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Tokyo Vice

Por Rodrigo Martín Seijas

EE.UU., 2022, 8 episodios de 55′
Dirigida por Michael Mann, Josef Kubota Wladyka, Hikari, Alan Poul
Creada por Jake Adelstein, J.T. Rogers, Jessica Brickman, Karl Taro Greenfeld
Con Ansel Elgort, Ken Watanabe, Ella Rumpf, Odessa Young, Rinko Kikuchi, Hideaki Ito, Shô Kasamatsu, Tomohisa Yamashita, Noémie Nakai

Los niveles de responsabilidad

Muchos se refieren a Tokyo Vice como “la nueva serie de Michael Mann”. Convengamos que es tentador: el realizador de Fuego contra fuego y Colateral no solo figura como uno de los productores ejecutivos, sino que también dirige el piloto, que suele ser clave para delinear el tono estético y narrativo de cualquier serie. Si a eso le sumamos que lo de Vice nos remite inevitablemente a Miami Vice (serie y película, obras emblemáticas del cineasta), todo está servido. Pero lo cierto es que el propio Mann ha dejado en claro que su involucramiento no es tan directo y que el proyecto ya estaba encaminado cuando llegó a sus manos. Y hay un dato extra: ninguno de los materiales promocionales enfatiza el nombre de Mann.

Podríamos decir entonces que Tokyo Vice no es “la serie de Michael Mann”, sino “con Mann”. Y también que el cine de Mann está sobrevolando de forma permanente en la serie, que no solo hace foco en el submundo criminal japonés, sino también en ese gigante urbano que es Tokio. Y no cualquier Tokio, sino el de finales de los noventa, un momento histórico donde empezaba a palparse ciertos cambios tecnológicos y culturales que terminarían afectando el trabajo periodístico y el policíaco, pero también la forma de percibir la realidad por parte de los lectores y la ciudadanía. El punto de partida para este abordaje es el personaje de Jake Adelstein (Ansel Elgort), un joven periodista -que luego escribió el libro de crónicas en el cual se basa la serie- obsesionado con la cultura japonesa que se convierte en el primer occidental en trabajar en un prestigio diario de Japón. Buscando esa “gran historia” que consolide su reputación, empieza a establecer lazos de diverso tipo con agentes de la policía japonesa, pero también con integrantes de la yakuza, en un recorrido donde comprometerá su ética, su moral e incluso su vida.

Lo cierto es que la figura de Adelstein es el disparador para abordar varias historias más, que por momentos configuran un relato coral: están también Hiroto Katagiri (perfecto Ken Watanabe), un policía tan experimentado como incorruptible; Samantha (Rachel Keller), una joven que trabaja en un club nocturno y que quiere utilizar sus ahorros para tener un negocio propio; Sato (Shô Kasamatsu), un joven yakuza que está ascendiendo en el escalafón, aunque todavía no sabe si tiene todo lo que hay que tener para ese oficio; Eimi (Rinko Kikuchi), la jefa directa de Jake y alguien que todavía no llegó al puesto que se merece; Ishida (Shun Sugata) y Tozawa (Ayumi Tanida), dos jefes de clanes enfrentados y amagando con ir a una guerra directa; y varios más. Todos ellos interactúan entre sí, a partir de lealtades e intereses propios -aunque también compartidos-, en un juego de tensiones que va in crescendo

Porque en verdad, Tokyo Vice encarna el espíritu HBO, ahora aplicado al streaming que es HBO Max, desde su estructuración de slow burner, donde los conflictos se construyen progresivamente, con paciencia y cuidado por el desarrollo de los personajes. Y su tema de fondo trasciende las nociones del profesionalismo y el espacio urbano como condicionante de las conductas de los sujetos -tan propias de Mann-, para adentrarse en cómo cada acción tiene consecuencias inapelables. Los protagonistas de la serie accionan y reaccionan, se mueven de un lado a otro -todo es movimiento en cada episodio, todo es cuerpo atravesando y atravesado por la ciudad- y cambian al mundo que habitan, y viceversa. Por eso el cierre de la temporada -que esperemos sea apenas la primera- va más allá de dejar múltiples subtramas abiertas: es desolador y esperanzador a la vez, y, al mismo tiempo, innegablemente coherente. “Todo el mundo paga”, dice en un momento Sato y, habría que agregar, todo el mundo es responsable, para bien y para mal en un territorio que no perdona errores. 

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