The Sinner 2
EE.UU., 2018, 8 episodios de 45′
Creada por Derek Simonds
Con Bill Pullman, Carrie Coon, Elisha Henig, Natalie Paul, Hannah Gross, David Call, Jay O. Sanders, Adam David Thompson

Lo posible

Por Federico Karstulovich

Tengo una fascinación completa, absoluta, desmedida por las sectas. Las de todo tipo: las que comenzaron de ese modo y que luego se convirtieron en religiones masivas, las sectas paganas del terror ídem, las sectas que se plantearon como discursos de contracultura y terminaron sumidas en espantos o tragedias, las sectas que componen conceptualmente las organizaciones armadas y/o revolucionarias que terminan por lavar el cerebro a sus integrantes, las sectas evangelistas/budistas/adventistas de poca monta. Creo que en definitiva lo que me fascina es la dinámica de los grupos y cómo estos actúan bajo ciertas circunstancias. Sin ir más lejos -y anticipándome a lo que vamos a hablar en el final de este número- considero que la mejor serie del año fue, por mucho, una serie sobre una secta. Me refiero a Wild Wild Country.

En aquella, de manera parsimoniosa, pero con una violencia adictiva, nos metíamos de lleno en la locura de los grupos que construyen estados dentro de estados, como si en el fondo no se propusieran una contrapuesta con respecto a aquello que desprecian sino que, en el fondo, parecieran replicar los modos de poder de sistemas de mayor escala. Bueno, en esta dirección que incluye sectas, pero sin ánimo de dar cuenta de una época y de una sociedad, sino concentrándose en sus personajes, avanza la segunda temporada de The Sinner, ya sin Jessica Biel a la cabeza como personaje, pero sí con Bill Pullman y con un comienzo bien arriba, como para dejar pegado a lo que sigue hasta al mas desinteresado. El punto, en todo caso, es cómo avanza a partir de semejante comienzo. De la misma forma que en la primera temporada, el primer bloque de la serie arranca con un clímax altísimo. Otra vez una muerte violenta. Otra vez un acusado sin mayores o al menos sin evidentes motivaciones. Y de ahí el whydunit sostenido. El por qué como principal énfasis. Y el quién detrás de redes y redes de complejidad inabarcables…hasta que las cosas comienzan a cerrar. Quizás ese sea el mayor problema de esta serie: logra abrir interrogantes, expectativas, indicios de hechos que se vuelven atragantes paso tras paso. Pero a partir de determinado punto nos encontramos ante una disociación innecesaria: toda esa creencia en el mundo de las imágenes, en la potencia narrativa de la ambigüedad se ve enfrentada a la absurda verbalización, al retorno de las explicaciones. Y aquí resulta pertinente volver a la celebrada serie sobre el enigmático Osho, me refiero a la ya mencionada Wild Wild Country: el punto de entrada al mundo de las sectas parecía habilitar mucho más…

No obstante, lo que en algún momento fuera parte de un universo oscuro, comienza a revelarse como una sucesión de hechos banales, redundantes en pequeñas escaramuzas de egos entre los padres fundadores de la secta en cuestión. Y en el marco de ese problema, la aparición de una intriga directamente asociada a identidades parentales sustitutas y varios ítems más. El problema es que The Sinner – T2 no sabe manejar ese tono y esas posibilidades. Y con tanto calor en sus manos, se quema. Y patea las cosas hacia adelante. Pero ojo, no es de esas patadas propias de los grandes melodramas o de los grandes folletines en donde el cine (la televisión en este caso) es tanto más grande que la vida, que nos convence de lo imposible. Por el contrario, la serie parece precisar del realismo y sus pompas para ejercer una suerte de castración de la hipérbole. Y en alguna medida (y esto es lo que me resulta tan apasionante), parece funcionar a la inversa que la serie sobre Osho. En aquella, el punto de partida (de hecho es una serie documental) comienza con la rugosidad de lo real, pero paso a paso y capítulo tras capítulo comienza a enloquecer de manera absolutamente demencial, como si la realidad misma hubiera habilitado una hipérbole desesperada y desesperante. Por eso, cuando terminamos de ver esa serie sobre sectas, nuestros ojos no dan abasto con lo que acaba de suceder. Sencillamente porque es extraordinario lo que vemos. Pero es a su vez un rasgo de lo posible. En TS-T2, lo extraordinario se vuelve ordinario. Y lo posible achata cualquier hipérbole. Es, en alguna medida, el estigma de la composición narrativa del clasicismo: por contener los excesos, las imposibles vueltas de tuerca, las cosas son forzadas a encajar. Y la serie no se dedica a hacer otra cosa que eso en su segunda mitad. Casi que lo hace de manera desesperada.

En ese mundo de extrañamiento, de excedentes, de inverosímiles, de secretos y pactos que construyen los grupos como si se trataran de micro estados paralelos, en esa situación ingresa TS-T2, pero es incapaz de hacerse cargo. Porque, en el fondo, el crimen no parece ser un emergente de la contemporaneidad, sino un síntoma de un mundo ordenado, al que solo hay que dar la explicación precisa en el momento adecuado. En este punto, sigue resultando notable cómo algunos policiales parecen llevar a cabo un desplazamiento respecto de la historia que los precede, aunque en el fondo no hacen más que respetar las normas a pie juntillas.

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