The Good Place
EE.UU, 2016-2017, 26 episodios de 22′
Creada por Michael Schur
Con Kristen Bell, William Jackson Harper, Jameela Jamil, D’Arcy Carden, Manny Jacinto, Ted Danson, Tiya Sircar, Josh Siegal, Adam Scott, Steve Berg, Bambadjan Bamba, Marc Evan Jackson

El lugar sin límites

Por Ignacio Balbuena

Una chica, Eleanor Shellstrop, termina en el cielo por equivocación. Si, es una premisa limpia, sencilla, sin muchas vueltas, pero es apenas un punto de partida. No obstante, en los primeros capítulos, me encontré con los típicos finales cliffhanger de último minuto y fue casi una decepción que me hizo pensar si valía la pena seguir. Me parecía un mecanismo barato, de esos que las series usan para enganchar espectadores. Por suerte funcionó, de todas formas, y me enganché hasta el final. Y en efecto me equivocaba. Porque nuestra serie en cuestión también se permite pensar y desarmar mecanismos clásicos de guión propios de las series como lo son el cliffhanger, el plot twist, los sub conflictos románticos, los lugares comunes de un género y de sus personajes. Meta serie? No necesariamente, pero ojo con el envase y con las primera impresiones, nos dice.   

Volvamos al principio. Decía que la serie es sobre una chica que va al cielo. En rigor, The good place comienza con Eleanor conociendo la vida después de la muerte, y en particular, el lugar al que van las personas que se ganaron el paraíso, que en la serie se llama, claro, El Buen Lugar. Es decir, si bien no estamos hablando de la dupla de cielo/infierno del cristianismo, ese espacio vendría a funcionar como un lugar utópico, perfecto, figurado a la luz del acceso a los beneficios del consumo en la vida terrenal. La vida después de la muerte pareciera pensar en algo más que en consideraciones metafísicas o teológicas para esta serie. Y quizás eso justifique que la premisa es el punto del partida del cual hablamos.
En natural contraposición a este paraíso también está el Mal Lugar, que no se ve nunca durante la primera temporada, pero es básicamente un lugar de condena eterna para el alma. Eleanor (Kristen Bell) empieza entonces su recorrido por el lugar benévolo de la mano de Michael (Ted Danson), que nos introduce de a poco en los mecanismos del vecindario utópico. Y como si faltara algo además del -en apariencia- gentil y benévolo Michael, está Janet, una suerte de asistente de conocimiento infinito capaz de responder las preguntas e inquietudes de todos los habitantes del paraíso, desde las más triviales hasta las más existenciales, y de manifestar de la nada cualquier objeto que deseen los vecinos del buen lugar, como una especie de Siri a la enésima potencia.

Al momento de conocer a la verdadera alma gemela de Eleanor, el profesor de filosofía moral Chidi Anagonye, la premisa real de la serie se revela. Eleanor no es una abogada humanista que obtuvo el paraíso como recompensa por su bondad, sino una persona espantosa que está allí por equivocación. La serie nos muestra su vida anterior mediante flashbacks, en los que vemos su vida de americana white trashera que comparte con dos roomies más insoportables que ella, su trabajo en un call center estafando gente en el que maltrata a todos, y sus constantes malas acciones, como maltratar a un activista del medioambiente todos los días a la salida del supermercado, romper el vestido de una amiga y mentirle diciendo que lo rompió un tintorero, o lucrar haciendo remeras convirtiendo la noticia de su amiga peleándose con el dueño del local en un meme. Es cierto, tampoco es que Eleanor es una asesina serial o una criminal violenta, pero ciertamente está lejos de la vida de altruismo y el profundo humanitarismo que parecen haber guiado las vidas de sus vecinos. O de su alma gemela, que dedicó su vida entera a explorar la ética, tanto en acción como en pensamiento. O la de los otros protagonistas de la serie, Tahani Al-Jamil, una mujer de la alta sociedad que se ganó el paraíso recaudando dinero para diversas causas humanitarias, o el monje Jianyu Li, del que no se sabe mucho por el voto de silencio de los primeros capítulos, pero del que estimamos que una vida de sabiduría y reflexión le permitieron acceder al Buen Lugar. Sin quererlo, sin remarcarlo, el problema de la ética y de la convivencia comienza a emerger como uno de los asuntos de fondo.  

Si, Kristen Bell y Ted Danson, ya actúan como veteranos conocedores del medio, manejándose con la afabilidad que solo un actor con décadas en una sitcom puede hacer, esa que supone un registro extraño, mezcla de liviandad y reflexividad a la vez, dando más pistas sobre el juego de dobles lecturas entre la superficie y lo que está debajo de ella que la serie nos plantea. Con el correr de los capítulos, esos twists y cliffhangers de final de capítulo se revelan como parte esencial de la trama, como un procedimiento más dentro de un intrincado mecanismo. Dicho de otra forma: it’s a feature, not a bug. Los twists se acumulan, se amontonan unos sobre otros, dando a conocer por un lado nuevos aspectos de los personajes, y nuevos aspectos del funcionamiento de esa vida después de la muerte que se revela tan arbitraria como burocrática. El monje Jianyu pasa entonces a ser Jason Mendoza, otro enviado por error al paraíso, un DJ de música electrónica que vivió una vida marcada por la criminalidad y la estupidez. La activista y filántropa Tahani se revela como una egoísta que buscaba salir de la sombra de la hermana, infinitamente más talentosa y cool que ella. Y el profesor de ética revela eventualmente su imposibilidad de tomar decisiones y una gran habilidad para hacer miserable a la gente producto de su constante búsqueda de las ramificaciones éticas de las cosas más insignificantes. En efecto, como la misma serie nos promete, nada es lo que parece. Y nada que parezca simple lo es en el fondo.

Así, la serie hace del ‘nada es lo que parece’ su modus operandi, al mismo tiempo que de a poco revela más información sobre el funcionamiento de  la vida después de la muerte. Eventualmente la aparición de dos personajes le suma muchísimos puntos a la primera temporada: primero, Michael Scott (Parks and Recreation, Party Down) haciendo de un demonio que viene a llevarse a Eleanor al Mal Lugar una vez que ella no aguanta la presión y revela su situación para no continuar destruyendo el vecindario, que sufría desastres materiales constantes por su presencia (de nuevo, al menos en apariencia). Michael Scott viene acompañado por una cohorte de personajes que incluyen una Janet Mala (rubia, grasa, con pantalones de cuero ajustados, afición por pedorrearse y sin nada de la voluntad de cooperar de la Janet Buena), y un grupo de demonios partuseros que aspiran algo parecido a cocaína (el concepto del tiempo, ‘this will really fuck you up’, dicen). El otro personaje que es clave en la serie es Mindy St. Claire, una abogada cocainómana que termina, al morir, en un lugar Medio creado exclusivamente para ella luego de un dilema moral y una puja entre las oficinas del Buen y Mal lugar. Eleanor comenta en un determinado momento de la serie que debería haber un lugar intermedio para la gente que no es estrictamente malvada o psicótica, gente no perfecta o super humanitaria con posibilidad de mejorar. La respuesta es la casa de Mindy St. Claire, un lugar de mediocridad infinita (lean con atención lo que sigue): en el lugar hay birra, la preferida, si, pero caliente, también un vhs con Cannonball II, una rocola con bootlegs de los Eagles y poesía de William Shatner. Si, a veces los demonios se refieren a cosas más típicamente infernales como fuego, desollamientos, girar gente hasta retorcerlos y partirlos en dos, pero se ve que la vida eterna los obliga a pensar formas más creativas de hacer miserable a la gente. Pero el personaje de Mindy es también un hallazgo por la interpretación de Maribeth Monroe, que hace brillar al personaje en los pocos momentos en los que aparece. Mindy St. Claire era una cocainómana perdida que se ganó el lugar Medio gracias a una epifanía que llevó a la creación de una fundación de derechos humanos, y aparentemente, el hecho de morir no le sacó la adicción a la cocaína y la calentura constante. Para una serie con elementos fantásticos y delirantes, que imagina el paraíso/infierno como una mezcla de burocracia kafkiana, tecnología avanzada y realismo mágico, la mirada perdida de Mindy St. Claire pensando en las líneas de merca que los protagonistas nunca le llevan cuando pasan por su casa es curiosamente de lo más humano que tiene la serie.

De paso, la relación entre Eleanor y Chidi es la excusa de la serie para plantear dilemas filosóficos y éticos de la índole más variada. Muchas series se apoyan en un subtexto más profundo para construir sus tramas, pero es difícil imaginar una serie donde la protagonista literalmente tome clases de Kant, Aristóteles, Kierkegaard, o que fuerce a los personajes a tomar decisiones basándose en conceptos el utilitarismo, el relativismo moral o el existencialismo. Lisa y llanamente, The Good Place se plantea una idea estructuralmente moral: de qué se trata eso de ser una mejor persona? Es eso posible? Pero también es una serie sobre la iteración. Literalmente, la segunda temporada es una repetición de la primera. En un grandioso twist final, el final de la primera temporada es básicamente Eleanor descubriendo que los constantes dimes y diretes morales son una forma de tortura en sí misma, y concluye que están efectivamente, en el Mal Lugar. Una espectacular risa siniestra de Ted Danson lo confirma, y mediante un chasquido a lo Thanos, los personajes se despiertan en el comienzo de la segunda temporada, sin ningún recuerdo de lo anterior. Plot twist, una notita dejada en Janet les brinda una pista para terminar de nuevo en el mismo lugar, descubriendo el engaño de Michael. Plot Twist, Michael empieza a resetear constantemente el vecindario y los recuerdos de los personajes, primero dos, tres, cuatro veces más, hasta llegar a los cientos de reboots (en un montaje espectacular que es un highlight de la serie). En el medio, todo empieza a cambiar, volviéndose más complicado. Los demonios que actúan de vecinos del Buen Lugar empiezan a expresar su descontento, Janet empieza a sufrir modificaciones producto de los constantes reseteos de su sistema operativo, y el propio Michael empieza a demostrar algo de empatía hacia los protagonistas humanos, sobretodo cuando existe la posibilidad de que todo su proyecto se vaya al tacho.

De paso, así como la primera temporada introdujo sorpresivamente a Adam Scott, en la segunda tenemos a Jason Mantzoukas haciendo de Derek, una especie de entidad no-humana que funciona siendo un novio de Janet, cuando ella se da cuenta de que en realidad está celosa de la relación de Jason y Tahani en la segunda temporada, después de haberse casado con Jason en la primera temporada. Relación? Casamiento? Y claro, una comedia mainstream no podía dejar de tener romance. Pero como todo en The Good Place, las idas y vueltas de las parejas son tan complejas de explicar en pocas líneas como la burocracia que define el world building. Eleanor y Chidi son la pareja central, si, pero hay toda una serie de cruces entre todos los personajes (Jason y Tahani, Janet y Jason, Mindy y Derek (!), Eleanor y Jason, etc), que el romance en la serie es casi un comentario sobre como todas las sitcoms terminan eventualmente recurriendo a subplots románticos entre los personajes más inusitados (hola Rachel y Joey en Friends, como están?). Pero justamente, el hecho de que todo en la segunda temporada sea un constante borrón y cuenta nueva, le permite a los creadores de la serie explorar aristas diversas para luego deshacerlas, y retomarlas luego como recuerdos o consecuencias inesperadas en otros momentos. Allí tal vez radique un problema potencial de la serie para su confirmada continuación en la tercera temporada. La segunda temporada termina con Michael en plena defección del Mal Lugar, ayudando a los personajes principales a llegar a una zona neutra habitada por una jueza cósmica (Maya Rudolph) aficionada al guacamole y a bingear series de Netflix. Pero esencialmente termina igual que la primera, con un gran twist y un reset del status quo.

Si el final de la primera temporada lleva a los personajes de nuevo al comienzo, el final de la segunda temporada va un poco más hacia atrás y le brinda a Eleanor (y a Chidi, y aunque no lo vemos, seguramente a Tahani y Jason también) la posibilidad de volver a vivir, evitando sus muertes con la idea de acumular puntos para terminar en el Buen Lugar real, hasta ahora nunca visto en la serie. El problema que aparece es que la novedad del twist como procedimiento constante tiene un límite en la plausibilidad y en la paciencia de los espectadores. Todavía hay bastante resto en la serie de ambos elementos, pero al igual que pasó con Lost, una serie emparentada con ésta en más de una forma, The Good Place puede terminar presa de su propia mistery box y llegar a un cierre poco satisfactorio. Por ahora nos brindó un par de excelentes temporadas y nos dejó a un Ted Danson enorme, que si en el final de la temporada se revela maquiavélico y siniestro, termina la segunda en pleno modo Cheers, con una escena de barman/terapeuta muy efectiva, algo sensiblona pero muy humana (para ser un demonio burócrata y traidor, se le da muy bien el rol de bartender). Con esa escena y el reencuentro entre Eleanor y Chidi, la serie cierra con un interrogante central: lo que nos debemos  unos a otros. Si la respuesta llega de la mano de burocracia surrealista, demonios y entes cósmicos interpretados por luminarias de la comedia americana, puns, twists, cliffhangers y una pervertida adicta a la falopa, no me puedo quejar.

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