The End of the F***ing World 2
Reino Unido, 2019, 8 capítulos de 25′
Creada por Charlie Covell y Jonathan Entwistle
Con Jessica Barden,  Alex Lawther,  Naomi Ackie,  Tim Key,  Will Rogers, Conor Clarke-McGrath,  Pino Maiello,  Daniel Joseph Woolf

El amor después del amor

Por Gabriel Santiago Suede

El cinismo, el distanciamiento, la pose ingeniosa supo ser, durante años, un gesto de pertenencia. Pero eso cambió. La condición de freak, de víctima, la asunción del rol de incapacidad en buena medida terminó trastocando en otra pose (quizás por eso le creamos a la Gatúbela de Batman Vuelve y no le creamos nada al Guasón de Joker, porque una va en contra de su época y otra en la misma dirección, pero es otro tema, no derivemos). El tema es ese: la pose, el gesto. Pero qué carajos es esto? Imagínense que esa pose terminó haciendo papilla a un género noble como la comedia romántica, lo que hace que hoy por hoy veamos los exponentes de hace 15 o 20 años como si pertenecieran a otro siglo (en el primer caso aplica, en el segundo no). La pose es un problema, porque nos aleja de cualquier forma de empatía. Bueno, ok, me podrán decir que hay películas que no viven de la empatía. Pensemos en La Chinoise. El tema es que programáticamente muchas series y películas nos obligan a distanciarnos porque ese espacio de separación resulta clave para entender lo que estamos viendo. Por el contrario, muchos otros casos se valen de esa separación para establecer el gesto vacío (pensemos en las últimas cuatro películas de Nicholas Winding Refn, sin ir demasiado lejos). Bueno, en esta dirección, The end of the F***ing world tenía todas las cartas como para convertirse en un gesto. Y en parte algo de esa pose cool estaba en la primer temporada, pero también había una tentativa hacia otra cosa. Esa tentativa hablaba más de las limitaciones de los personajes en su proceso de crecimiento que de cualquier pose pretenciosa. Por eso era importante ver qué clase de derivaciones podíamos encontrar en una temporada siguiente. Curiosamente, en la segunda, el resultado fue hacia el lado que en la primera era apenas un tímido esbozo.

The end of the F***ing world 2 (si, así se ha dado a conocer, con el numerito, como si fuera una de las parte de la saga de Soldado Universal…pero sin Jean Claude Van Damme) ya no necesita a sus personajes construyendo una máscara. Ya no son los adolescentes que aparentan ante sus pares. Ni ante sus padres (o al menos no aparentan parcialmente). Son adultos que tienen que empezar a lidiar con consecuencias de sus actos. Por eso ahí donde la primer temporada se disfrazaba de una suerte de ejercicio actual de role playing de Bonnie and Clyde (pero en versión edulcorada, sin tanto crimen en el medio, pero si con huída perpetua), en la segunda el asunto vira hacia otra clase de escapes: el escapa de la vida adulta en un caso y el intento de vida adulta en otro. En ambos extremos de forma fallida. Si la primer temporada se abría a lo desconocido y a la desesperación por hacerse de una vida (como bien decía en su momento la nota que publicamos en la revista -en este link– los personajes buscaban construir experiencia, voluntariamente o no), en la segunda los personajes parecen buscar algo parecido a la paz o la tranquilidad de la que huían en la primera. Claro, no lo hacen de la manera más recomendable, pero parecen acercarse hacia un terreno empático que los aleja a kilómetros del gesto freak que ostentaban en la primer mitad de la temporada 1. Ese giro empático convierte a la serie en un material más transitable, como si se hubiera dado cuenta que no necesitaba exhibir sus capacidades y su virtuosismo de guión a cada paso. Aunque en lo formal si mantiene un código, como si quisiera mantener alguna identidad previa antes de mutar por completo hacia otra cosa.

En The end of the F***ing world 2 los personajes parecen reencarnados, como si aquello que conocíamos de la temporada precedente hubiera sido otra vida, como si hubieran muerto y finalmente logrado el cambio de piel. Pero como dijimos antes, se trata de algo mucho mayor a la mera superficie. Por eso la serie en esta segunda temporada busca sostener su propuesta desde la dispersión de puntos de vista que obligan a volver a ver el mismo hecho desde otra perspectiva, como si de algún modo nos estuviera indicando que esa decisión de guión es también un medio para humanizar a los personajes, para comprender sus limitaciones y para dar cuenta precisa del alcance de sus decisiones. De ese modo James y Alyssa son menos aquellos freaks queribles que ostentaban hace un par de años y son más dos adultos jóvenes en plena melancolía por el encuentro del límite de las jactancias que los caracterizaban. James se reencuentra tarde con su padre patético y se aleja raudamente de su interés tonto por ser un asesino serial mientras que Alyssa se da cuenta que su vida puede girar en torno a pequeñas acciones con gente intrascendente a la cual puede querer. Quizás por eso el reencuentro no es solo el redescubrimiento de dos personas que vivieron una experiencia intensa conjuntamente sino también la necesidad de volver a llenar de sentido esa experiencia melancólico-existencial de la vida adulta que parece ir imponiéndose (y de la que de vuelta hay que escapar, pero con otros matices).

El componente que ingresa aire a esa encerrona vital es el crimen, nuevamente. Pero en este caso el crimen surgido de una subtrama derivada del crimen cometido en la primer temporada. Al insertar a un personaje que busca consumar venganza la serie oscila entre lo que supo ser y lo que admite haber cambiado. Como si los personajes lograran comprender al final de cuentas que son adultos pero la serie no se los permitiera por completo, sometiéndolos asi al retorno a la experiencia determinante que supone estar rodeados por la criminalidad. Entre el mundo de los personajes (con mayor espesor que en la primer temporada) y las necesidades de una trama que retiene las revelaciones y la confluencia de niveles de confllicto todo lo que puede, The end of the F***ing world 2 permite pensar que, después de todo, no está mal aceptar el componente humano, empático. Y quizás al abrazarlo no haya una concesión sentimentalista, sino, apenas, la remota posibilidad de entender que el amor cada tanto puede existir, reconocerse y vincular a las personas con las películas o las series que ven, por más cool que quieran mostrarse.


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