfiq, Amir Arison, Ryan Eggold, Mozhan Marnò, Parminder Nagra, Susan Blommaert, Baz, Adriane Lenox, Edi Gathegi, David Strathairn, Valarie Pettiford, Ulrich Thomsen, Reed Birney, Deborah S. Craig, Christine Lahti, Clark Middleton, Teddy Coluca, Dante Nero, Jennifer Kim, Deirdre Lovejoy

Elogio de la desmesura

Por Diego Kohan

Entre amigos y prescindiendo de todo elemento académico o formal suelo describirla sintéticamente como “La mejor serie de mierda” (esto es real, por supuesto). Continuando en este tono podría agregar que The Blacklist es una de las mejores series porque no es pretenciosa, se sabe un entretenimiento y va a fondo: deja al espectador sentado al borde del sillón. Humildemente, promuevo que este es el mayor atributo –si no el único- para una serie televisiva. Si se nos pidiera argumentar estas afirmaciones apoyándonos en conceptos más o menos desarrollados (supongamos que alguien lo hiciera) se podrían establecer algunos puntos.

  • Retorno a la fascinación por lo desconocido: temprano en la serie Raymond Reddington nos hará saber que por el mundo pululan villanos tan viles y creativos (esto es clave) que los servicios de inteligencia más calificados ni siquiera saben de su existencia. Lo doble: el encanto de ver por dentro a la súper inteligencia, los buenos, y a la vez a los malechores (¿?) que Red irá delatando a cambio de inmunidad.
  • Prescinencia de lo real: TB no pretende reconstruir lo “real”, se adentra en un mundo fantasioso sin culpa. Al pasar, el espectador puede verse exigido a forzar su fe poética, pero no es tan grave. Entonces… ¿por qué esto es algo positivo? Como cuestión básica, porque la ficción no se propone recrear mundo de forma exacta sino usar los elementos reconocibles para expresar algo más. Un ejemplo: si vemos una película que transcurre en el año 74’ y reconocemos un auto modelo 76’ no pasa nada, pero si vemos uno 2015 nos hará ruido: o es una torpeza jamás vista o está ahí para algo. ¿Hay espectadores que se detendrían en el detalle del modelo 76? Sí, y es una estupidez, hay que decirlo sin titubeos. TB habla de lo que desconocemos y sería imposible hacer que cuaje con lo “real” como un rompecabezas perfecto. Veamos The Newsroom, que hasta transcurre desfasada unos años para tomar sucesos reales y frescos como contexto. Es una gran serie, se disfruta mucho, pero su gran mérito son los diálogos de Sorkin –de pie- y los personajes queribles. Allí el noticiero busca –en general con éxito- abarcar las noticias de un modo ejemplar. Y nos hace ruido: jamás lo vimos ni lo veremos; eso simplemente no pasa en el mundo real, pero no por un impedimento físico-químico sino porque no somos tan buenos, digamos. Esto, ni más ni menos, es la verosimilitud: acciones que son físicamente posibles pero impropias de la sociedad, por diversas cuestiones (bondad/maldad, inteligencia/estupidez, ética, etc, etc). En TB, episodio dos: el FBI examina con detalle la escena de un crimen; poco después, a la protagonista se le ocurre buscar entre la ropa de la víctima (ya revisada por la organización, claro) y –atención- en un bolsillo encuentra un PENDRIVE con información clave. La serie bien temprano nos advierte a los gritos que si se pretende perfección al detalle debería cambiarse de canal. Si esto sucediera en una ficción que pretende dar la impresión de real (como Homeland, una de las mejores series que vi) sería una catástrofe, se caerían todos las acciones posteriores (pensemos en una tira costumbrista local cuando ya va cuatro meses al aire). En TB  el costo tiende a cero. ¿Es probable que un villano que asesina a sangre fría y maneja millones negros tenga el paladar más desarrollado que Francis Mallmann? No, pero disfrutamos viendo que Red es la excepción.

  • El espejo: como curiosidad (o si queremos, un dato que aporta a la duplicidad), descubrirán que decenas de actores participan también en Homeland, justo en esa serie, que también transcurre a las sombras pero las edifica con lo que podemos interpretar como posible o realista. Y lo hace de maravillas. Entonces, actores que allí interpretan personajes con un peso dramático importante, en TB tienen otro papel, como Amir Arison. Otro que juega ambos partidos es Diego Klattenhoff (aún no sabemos si el papel es similar o él es simplemente pésimo). Además, son muchos los que tienen una participación corta en ambas series, como William Sadler, y varios más que de memoria es imposible reconocer o buscar. Se los debo, pero quienes lleguen a la sabia conclusión de ver ambas ficciones sabrán que no miento.
  • Personajes hipercarismáticos: la construcción de Raymond “Red” Reddington a cargo de Spader es pura magia. No, no es el protagonista de la serie, y está bien. Hace poco circuló la noticia de una futura película del Joker; lejos de emocionarme sentí rechazo: los villanos, como característica principal, no deben mostrar su cotidianeidad, no queremos ver al Joker (o Red) en el colegio, o haciendo las compras o siendo un pavote con una mujer que no les da ni la hora. Entonces, cuando Spader está en pantalla queremos queremos que el resto se calle y lo deje hablar, que tuerza el cuello y hable de alguna playa o comida o de un negocio oscuro o dé un dato incompleto o muestre sensibilidad por Dembé (su ayudante/amigo/africano rescatado). Claro, Reddington es, también, un asesino a sangre fría. Quien sacrifique media hora de su día para ver el Pilot podrá comprobar esto.
  • Estructura ochentosa: acaso una razón pilar para el disfrute de esta serie. Como se dijo, no hay que estar a la caza de cada palabra ni brindar una atención científica a cada diálogo. En lo narrativo elige la sencillez. Como Dr House, cada episodio tiene un esqueleto similar: Reddington dará información sobre el villano de turno, se desconfiará de él, intentará demostrar la veracidad de su data, habrá laberintos, peleas, llegadas tarde, etc, etc. Al final, como corresponde, todo es parte de una Big Picture, una trama superior que une cada caso.

¿Por qué hablamos de desmesura? Porque TB, sabiamente, no se duerme en el confort de esta fórmula sino que siempre va un paso más: las organizaciones tienen más secretos, los personajes tienen motivaciones que se nos develan de a poco, no todos los villanos son pasajeros, algunos vuelven o permanecen o incluso sospechamos de su operar en las sombras, fuera de campo. La estructura antigua está traccionada por dos grandes arcos interralacionados entre sí (y con la lista): de dónde viene el interés (amor) de Red por la agente Keen y la gran conspiración mundial a la cual teme y sólo él conoce.

Como cuestión final, y para que el lector no dude en darle una chance, comentemos que si bien la forma narrativa es antigua, la diégesis es absolutamente moderna (¿acaso no es esto un rasgo del mejor cine?); por ejemplo, en lugar de héroe tiene heroína (que lógicamente la sacan a bailar contra su voluntad): la protagonista de la serie es la Agente Keen. (Rasgo típico –que festejamos, claro- de estos últimos años). No le fueron dedicadas muchas líneas porque sencillamente el personaje y la interpretación dejan mucho que desear (a diferencia de la extraordinaria Sarah Linden de The Killing US).  Finalmente, el cliché se hace presente con muchos de los elementos que tienen casi todas las series de este tipo: un compañero moralmente perfecto, un jefe negro que es noble, un viejo canoso que es una porquería y muy poderoso, un hacker miedoso, una agente sensual, villanos sofisticados y con motivos que van más allá de la pura maldad. ¿No les digo? The Blacklist es la mejor serie de mierda.

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