The-Kominsky-Method-Season-2-Key-Art

Tiempo de lectura: 5 minutosThe Kominsky Method – Temporada 2

Federico Karstulovich

The Kominsky Method S02
EE.UU., 2019, 8 episodios de 25′
Creada por Chuck Lorre
Con Michael Douglas,  Alan Arkin,  Sarah Baker,  Nancy Travis,  Jenna Lyng, Casey Thomas Brown,  Ashleigh LaThrop, Paul Reiser, Melissa Tang,  Emily Osment, Graham Rogers,  Susan Sullivan,  David Astone,  Lisa Edelstein,  Anoush NeVart, Tacey Adams, Kathleen Turner, Jeremy Andorfer-Lopez,  William Belli,  Corbin Bernsen,  Melody Butiu, Haley Joel Osement, Jane Seymour

Un acto de equilibrismo

Por Federico Karstulovich

Cuando uno testimonia a los personajes parlanchines de las sitcoms o a los personajes verborrágicos del cine de tipos como Billy Wilder o Preston Sturges se pregunta -o al menos yo me pregunto- cuánto tiempo puede mantenerse ese verosímil que convierte a todos los personajes en elocuentes personas que actúan como si se hubieran atragantado un guionista. He mencionado en alguna que otra ocasión que una serie como Gilmore Girls logró llevar ese inverosimil hasta una hipérbole que resultaba por un lado sumamente disfrutable pero al mismo tiempo no dejaba de tener algo de insoportable. Porque en algún momento los oídos necesitan descansar. El sistema de diálogos de las sitcom no varían demasiado con respecto a esta idea pero acaso intentan que el énfasis esté puesto en el remate (1-2-3, pregunta, respuesta, remate: adentro) antes que en la velocidad llevada adelante a como dé lugar. Habría que preguntarse, en un contexto como este, cómo ingresa un sujeto como Chuck Lorre, responsable de sitcoms bastante sobrevaloradas como Two and a half men y The Big Bang Theory.

Y a decir verdad muy bien que digamos no ingresa, ya que sus sitcoms no dejaban de tener algo de anticuado frente a formatos un poco más modernos. De hecho el sistema de risas enlatadas de fondo de ambas series me ha generado siempre un efecto de distanciamiento que, hoy día, hace que resulte insoportable ver ese material. De hecho se me ocurre que muy pocas sitcoms, como Seinfeld, son verdaderamente capaces de resistir nuestra mirada y nuestros oídos. Y quizás se debe a que son verdaderas obras de ingeniería narrativa pero que en ningún momento nos permiten entrever los hilos del artificio, porque avanzan a una velocidad endiablada y se ramifican por caminos imprevisibles. Muy por el contrario, las sitcoms de Chuck Lorre son pura previsibilidad. Quizás por todo lo anterior la irrupción de The Kominsky method (sobre la que hablamos aquí) haya causado un nada pequeño revuelo. Porque en ella hay, sin llegar a las cimas de la melancolía de Louie, Bojack Horseman y algunas otras de los 2010 para acá, un ánimo de desarmar el sistema de las viejas sitcom (y agregarles un plus de humanidad que es dificil encontrar en personajes tan parlanchines) y llevarlas a un terreno en el que lo que habitualmente llamamos comedia clásica tienda a extinguirse. Inclusive el mismo Lorre, como creador, es consciente de esto, cuando hace actuar a dos aprendices de la academia Kominsky y estos reactúan una escena de Two and a half men, escena que se oye vieja, fuera de ritmo, de tono. Como si perteneciera a otra época ya irrecuperable. Bueno, esa sensación, que estaba presente en la temporada uno, se acrecienta en la temporada dos, que es ganada por subtramas nuevas (un novio demasiado mayor para la hija de Kominsky, la viudez y el reingreso a una vida de pareja para su mejor amigo, un cancer que asoma, una pareja que nunca se termina de consolidar, algunos retornos en la familia del mejor amigo), pero también es ganada por un espíritu que en efecto si retoma al espíritu de la comedia clásica: la idea que detrás del mundo de las palabras se esconde en realidad un gigantesco miedo a la conexión con los otros.

En esa idea, que permite entrever que los personajes que parecen enteros no están mas que lastimados, hechos pelota, entregados a vidas con las que no aparentar estar muy convencidos, es en donde la serie, en esta segunda temporada, asienta un pie en dos mundos distintos. Por un lado el mundo de las dramedies, en las que el eje está puesto en la amargura y la sensación agridulce al final de cada capítulo antes que estar estructuradas detrás de un sistema implacable de gags. A su vez con el otro pie puesto en la necesidad de reconocer a personajes con un corte clásico lo suficientemente elocuentes como para no poder parar de hablar, buscando, en alguna medida, el remate detrás de cada frase. En esa tensión es el mismo Lorre el que parece decirnos que algo de la vieja comedia con la que se crió (y a la que aportó productos de dudosa calidad) ya no puede seguir funcionando. Por eso la serie está plagada de gente mayor, que no pareciera ser capaz de entender el tiempo vital que le toca. Y quizás sea en torno a ese eje que la serie se vuelva tan triste. No porque la gente muera, no porque se quede sola, no porque se enferme o porque se de cuenta que sus elecciones vitales no fueron precisamente las mejores. Sino porque la serie dispone todas esas posibilidades como si fueran el verdadero colchón que yace debajo de las palabras rápidas, hirientes, implacables.

Es interesante pensar, de todos modos, que la serie también opta por una serie de arcos dramáticos redentores, que les den a los personajes la opción para rearticular sus relaciones con los demás y con ellos mismos. Por eso algo del cinismo y la acidez de la primer temporada baja notablemente en esta segunda, en donde los personajes comienzan a asumir su condición más humana: que queda poco tiempo, que no tiene sentido pelear con los demás, que los días pasan y alejados de la gente que se quiere es peor. Esto, que puede parecer un rasgo sentimentaloide no puede estar más alejado de tamaña idea: en esa capacidad de reencuentro es en donde la serie logra la perfecta combinación que mencionábamos previamente, la perfecta combinación entre comedia y tragedia melancólica, que permite que entendamos que nada de lo que los personajes dicen puede ser tomado demasiado en serio pero que tampoco nada de las cosas graves que suceden pueden ser tomadas con demasiada solemnidad. En un verdadero acto de funambulismo, haciendo un perfecto equilibro entre tradiciones contradictorias (o no tanto, como afirma el mismo Komisnky en una de sus clases: no hay drama y comedia, sino formas de habitar el presente en el que se combinen esas intensidades) es donde The Kominsky Method sigue siendo una de las mejores cosas que nos vaya a haber entregado la televisión este año. Larga vida a los viejos!

Comentarios

Comparte este artículo

Share on facebook
Share on twitter
Share on linkedin
Share on pinterest
Share on email

Articulos Relacionados

WP Feedback

Dive straight into the feedback!
Login below and you can start commenting using your own user instantly

Ir arriba