AAAABRlIzXPtGrD_fIFMg7dJTWIAL9sE-HDQrZNh-2SvXzANdVjVc5DEup_PSX9BVHLn2tHnF9vVnNuOryhR84PmqZDPyDpt

Tiempo de lectura: 3 minutosUn falsificador entre mormones

Por Federico Karstulovich

Murder Among the Mormons
EE.UU., 2021, 3 episodios de 55′
Creada por Jared Hess & Tyler Measom

Con F de Falso

Admito, no sin un mínimo de vergüenza, que las True Crime series me proveen de sosiego ya sea cuando vengo con jornadas de trabajo interminable o cuando pasé una mala semana o cuando necesito despejarme la cabeza. Porque sino quizás no las elegiría. A ver: no se trata de esa estúpida categoría que llamamos “placer culpable”, sino que en mi opera más bien como una suerte de placer residual. Al mismo tiempo, en la cada vez más devaluada pantalla de Netflix, como bien sabemos, si algo funciona decentemente es el departamento de documentales, que cada tanto logra cosas extraordinarias gracias a showrunners capaces de indagar y encontrar pepitas de oro en la mierda, como los hermanos Duplass o como el infatigable Joe Berliner. Bueno, luego de la recientemente estrenada Desaparición en el Hotel Cecil (sobre la que habló Sergio Monsalve en el siguiente link), regresa (no como creador, sino como productor) con y por más. Nuevamente el pasado más o menos remoto, que en este caso se reduce a hechos de hace 35 años y monedas. Nuevamente la capacidad de observar un poquito más allá de lo que puede retener la memoria (nos daremos cuenta cuán rápido nos olvidamos de las historias extraordinarias que nos rodean?). Pero en este caso con un punto de partida indirecto, apasionante y extraño: una serie de atentados/asesinatos con bombas caseras asociadas a la revelación de una farsa detrás de una religión relativamente reciente, como la de los mormones.

Un falsificador entre los mormones no parece ser el mejor título de presentación para la historia inverosímil y wellesiana de Mark Hoffman. Pero tampoco el original literal traducido como Un asesinato entre los mormones. Porque quizás lo más relevante que tiene para ofrecer esta serie breve pero a la vez dotada de una densidad informativa infrecuente -hecho que la vuelve larga y corta a la vez- no es toda su dotación de sospechas y paranoias varias respecto de la iglesia de los santos de los últimos días. No: no es una serie conspiranoica. Y si lo fuera fracasaría rotundamente. En lugar en el que la serie se asienta de forma apasionante (aunque la presencia de testimonios frente a cámara no hacen más que quitarle ritmo y agregar minutos) gira en torno a la figura de su centro, el falsario y falsificador Mark Hoffman, que bien podría ser una invención de Jorge Luis Borges, de Marcel Schwob, de Juan Rodolfo Wilcock o de Roberto Bolaño. El fascinante falsificador no es solamente un sujeto que encontró una vía para llenarse de dinero estafando a los desesperados responsables de la iglesia de los mormones con documentos apócrifos que pondrían en tela de juicio la veracidad de los textos del padre fundador de la misma, Joseph Smith. Lo que nos desborda de la personalidad de Hoffman es justamente su desapego a un plan de máxima, como si en el fondo el sistema de infinitas estafas respondiera a un vacío que no podemos llenar. Por lo que nos preguntamos: por qué llevó hasta el límite la falsificación teniendo que apelar al asesinato como última estrategia para que no se devele su trama oculta?

Un falsificador entre los mormones comienza con una respuesta fascinada, propia de un admirador, una respuesta que debe aceptar el don pero a la vez se avergüenza de esto. Esa respuesta se conecta, sin que lo sepamos, con el cierre del documental, en donde el mismo entrevistado nos revela que las estafas de Mark Hoffman no se limitan a la iglesia de los santos de los últimos días -sinónimo de iglesia de los mormones-. Muy por el contrario, el horizonte de las prácticas de Hoffman parecía ser ostensiblemente más ambicioso: la creación de una red de reeescrituras en donde las falsificaciones se legitimaran entre si, de forma cruzada, incluso cuestionando o desdibujando hechos/libros/ediciones previas no solo de textos sagrados sino también de otras clases. El gesto borgeano de este antihéroe despojado de mayores ambiciones que encerrarse en su cuarto a pergeñar un continente de reescrituras es, curiosamente, el que mayor atractivo nos genera, pero al mismo tiempo el que menos parece explotar la serie, que en alguna medida queda anclada a las formas estandarizadas el formato true crime, por lo que el horizonte de preguntas y respuestas le vale mucho más que el personaje que las habita.

Tensando los hilos entre la narración de los asesinatos que encubren la falsificación, la paranoia conspirativa que permite desconfiar de la iglesia -que se comporta como una secta-, las investigaciones infructuosas de la policía y, finalmente, el personaje del falsario Mark Hoffman (falsificador, lo sabemos, pero falsario también, porque busca poner las cosas patas para arriba desde el señalamiento de la estafa previa(la de la iglesia)…con otra estafa posterior (la propia)) es en donde se mueve esta serie, por momentos fascinante y cinematográfica, por momentos densa y cargada de datos, por momentos atravesada de lugares comunes, pero de seguro dotada de la capacidad de encontrar, en una persona demencial y criminal un ejercicio de resistencia frente a las verdades instaladas por los poderes circunstanciales de turno. Desde su encierro carcelario y silencioso, desde su criminalidad borgeana, Hoffman triunfa. Y hoy el mundo se ve inundado de sus engaños acaso sin saber reconocerlos (en la doble acepción de la palabra).

Comentarios

Comparte este artículo

Share on facebook
Share on twitter
Share on linkedin
Share on pinterest
Share on email

Articulos Relacionados

Ir arriba