The Dark Crystal: Age Of Resistance
EE.UU., 2019, 9 episodios de 50′
Creada por Jeffrey Addiss y Will Matthews

Un fracaso anunciado

Por Rodolfo Weisskirch

Entre mis primeros referentes infantiles, Jim Henson ocupa un lugar fundamental. Desde La gran aventura de Big Bird, pasando por todas las películas de Los muppets, los Babies Muppets (entre los que no estaba Baby Yoda) y hasta Muppets Tonight, la mezcla inocencia y sarcasmo, el humor cómplice e irónico de Henson y su creatividad visual para el diseño de universos a partir del arte titiritero, me ayudaron a formar una mirada del mundo, que se expandía más allá del mero entretenimiento. 

A toda esta faceta televisiva se suma la influencia e impacto que causó en mí la película Laberinto, film que vi innumerables veces y que se incorpora a lo que yo llamo la fantasía infantil filosófica existencialista-psicológica de los 80 (si, un poco solemne, pero si tienen mejores ideas, adelante). Aquellas eran películas que, aunque apuntaban a un público infantil, incluían metáforas oscuras, personajes impresionantes, un humor con doble sentido y finales ambiguos (es decir: retomaban el carácter complejo de los cuentos de hadas que con el tiempo habían ido perdiendo esas capacidad de encantar y perturbar). Incluyo a la producción alemana angloparlante La historia sin fin, de Wolfgang Petersen y la británica Los ladrones del tiempo, de Terry Gilliam (y todos los Monty Python). Esta trilogía no tenía, ni visual ni narrativamente el timing o la estética lavada del mainstream estadounidense más tradicional (no hablamos de Spielberg, claro). Eran, si se quiere, películas con alguna pretensión intelectual ausente en el cine comercial para niños de aquella época.

Asi las cosas, nunca me animé a ver El cristal encantado. A pesar de que la tv de cable la emitía seguido en una época, no me había hecho el tiempo adecuado para verla. Como complemento me impresionaban mucho los Gelfling. Parecían muñecas de porcelana, a las que aún les tengo cierta fobia. Pero pasó el tiempo. Y con el anuncio de la serie de Netflix que sería una especie de precuela de aquella película de 1982, me animé a superar mis prejuicios y ver El cristal encantado.

Llega tarde. Pero mejor tarde que nunca. Si, Henson fue un adelantado y osado. Influenciado por Tolkien y otros artistas, creó un universo maravilloso y una parábola social increíble, si, pero que difícilmente, al menos en aquella época, podría encontrar su público. La película fue un fracaso, pero encontró una vida posterior en el vhs y la televisión, que le otorgaron el título de culto. Si bien el guión a primera vista resulta demasiado simple y solemne, hay que valorar que sus 90 minutos son bien escasos para el mundo que estaba a su disposición. La creatividad visual y el ingenio técnico le ganan un poco a tratamiento narrativo que no tiene demasiada originalidad con personajes unidimensionales. Sin embargo, el talento de Henson residía en poder hacer confluir una fábula infantil con una mirada de adulto, como dije antes: volver a las fuentes. Calle Perrault esquina Grim.

Entonces el presente. En teoría, una serie con formato de precuela, que explicara de qué forma los malvados Skeksis se habían apoderado del Cristal Encantado y aniquilado a casi todos los Gelfling sonaba, a primera vista, interesante. También resultaba atractivo el concepto visual, de fusionar CGI con personajes hechos artesanalmente y paisajes diseñados a mano…pero las esperanzas se frustran. Es parte de la vida. Y el resultado no solamente terminó siendo decepcionante sino que, antes que nada, es aburrido e incoherente en relación a la obra original.

Acaso una de las mejores características de Henson era su poder de comprimir información. Sabía que el público infantil no tiene, al menos en primera instancia, la concentración de un adulto. Por eso intentaba ser lo menos explicativo y discursivo posible. Concentrar el lenguaje audiovisual en un material que no superara los 90 minutos. Por eso las operaciones en su mundo narrativo están mediadas por metáforas, no por metonimias.

Por más que la energía se haya puesto en reproducir fielmente ese universo creado por Henson, los creadores de la serie no prestaron atención a la forma concisa y precisa, de narrar que tenía el director de la obra. Y ahí comienza apenas una de las puntas de los enormes problemas de esta precuela.

El primer capítulo dura 61 minutos. Apenas 20 minutos menos que el film original. Para construir un producto supuestamente infantil complejo, ramificado, que demanda tiempo y esfuerzo de comprensión, que además elige el formato serial, la duración es excesiva. Especialmente, porque a este episodio introductorio le siguen 9 más que duran, aproximadamente, 50 minutos cada uno. El francés Louis Letterier -discípulo de Luc Besson, algo que se nota aquí- quien alguna vez fue responsable de las olvidables Furia de Titanes y El increíble Hulk, no logra imponerle ritmo ni dirección. Por eso concreta a un producto monótono y discursivo.

El primer capítulo arranca con una narración en voz over, similar a la de Cate Blanchett en El señor de los anillos o El hobbit. En este caso la encargada es Sigourney Weaver, que presenta a Thra, la tierra de los Gelflings y las diversas tribus que la habitan, con su creencias y mitos. La llegada de los Skerses modifica la paz del universo, puntualmente al quedarse con el Cristal Encantado. En esta suerte de hegemonía medieval los Skerses se alimentan del Cristal, que saca la energía de la tierra, como si fuesen vampiros viejos en busca de la fuente de la juventud. Además cruzan todas las tierras recolectando el tributo a cambio de la protección del Cristal, que ellos mismos robaron (cualquier similitud con el accionar mafioso no es casualidad). 

Ahí ya partimos de un problema. No solo el planteo parte desde un punto muy alto de comprensión -demasiadas tramas con una estructura coral poco original-, sino que este primer episodio exhibe cuantiosos personajes y conflictos banales, siendo buena parte de ellos una metáfora ecológica obvia y subrayada, antigua –un árbol parlante- y una inevitable referencia a El señor de los anillos. Pero lo que no entiende la serie es que para el mundo maravilloso menos es más. Siempre

La ambición, gracias al barroquismo visual y narrativo, se trastoca en pretensión. Como compensación, los lazos narrativos que relacionan las historias parten de un exceso de clichés y lugares comunes (un hijo que desea demostrar a su padre militar su valentía, una princesa intelectual que desea proteger una biblioteca y se preocupa por una familia que no puede pagar el tributo, la campesina con una misión ecológica) por lo que no hay una sola subtrama que evite los estereotipos. Lo más interesante son los Skerses, que además de contar con un seleccionado de voces, le aportan un poco de humor negro ante tanta explicación verbalizada y discurso vacío. 

No obstante, la extracción de la esencia de los Gelfling es mucho más oscura que cualquier película infantil de los 80. Existe un arriesgado y exagerado factor gore que vale la pena resaltar. El problema es que esto no forma parte de un sistema estable, sino que la serie opera por ramalazos, manotazos de efecto. La antítesis de la depuración narrativa de Henson.

Para expandir ideas no es necesario llevar el riesgo al límite. Al contrario, hay que encontrar un punto intermedio. Los creadores de esta serie quieren ser Henson, Lucas y Cameron al mismo tiempo. Y no, no es posible. Por eso los resultados son fagocitantes, reiterativos y monótonos. Ante este desprecio al espectador tomé una decisión que voy a fundamentar en lo que resta de esta crítica. Decidí (como recomendaba Borges: no leer forzadamente y sin ganas) no torturarme con 9 episodios más de este estilo. Mi respeto por la obra completa de Henson no me permite que la imagen de una obra, quizás menor, pero a la vez admirable, se vea manchada, por una operativa de la cultura de la nostalgia que a la larga termina siendo destructiva con la obra de base. Y es que The Dark Crystal: Age of resistance decide exprimir la belleza y lirismo del film de 1982 para convertir a esta serie en un Frankenstein sin emoción genuina, cuyo único propósito para ser estriba en el sadismo. Como si los consumidores de la serie de los hermanos Duffer, que de por sí amenaza con agotarse muy pronto, fueran como hormigas directo a este subproducto. Como si el futuro no tuviera nada más que ofrecer frente al pasado.

No tengo ni la paciencia ni la atención que se necesita para valorar y terminar esta narración barroca (que más que barroca es rococó: una parodia, en esta caso, involuntaria del barroco), que además resulta completamente previsible. Valoro mucho más, a pesar de su elementalidad en los guiones a The Mandalorian, que a diferencia de The Dark Crystal: Age of resistance, no pretende ser más de lo que es, se nutre de lo más básico de la mitología de Star Wars, para crear un noble entretenimiento y homenaje al western, la aventura medieval y el género de piratas. Y no necesita tantas explicaciones, discursos, personajes y subtramas. Con solo media hora le alcanza para llevar a cabo la narración de cada capítulo. Por otro lado prácticamente no apela a la manipulación emotiva. Y cuando lo hace lo logra con herramientas depuradas, sin pretensiones de por medio. Además, también es un digno homenaje al arte titiritero original. No olvidemos que el personaje no actor, que aparece en The Mandalorian, tuvo su origen en el taller de Jim Henson. Y su manipulador era ni más ni menos que Frank Oz, socio de Henson y codirector de todas sus obras.

The Dark Crystal: Age of Resistance está maldita desde su propio origen. Pero esta vez no porque su creador tenga una mente adelantada, sino porque sus discípulos tienen una percepción sobre la fábula fantástica tan anclada en el tiempo que retrasa décadas. Pero para peor, la cultura de la nostalgia se está devorando la imaginación de antaño. Dejen a los clásicos de culto descansar en paz. Y sean creativos de una buena vez. El futuro todavía no llega y el pasado no se va.

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