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Tiempo de lectura: 3 minutosThe White Lotus

Por Pedro Gomes Reis

EE.UU., 2021, 6 episodios de 55′
Creada por Mike White
Con Murray Bartlett, Connie Britton, Steve Zahn, Jennifer Coolidge, Alexandra Daddario, Fred Hechinger, Jake Lacy, Brittany O’Grady, Natasha Rothwell, Sydney Sweeney, Jolene Purdy, Lukas Gage, Molly Shannon, Jon Gries, Brad Kalilimoku, Kekoa Kekumano, Amber Abara, Christie Volkmer, Alec Merlino, Russell Satele

Renuncia a tus privilegios

Responsable a varias manos (productor, showrunner, guionista, director), Mike White despliega en The White Lotus una presunta crítica social que nunca termina de instalarse en nuestros ojos como tal. Por qué? Precisamente por el lugar de donde viene, que supone un ejercicio de superioridad moral.

White dispone a un conjunto de personajes centrales: una pareja con sus dos hijos adolescentes y una amiga, una parejita de recién casados, una multimillonaria solitaria que no puede hacer el duelo por la muerte de su madre y, como cierre, los empleados de un hotel exclusivo en Hawaii, que tendrán un rol particularmente activo en todo el asunto. El problema frente a esa disposición es que White no solo desprecia a casi todos y cada uno de esos personajes (algo que per sé no es un problema: la misantropía puede ser un ejercicio divertidísimo si se la practica con inteligencia y sofisticación), sino que a cada momento en el que resulta posible un acercamiento empático, lo que sigue inmediatamente después es una zancada, en donde el personaje vuelve a ser humillado de algún modo.

Pero ojo, debemos aclarar algunas cosas: nada de la crítica social que supone The White Lotus se despliega inherentemente de las conductas de los personajes, sino que hay una disposición exterior a someterlos a la burla. Esa disposición parece provenir de el desprecio por el aparato discursivo progresista que atraviesa a la mayor parte de los personajes, como si se tratara de una expresa burla a los valores históricos de los votantes demócratas. Esto último, que a primera vista podría interpretarse como un posicionamiento incorrecto políticamente hablando (recuerden que el progresismo estadounidense ve con beneplácito la burla ejercida sobre el partido republicano pero no suele tolerar muy bien la crítica sobre los candidatos o votantes demócratas), en el fondo es también una estrategia para atacar un flanco fácil desde hace siglos: el mundo de los privilegiados económicos y las asimetrías derivadas de esos privilegios.

Por otra parte, amén de su comentario social más bien simplón (“la gente con dinero siempre se aprovecha de la gente que lo necesita”, podría decir un potencial tagline que sintetice a la serie), lo que narra The White Lotus es un sistema cerrado en el que casi nada está librado al azar, sino que responde a un estricto orden de planificación moral. En este punto no solo nos resulta difícil empatizar con los personajes a priori, ya que son dueños de una multiplicidad de cualidades que los muestra como estereotipos carentes de matices, sino que sentimos que el cuento moral que se nos busca imponer ha sido narrado una y mil veces con mayor furia y sonido. En este punto, entonces, ayuda la comedia, que descontractura el formato levemente noir que va armando la serie episodio tras episodio. Quizás sea la comedia la que nos invita a no tomarnos demasiado en serio los posicionamientos de los personajes, que expresan un didactismo sobre ciertos “temas importantes” a los que el mismo creador parece querer aludir (en vez de burlarse de los mismos).

En su articulación de ideas sobre los privilegiados del mundo que llevan adelante actos horribles, condenables, criticables, White no deja entrar ni salir nada de su sistema. Y en todo caso, cuando eso sucede, desarma con velocidad los modos y formas de lo narrado para que no respiremos y salgamos de ese microclima claustrofóbico, curiosamente en un espacio paradisíaco. Hete aquí el problema: el encierro no es para los personajes solamente (algo atendible a primera vista, claro), sino que es fundamentalmente para nosotros, los espectadores que debemos asegurar la reproducción del discurso, como si en el fondo, a lo largo de los siglos, los problemas siempre fueran los mismos.

Renuncia a tus privilegios, privilegiado espectador. Y tendrás un juicio justo. Caso contrario, piedad por tu alma. Desde el estrado y el púlpito las narrativas morales siempre pueden brindarnos un giro de tuerca extra para que sepamos qué pensar y cómo representar las tensiones de clase.

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